martes, 31 de marzo de 2009

Acerca de la variabilidad de las opiniones políticas, o radicales de m

Edificio del Municipio de Villa Intranquila. Construido a fines de la década de 1960, se lo supo denominar "la Casa Aujereada" por la parte del frente que Ud. puede ver a su derecha - la de usted.

Esas tornadizas opiniones políticas

Sin presumir de politólogos ni citar afamadas consultorías, los vecinos de la Villa festejan una anécdota que ilustra acerca del modo en que se siembran y se modifican de modo inesperado simpatías y rencores entre los votantes.

El petiso Asencio no acostumbraba opinar de política. Por tal motivo, no se conocían sus preferencias partidarias. Claro que había motivos para pensar que por tener un apellido iniciado con la letra A, y por tradición familiar, sería radical.

Lo cierto es que en una oportunidad necesitó una ayuda del municipio para cierta refacción que estaba haciendo en su casa. Gobernaban los radicales. Puesto que había chapas para distribuir, le dieron tres o cuatro.

Al tiempo, trascendió que el petiso había vendido las chapas. Alguien del equipo gobernante lo llamó a la Municipalidad, y una vez allí le dieron un buen rapapolvo.

Salió con las orejas gachas y cara de pocos amigos. Y se lo escuchó decir:

- ¡Ra-di-cales de mier…!


Relato de Dani Martínez

jueves, 26 de marzo de 2009

Acá hay que traer un gendarme. O dos...

Gendarmes en la frontera noroeste recuperan un puercoespín (noviembre de 2007).


Acá hay que traer un gendarme...




Me pareció tan increíble este diálogo escuchado en la cafetería, que necesito verlo por escrito para aceptar que ha sucedido. Allí va, sin editar:

- Acá lo que hay que hacer… pedir un gendarme. O dos, mejor


- ¿De dónde sacaste? Tás loco…

- Acordaaate lo que yo te digo. Porque entre los chorros, las maestras en la ruta, ahora los productores… Y cuando te quieras acordar, van a estar entregados todos los gendarmes. Viste que ya mandaron a Buenos Aires. Ahora piden en San Martín de los Andes, no?

- Pero acá no hacen falta…

- Eso decís ahora. Bueno, pero ponele que no hagan falta: son tipos entrenados, hay que darles de comer y alojarlos nomás…

- Y por qué no pedís de Prefectura también… (irónico).


- Ah, no? Se puede decir que hay que controlar el movimiento del río… y traés también unos tipos gratis. Te digo: hay que pedir ahora. O va a pasar lo de siempre… para cuando acá se avivan, ya no queda nada.

Caro lector: en la Villa, a gatas hay un robo importante por bimestre. Las maestras no han degollado a nadie, ni los ruralistas. Lo juro por lo más profano (que suele ser lo más divertido también).



Pero nos quedamos todos callados.

lunes, 23 de marzo de 2009

¡Qué sobrenombre...!


Fundadores del Banco de Río Negro y Neuquén, entidad formada por pequeños y medianos empresarios, que apoyó el desarrollo de la región (1920 - 1978).

Orlando, qué sobrenombre...!

Nuestros esquemas mentales nos traicionan. Esta es una reiterada lección que imparten los relatos pueblerinos. Uno reacciona, partiendo de la base de que tal cosa es de tal manera… y como se ha basado en un supuesto inadecuado, uno cae en el ridículo. Según Bergson, este emerger de la realidad que hace tropezar al esquema mental, es la primera fuente de la risa.

Orlando, excelente compañero de trabajo nacido y criado en la Villa, me contó alguna vez los comienzos de su amistad (fuerte y duradera) con el foráneo Cacho Zanona. Orlando trabajaba en la Sucursal intranquilense del Banco de Río Negro y Neuquén, que hasta los años ’70 del siglo pasado mantuvo una señalada presencia en la vida económica de la región. Y un buen día llegó a ella Cacho Zanona, trasladado para ocupar la contaduría.

En su trabajo anterior como ferroviario, Orlando había vivido y sufrido esos momentos melancólicos del forastero en un pueblo donde todavía no ha hecho amigos. De modo que a poco de haber llegado Cacho, ya lo estaba invitando a cenar en su casa, un viernes a la noche – cosa de poder seguir charlando hasta cualquier hora, sin tener que pensar en levantarse temprano al otro día.

Orlando y Norma, su esposa, buenos cocineros ambos, sirvieron una cena deliciosa, acompañada por un buen vino. Y charlaron todos largamente.

Ya a los postres, en ambiente distendido, repantigado en un sillón del living, Cacho se sintió inclinado a elogiar al nuevo amigo:

- La verdad, Orlando, sos un gran tipo. Gaucho, buen compañero, trabajador… Lástima que te hayan puesto ese sobrenombre tan pelotudo. No sé cómo dejás que te digan así… Pichirilo…

- No es un sobrenombre… Es mi apellido. Piccirillo.


En memoria de Orlando Piccirillo.

sábado, 21 de marzo de 2009

¡Alámbrenla por si acaso!

El alambrado de la Biblioteca. Para ampliar, haga doble click en su ratón.

Alambrar… por si acaso

En los últimos días han alambrado el local de la Biblioteca Popular de Villa Intranquila, que está en pleno centro, frente a la plaza. Para prueba, la foto.

Quizás se ha cercado el predio de este modo para preservar el espacio verde ubicado ante la entidad, y que se está plantando con arbustos. Esperemos que no erradiquen la bella planta de palán palán que orna el muro sin exigir cuidados.

Hay quien recuerda los tiempos, que creíamos superados, en que la Plaza del General Trasladado estaba cuidadosamente cercada con un alambre de gallinero, de esos con celdillas romboidales. Y un molinete daba acceso al espacio verde. Con estos dispositivos se evitaba la irrupción de los caballos.

En cuanto a la Biblioteca, algo de esta transformación física me dejó pensando. No me refiero al opinable criterio de estética corralera; he de aceptar que vivo en un país donde el Mercado de Hacienda de Liniers, todo con mayúsculas, y la Sociedad Rural Argentina, dictan los estados de ánimos, y establecen modas selectas como las prendas de carpincho y el neoliberalismo. Al fin de cuentas, la Feria del Libro se lleva a cabo en el predio que le hemos obsequiado a la SRA. Lo que me deja cavilando son los objetivos de la medida. ¿Se procura evitar que los perros vagabundos ingresemos en el templo del saber? O más bien, más bien quizás, se apunta a que las ideas allí contenidas no salgan a trastornar la ciudad...

Marzo de 2009.

jueves, 19 de marzo de 2009

El idioma de los argen-chinos, 1.

Para ver mejor a San Hubelto, haga doble click sobre la foto.


Los Argenchinos y la letra L


Quizás hoy por hoy Jorge Luis Borges tendría que agregar un capítulo a “El idioma de los argentinos”, para contemplar las creaciones idiomáticas de la creciente colectividad china que se ha venido a vivir en estas tierras. También los tenemos en la Patagonia: los he hallado desde Villa Intranquila hasta Ushuaia.


Generalmente se dice que los chinos transforman en sonido “l” la “r” que se encuentran en nuestro vocabulario. Esto da lugar a algunos chistes más o menos picarescos.


Como lo muestra esta foto tomada en Villa Intranquila, a veces es así. Por ejemplo, en un supermercado de Villa Intranquila, el vino San Huberto se ha transformado en San Hubelto. Por pudor, omito otros letreros donde el tamaño "grande" se convierte en… otra palabra.


Pero toda generalización es injusta. Vean la parte 2, a continuación.


El idioma de los argen... chinos, 2


Para ampliar la imagen, haga un doble click con el ratón.

Decíamos que toda generalización es injusta, ven? A veces, preocupados por hablar y escribir bien, los amigos argenchinos cambian la “l” en “r”. Así se ve en esta anotación donde el limpiador “Mr. Músculo” se ha transformado en “M. Múcuro”. Para que vean.


Me quedo pensando... ¿qué habría escrito Jorge Ruis Bolges?

miércoles, 18 de marzo de 2009

Renovemos y mejoremos el idioma, 1.



Doble click con el ratón para ampliar la imagen.


Y… sí, el lote lo ofrezco en venta. Pero también quise destacar que el lugar, ahí cerca del canal, es bastante fresco.

Renovemos y mejoremos el idioma, 2.

Con un doble clic del ratón, se agranda la foto.

Al comerciante le pareció que “bacalao” suena vulgar. Recordó aquella vez que en su cuaderno la maestra le corrigió “asao”… y quiso escribir bien esta vez.

lunes, 16 de marzo de 2009

Cuidado con andar mejitando por ahí

Foto: Escudo policial de tiempos del Territorio. Cortesía de Raúl Figueroa.

Aquel juez de paz de Villa Intranquila era nuevito, y ponía especial cuidado en cumplir cada punto de la ley.

Al igual que todos los lunes, ese día como las diez de la mañana llegó un policía al Juzgado, arreando una hilera de contritos caminantes. Eran los que durante el fin de semana habían sido demorados en la comisaría por infringir el artículo 55 del Código de Faltas y Contravenciones de la provincia, que prohibía mostrarse en estado de ebriedad en lugares públicos. Aludiendo a ese artículo, a los bebedores conspicuos se los llamaba “55”. La fuerza del orden los demoraba en una celda para que se les disiparan los vapores etílicos, y luego tenían que esperar el primer día hábil para recibir la sentencia del juez. Algunos habían caído ya en la noche del viernes en la comisaría; venían aburridos de dormitar, cebarle mate a la guardia, charlar con algún colega, y desmalezar el patio o el jardín policial.

El policía a cargo de los cautivos saludó y entregó los formularios (uno por cada infractor) al juez. Como de costumbre, este fue llamándolos uno a uno a su despacho. Allí los retaba un poco y disponía su liberación (previo regreso a la dependencia policial). Pero una de las actas llamó su atención. Se acusaba al reo de haber transgredido, no el artículo 55, sino el 23. Era la primera vez que esto sucedía. Acudió al Código: artículo 23... ultraje a los símbolos patrios! En los renglones donde el rondín debía detallar el hecho, habían escrito una palabra desconocida para el juez: “por …..ar en la vereda del jusgado”.

Fue preciso llamar a la comisaría para aclarar el enigma. El símbolo patrio ultrajado era nada menos que el escudo ubicado allá arriba, sobre la puerta de entrada al Juzgado. Y la palabra misteriosa, era “mejitar”: un barroquismo policial, inventado sobre la raíz de “mingitar, mingitorio”. En suma, el reo (un robusto y risueño mocetón del campo, a quien el alcohol le había borrado toda memoria del episodio) había meado en el cordón de la vereda del juzgado. Lo que no era cosa menor; porque, como le explicó pacientemente el veterano oficial de guardia a ese juez novato: “cómo va’andar mostrándole “eso” al escudo nacional, señor Juez…” Para colmo, el sol del escudo tiene ojos.
Testimonio de RM.-

domingo, 1 de marzo de 2009

La Forecita? ... É una angancía la Forecita!


La Forecita? ... É una angancía la Forecita!

Gaetano Mangiavillano, constructor, había podido finalmente comprarse una caAñadir imagenmionetita Ford T modelo 1927, bastante baqueteada por el uso. Tanto había hablado de esa compra, que sus conocidos le preguntaban con frecuencia qué tal andaba el vehículo. La respuesta era invariable:

-La Forecita…? Ehhhh… é una angancía, la Forecita!

¿Por qué la metáfora de la alcancía? Se habría podido interpretar que el uso de la camioneta le permitía multiplicar sus ganancias, o que significaba un ahorro de dinero. Pero en algunas ocasiones Gaetano aclaraba:

- Una angancía… Peso que tengo, peso que se lo tengo que ponere…


Relatado por Miguel Ángel “Piche” Martínez

sábado, 28 de febrero de 2009

Shakespeare y las verijas del paisano


Allí arriba, el cuadrante. "Casa del Reloj", Rivadavia esquina Juan B. Justo.


Shakespeare y las verijas en Villa Intranquila

La riqueza de la cultura tradicional está limitada mayormente… por las limitaciones de quienes la percibimos. A veces, si estamos atentos y tenemos datos para la comparación, escucharemos un clásico actualizado en el decir de un paisano.

Iba caminando por el centro y un hombre de sombrero aludo y bombachas me preguntó la hora. Estaba acompañado por un muchachito.

Le respondí “Faltan dos minutos para las doce.” Me seguía mirando, y quise aclarar “Son casi las doce”.

Lo miró a su acompañante y le dijo, exultante “¡En las verijas!”. Por lo visto, habían temido no llegar a tiempo, pero festejaban haber evitado la tardanza. Después, el hombre consideró necesario aclararme a mí:: “Casi justito, teníamos que estar acá a las doce”.

En las verijas… es decir, la hora del mediodía, y prácticamente en punto.

En “Romeo y Julieta”, la nodriza le pregunta la hora a Mercucio. Y Shakespeare pone en boca del desenfadado muchacho una respuesta que tiene aire de familia con esta:

“Ya empiezan a ser buenas tardes, os lo aseguro, porque la libertina manecilla del reloj está ahora tocando las partes del mediodía”. Esto en la versión de Luis Astrana Marín. En la de Martín Caparrós y Ema von der Walde, Mercucio afirma “las manecillas calientes del reloj de sol están tocando las partes del mediodía”.

Es decir. las verijas.

Pareciera más clara y pertinente la palabra “verijas”, que proviene de “virillia”, por alusión a los genitales masculinos. Quizás en alguna traducción venidera, Mercucio aproveche el vocablo que usa mi paisano.

Me quedé pensando que, en tiempo y espacio, Shakespeare no está muy lejos de ninguno de nuestros pueblitos. Y que las metáforas están cerca de ser perennes.

Si la cencia lo dice...

Pepe y Clelia Benini en un auto de los años 20.

Si la cencia lo dice...

El benemérito cabo Villafañe, a quien conocemos como “Trompa de Pito” por la delicadeza de su fisonomía (aquel de la frase “corriéndose al dorso…”) fue protagonista de otro episodio memorable.

Era por los años 30. Un tren de pasajeros que venía de Buenos Aires e iba hacia el Valle de Río Negro embistió a un camión en el paso a nivel de la ruta, y descarriló. De resultas del accidente hubo varias víctimas fatales y heridos.

En el lugar de los hechos, el médico del pueblo iba revisando a las personas que estaban en el suelo, para determinar el tratamiento que correspondía a cada uno. Tras una somera inspección, el doctor señalaba: Varón, adulto, herido. Varón, adulto, fallecido. Trompa de Pito anotaba trabajosamente en su libreta.

Con el apuro, el galeno indicó “fallecido”, en un caso en que el paciente estaba muy contuso, pero con vida. Cuando médico y cabo ya seguían su camino, el herido profirió un “ay, acá…”

Ni lerdo ni perezoso, Trompa de Pito restauró el orden:

- Cállese. Si la cencia dice que esta muerto, está muerto.

domingo, 22 de febrero de 2009

Dentro de lo económico, no deja de ser divertido


Hermosa alameda de la Colonia Juliá y Echarren. Por ahí atrás ha de estar el canal donde se bañaba el protagonista. Por pudor, no lo mostramos.


Filosofía para tiempos de escasez

Los inmigrantes europeos traían consigo el recuerdo de toda una historia de épocas de escasez. Y por consiguiente, valoraban el ahorro, la frugalidad, el aprovechamiento de lo que se tenía a mano. La ortiga, la verdolaga, el hinojo silvestre, la cerraja, el diente de león, la acelga guacha, la hoja de nabiza… todos esos vegetales que ahora desdeñamos se consumían con fruición. La caza de presas menores también contribuía a completar el menú familiar. Piches, liebres, y hasta palomas y pajaritos para acompañar la polenta, brindaban carne a bajo costo.

Este principio de vivir con poco se extendió a la generación de los hijos de inmigrantes - al menos, los que vivían y trabajaban en las chacras.

No extrañará entonces que haya quedado como apotegma de aquellos tiempos una cita textual:

-Dentro de lo económico no deja de ser divertido, dijo el Juanillo Fernández. Y se estaba bañando en pelotas en el canal.

sábado, 14 de febrero de 2009

¡No se c... señor Intendente! Los 10 toques de sirena.

El cuartel de bomberos. Arriba, a la izquierda, las bocinas de la sirena.

¡No se c..., señor Intendente!

La historia es tan verídica que parece un cuento. Y por si sola es un sarcasmo contra el militarismo y el autoritarismo.

La frase idiomática “al toque” significa “de inmediato”. Pero en Villa Intranquila supo indicar todo lo contrario.

Fue en 1978, año de infausta memoria. Se había formado una Comisión de notables convocada por el gobierno municipal, por orden del provincial, a fin de prever medidas de defensa en caso de un ataque por aviones chilenos. Hoy parece increíble, pero entonces se agitaba el fantasma de una guerra con Chile, generando así un estado de miedo y alarma en los pueblos de la Patagonia.

(Tampoco parece creíble, pero por cierto se expulsó a pobladores chilenos, luego de “operativos” de inspección policial casa por casa, por ser “indocumentados”.)

Se decía que Villa Intranquila iba a ser un objetivo de bombardeos desde el aire, porque los adversarios iban a querer destruir los puentes sobre el río Colorado.

La Comisión sesionaba en la Municipalidad. Siguiendo las instrucciones recibidas desde Viedma, el intendente propuso establecer un código a seguir por parte de la sirena de los bomberos; de ese modo, al oir determinada cantidad de toques, los vecinos sabrían que se venía un ataque aéreo, e iban a proceder en consecuencia.

Todos estuvieron de acuerdo. La cosa fue cuando hubo que establecer cuántos toques iban a ser necesarios. El jefe de Bomberos se tironeó de la chaquetilla con dorados, carraspeó y, sabiendo que ocupaba el centro de la atención, pasó a explicar con tono de solvencia:

- El código vigente y que tenemos que respetar es: un toque, prueba de sirena. Dos toques, convocatoria al cuartel. Tres toques, fuego en centro de la localidad. Cuatro toques, fuego en zona suburbana. Cinco toques, pastizal. Seis toques accidente en ruta. Siete toques, accidente en camino a la Colonia. Ocho toques…

Etc., etc. Para cuando llegó el turno de “ataque aéreo”, resultó que el aviso tendría que ser al décimo toque. Como la sirena es algo lenta, esto suponía por lo menos unos quince minutos a partir del principio.

- Al décimo toque? – musitó el intendente.

El comisario expresó sus dudas con más rudeza:

- No se c…, señor Intendente…! Pa' cuando llegue el toque número diez, no vamos a tener ni dedos con que seguir contando…

Felizmente no prevaleció la estupidez que parecía imponerse a ambos lados de la frontera, y no hubo ocasión de comprobar la eficacia del aviso "al toque".

domingo, 1 de febrero de 2009

‘causa de la rienda larga


Con facilismo solemos atribuir un hecho, que llamamos “efecto”, a otro hecho anterior, al que llamamos “causa”. Pero el comportamiento del mundo parece ser bastante más complejo; habitualmente el “efecto” ha sido producido por mucho más que una “causa”.

La discusión puede dar para más, pero nos limitaremos a transmitir un relato que ironiza sobre esta supuesta relación mecánica y unidireccional entre las causas y los efectos. Me lo contó el amigo Jorge Valdivia, habitante de San Antonio de Arredondo, coreógrafo, profesor de danzas, eximio bailarín de folklore, y estudioso de las costumbres y las artes populares y campestres. Aunque el sucedido no se produjo en Villa Intranquila, declaramos a Jorge, y al protagonista de la narración, ciudadanos honorarios de esta población – y con ello, incorporamos el cuento a esta colección.

Don Lucero (de quien no se me dijo el nombre de pila) era un poblador que tenía su campito en la sierra, por el lado de Icho Cruz. Hombre de hogar, tenía dos a falta de uno. Hogares, queremos decir. Cada uno con una esposa.

A fuer de cumplidor, don Lucero visitaba a diario las dos casas. Quiso la suerte, o la mala suerte, que a mitad camino hubiera un boliche, donde era posible parar a cualquier hora para tomarse un trago. Ya sea que fuera de esta casa a la otra, o volviera de la otra a esta, don Lucero paraba a entonarse.

-Y así murió don Lucero. ‘causa de la rienda larga

Pregunté cómo es que había ocurrido eso.

- Él tenía una mula blanca, que ya sabía el camino y lo llevaba aunque él estuviera borracho. Pero le dejaba muy larga la rienda. Entonces, cuando salía en pedo del boliche, se agarraba de la rienda y pegaba el salto para quedar montado. Pero al ser la rienda larga, se caía del otro lado de la mula. Y tenía que saltar de nuevo.

- Entiendo. Y…

- Y en uno de esos saltos, no va que se cae al suelo y se pega en el pecho con una piedra bola. De lo cual le salió un ‘postema en el pecho, se le inflamó, y se murió nomás. O sea que murió ‘causa de la rienda larga.

Estuve por titular este cuento “Crítica cordobesa al modelo de causación positivista”. Pero no sé si mi relator habría autorizado semejante pedantería. Quede así, entonces.

jueves, 29 de enero de 2009

Economía emocional. Una lección del Lolo Palacios.


Economía emocional.


El Lolo (Alfredo Bernardino) Palacios, se dedicaba al intercambio de frutos del valle del Colorado por productos del campo pampeano. Cargaba su camión, un Mercedes 1114 adornado, cromado, lleno de tachas y banderitas, como un flete de antaño chapeado en plata. Lo llenaba de duraznos, peras, manzanas, ciruelas, cerezas, pelones… en fin, todos los productos de las chacras de la zona. Y rumbeaba para La Pampa. Allí por Perú, Unanué, Trenel o Victorica o Macachín, iba vendiendo las frutas. Con el dinero resultante compraba quesos de distintas clases, chorizos secos, jamones y bondiolitas que se traía para el sur. Los intranquilenses se veían beneficiados por partida doble con este comercio: colocaban su cosecha, y recibían buenas facturas preparadas por los rusos y gringos de los campos pampeanos. Un círculo virtuoso. Hasta que vinieron los controles sanitarios, la barrera de Funbapa y demás, y se cortó.

En su andar de un lugar a otro por los caminos, el Lolo hacía buena relación con las familias, y prestaba pequeños favores: llevarle un paquete a tal pariente en otro pueblo, o un mensaje, o un repuesto; trasladar alguna persona en el camión…

Aquella vez, en un campo, le alcanzaron una carta de los vecinos de ese establecimiento – a quienes no llegó a ver – para unos parientes que estaban por el lado de Macachín. El Lolo cumplió escrupulosamente el encargue. Llegó al campo de los destinatarios, y les avisó que sus familiares les habían enviado noticias. La pregunta lógica fue “Usted los vió, Lolo?” Y él informó: “No, me hicieron llegar la carta al lote 13, donde yo estaba.”

Los chicos de la casa se habían ido para la escuela, y la gente grande no estaba muy acostumbrada a leer. El Lolo se percató de la dificultad, y para que nadie pasara vergüenza, se ofreció a realizar él la lectura.

Todos se congregaron a su alrededor; abrió el sobre y comenzó. Hagamos constar que tampoco el comerciante había tenido mucha escuela, por lo cual, si bien era una luz sacando cuentas, no leía con rapidez. Arrancó:

- Que… que-ri… queridos pri- primos…Les es, es-cri-bo para decir- decirles que papá ha mu- ha mu-erto.

Ahhh! Ahí pegaron todos la espantada. Los muchachos fueron a preparar el sulky para salir a todo trapo para el velorio. La prima mayor arrancó a llorar a moco tendido, seguida por las más jóvenes. Ya se iban moviendo para la pieza, para buscar alguna ropa oscura que ponerse.

En medio de tanto batifondo, el Lolo seguía sentadito a la mesa, leyendo para sus adentros. Llegado a un punto, pegó el grito:

- Paren, paren, que me parece que están llorando al pedo!- y completó la frase que venía leyendo:

-Papá ha muerto un chancho, y los espera para la choriceada.

Y…si non é vero, é ben trovato.

martes, 27 de enero de 2009

¡ Rompan, muchachos !

Cruce de calles República Española y San Martín. A la izquierda
de quien mira, la elevación de las vías, de donde descendió la
camionetita. A la derecha, pintado en rabioso color ciruela, el local de
negocio embestido por aquella columna móvil.


Rompan, muchachos…

La frase, así como encabeza este artículo, quedó para la historia. Y tenía que ser así, por mérito del personaje y de la situación.

Algo de heroico tenía la denodada porfía con que los peronistas, a veces solos y a veces acompañados por sus antagonistas radicales, soportaban tiempos de proscripción. Claro que proscriptos por proscriptos, mucho más, y en peores condiciones, lo fueron los adeptos del General. Piensen nomás en lo que significó no poder pronunciar, salvo en secreto, el nombre de su dirigente máximo, el de su partido, ni entonar su marcha partidaria… durante diecisiete años!

Es comprensible entonces la euforia con que los peronistas de la primera hora recibieron el levantamiento de esa prohibición en 1972, y el inicio de una campaña electoral en la que, ¡por fin! iban a poder participar sin tener que votar forzosamente a otro partido.

Alguien que merecería un recuerdo en Villa Intranquila, cuando se celebra el Día de la Militancia, tendría que ser don Alonso Cánepa. Soportó proscripciones, días de escondite y tremolinas, pero siguió fiel a sus banderas. En cuanto aparecía un resquicio, una campaña electoral, una movilización, ahí salía él, sin reparar en gastos ni esfuerzos personales.

Por cierto sú temperamento y aspecto lo tornaban algo pintoresco. No podía pasar inadvertido, a pesar de su corta estatura, por la voz bronca que se imponía en cualquier reunión. Queda de él una anécdota de aquellos días de la “primavera” de la juventud peronista en tiempos de Cámpora (mayo y junio de 1973). En todo el país se desarrollaba una oleada de “tomas”: los obreros y empleados tomaban universidades, fábricas, empresas del estado, oficinas, para ponerlas a disposición del nuevo gobierno, previa remoción de los jerarcas anteriores. En Villa Intranquila había cierta disconformidad con la atención en el Hospital, y surgió la idea de tomarlo. Según los bromistas, don Alonso había definido la cuestión:

- No puede ser que en todo el país estén tomando cosas, y nosotros acá como unos b... sin hacer una m… Vamos a tomar el hospital, muchachos.

Antes de este momento, cuando todavía se estaba en plena campaña electoral, don Alonso abrazó con tanto fuego como nunca la militancia partidaria. Puso al servicio de la Unidad Básica recién reabierta su camionetita, una esforzada Rugby modelo 1927 cuyo motor sonaba chis chás chis chás, y en la que transportaba habitualmente los andamios, baldes y artefactos con que realizaba sus trabajos de pintor de obra.

En el día de autos (nunca mejor llamado así), venía don Alonso de un recorrido por la Colonia o por Buena Parada. La caja de la camionetita estaba repleta de entusiastas justicialistas que golpeteaban la propia caja, o alguna lata o bombo, al tiempo que repetían el estribillo Pée-rón, Pée-rón. (Si en vez de este apellido el General hubiera respondido al patronímico de Schiappapietra, por decir otro cualquiera, quizás no habría tenido semejante éxito, no?)

Venía pues esa camionetita que se las pelaba. Para pasar de Villa Mitre a la zona céntrica de Villa Intranquila, tenía que retrepar la lomita del paso ferroviario, esa elevación que ven ustedes en la foto. El vehículo justicialista ascendió la cuesta, pero luego, al bajar, con la fuerza de la inercia que generaba la importante carga, se desmandó y no obedeció a los frenos. (Por favor, créanme que no he querido hacer una metáfora de lo que sucedió en aquellos años... pero salió bastante cercana, verdad?)Allí se fue pues, don Alonso con todos los compañeros, a estamparse contra el local que ocupaba la esquina.

Pero él estaba tan exultante con la recién recobrada libertad de expresión y política, que no se dejó afectar por el incidente. Bajó de la camioneta, contempló los destrozos (que no eran muchos, porque el vehículo no daba para tanto), se irguió sobre las alpargatas, se acomodó el overol, y dirigiéndose a los simpatizantes, pronunció con su voz estentórea la frase inolvidable:

- ¡Rompan, muchachos, que el partido paga!




martes, 13 de enero de 2009

Dos perlas de la sabiduría popular.

Esquina de Alem y J.B.Justo: local donde funcionó el mercadito y carnicería de Ramón Ustáriz. Es una hermosa construcción de ladrillo a la vista, erigida en la década de 1930.

Dos perlas de la sabiduría popular

Los intranquilenses repiten una y otra vez estas dos frases. Se las atribuye a dos personajes locales, y se dan someras señales acerca de la ocasión en que fueron pronunciadas.

Algo más que el azar ha grabado tan marcadamente estas dos frases en la memoria popular. Una, “Me dijiste dijo Ustáriz” podría estar en las colecciones del memorable Mulá Nasreddin. La otra “No se puede confiar ni en uno mismo” es filosofía pura. El problema es su carácter maloliente – pero enuncia una verdad humana cuya vigencia todos hemos experimentado alguna vez.


Me dijiste, dijo Ustáriz

Dicen que Ramón Ustáriz, propietario de una carnicería y mercadito, y protagonista de muchos cuentos locales, había ido después del almuerzo a la Cancha de Pelota, a departir con los amigos, quizás jugar una manito de más y menos, tomarse un anís. En eso estaba cuando apareció un pibe corriendo desalado para avisarle, con la respiración entrecortada:

-Don Ramón, se le prendió fuego la carnicería!

A lo que don Ramón, con aspecto de suficiencia, respondió

-Ja, me dijiste… Tengo la llave en el bolsillo.

En el habla popular ha quedado la frase “me dijiste, dijo Ustáriz” para referirse a una situación que alguien da por segura, pero que no lo es.



No se puede confiar ni en uno mismo

Lo escatológico se vuelve filosófico en este dicho. Se le atribuye al viejo D., un inmigrante italiano que vivió en Villa Mitre, y ha dejado una descendencia laboriosa y destacada. Lo citaré nomás como viene, porque es imposible edulcorarlo - ni desodorizarlo:

- No se puede confiar ni en uno mismo, dijo el viejo D – había querido tirarse un pedo y se había cagado encima.


jueves, 8 de enero de 2009

Paisanos... pero modernos


Don José Miguel, humorista, inventor y creador de un museo propio.



Medicina tradicional, informática y satélites

La gente de ciudad tiende a creer que en general los viejos pobladores o los paisanos están inmersos en una cultura “tradicional”, sin mayor roce con los componentes “artificiosos” de la tecnología contemporánea.

Algunas anécdotas desmienten con un toque de ironía este mito bucólico, para demostrarnos que la gente de alpargatas y bombachas se maneja muy cómodamente con lo moderno.

Explicame, que te explico

Don José Miguel (fallecido en el 2004) fue un cronista, originalista e historiador local por afición. Sólo había llegado a concluir la escuela primaria de aquellos tiempos; pero no necesitó muchos diplomas para darse cuenta de que la historia también pasa por la vida cotidiana, bastante antes que los historiadores franceses que promovieron ese enfoque. Don José había transformado su caserón de Buena Parada en un museo, en el que conservaba afiches, vajillas, elementos usados para la cocina, la costura o el trabajo de distinto tipo, indumentarias, juguetes… en fin, todo lo vinculado a la vida diaria y las ocasiones públicas de las personas en tiempos pasados, digamos desde 1900 en adelante. (Otro día daremos cuenta de algunas de sus invenciones: la bicicleta al revés, el tortugódromo, el circo de una sola persona, el control remoto a pistón… )

En su colección, José tenía más de dos centenares de fotos antiguas. Mi amigo Néstor Martínez, diseñador gráfico, tuvo la idea de armar un sitio web con algunas de ellas, para difundir imágenes del pasado de Villa Intranquila. Ahora, la cosa pasaba por convencerlo a don José de prestarnos las fotos, aunque más no fuere por el rato necesario para escanearlas. En realidad él andaba buscando algo de eso, porque dos por tres caía por el estudio de Néstor para mostrarnos alguna foto y narrarnos la correspondiente anécdota. Pero había que explicarle, y eso me tocó a mí. Lo abordé:

-Usted sabe, don José, que ahora hay una manera de copiar las fotos… Si usted las va trayendo, nosotros sacamos la copia en ese aparato, y al instante se las devolvemos. Y después, si está de acuerdo, las ponemos en la computadora, y otras personas que quieren verlas desde otros lugares, las van a ver en sus computadoras también – era esto en 1999, y poca gente estaba aún al tanto de estas cosas. José Miguel respondió sin pensarlo mucho:

-Ah… vos querés decir Internet.



Don Valdés cura a un enfermo.

Don Antonio Valdés (autor de algunas renombradas exageraciones) tenía fama de saber acerca de curaciones tradicionales. De modo que Miguel Ángel Martínez, el “Piche”, a quien debemos varios de estos relatos, se puso contentísimo cuando lo vio aparecer en aquel campo al que había ido a cazar chanchos (es decir, jabalíes). Tras dos o tres días en el campo, el Piche estaba empezando a sentir las consecuencias de asados, empanadas y pasteles ingeridos en abundancia. Y preveía que esa noche no iba a poder disfrutar el costillar de jabalí que estaban preparando los dueños del campo. Pero don Antonio iba a poder curarlo rápidamente y sin remedios, seguro.

Desembarcó don Antonio de su camioneta, se saludó con la gente y, tras el tradicional “Y qué tal”… el Piche le comentó que andaba un poco mal de la digestión. “A ver, m’hijo…” y le estudió el semblante don Valdés. Tras lo cual empezó con el diagnóstico:

- Usté mi Piche, está passsao de comida. Tiene el hígado hecho un desssastre, vea. Pero yo le voy a dar algo que lo va a dejar como nuevo.

Pensó entonces Miguel Ángel: “ahora seguro me tira el cuerito, me da algún té de yuyos, y listo, a cenar con ese costillarcito”.

Don Valdés manoteó un pedazo de papel marrón de una bolsa de galleta que estaba allí cerca, tomó un lápiz de su bolsillo, y mientras anotaba, le iba diciendo a su paciente:

- Me toma esto, Piche. Bilagol, veinte gotas, dos veces al día. Inidec, cápsulas, una cada ocho horas. Y eso sí… me hace dieta total, m’hijo. Suerte que yo voy a estar acá, así lo controlo que no coma nada.


Una crema para la piel

La amiga Juanita Porro había ido a Pilquiniyeu del Limay, como integrante del equipo multidisciplinario que iba a ayudar a la comunidad mapuche de ese lugar a relocalizarse, puesto que la presa de Alicurá iba a dejar bajo agua su tradicional poblado.

En ese trabajo se relacionó amistosamente con toda la gente del lugar.

En una oportunidad estaban recorriendo lugares con el lonco, el jefe del grupo, para ver posibles emplazamientos del cementerio que iba a ser trasladado a la parte alta. A Juana se le hizo difícil agarrar unos papeles, y mencionó que su piel estaba reseca a causa del viento y la escasa humedad del lugar.

Entonces el lonco le dijo con tono sentencioso:

- Le voy a dar una receta para eso.

Juana imaginó que estaba a punto de conocer una mágica poción tradicional. Llevaría grasa de avestruz, y alfilerillo, y vaya a saber… Sus pensamientos fueron interrumpidos por la receta del lonco:

-Nivea Crema… la de la latita azul.


La luz mala

Esta nos sucedió en una casita en la sierra de Córdoba. Habíamos ido a conversar con dos hermanos que vivían allí, con sus majaditas y sus caballos – según nuestro parecer, algo aislados del mundo. Uno de ellos sabía algunas viejas tonadas que queríamos conocer.

Con las primeras sombras de la noche, empezaron a verse las estrellas. A una de las entrevistadoras le llamó la atención el brillo y el movimiento de una de ellas. Para expresarse de acuerdo con lo que creía era la mentalidad del lugar, señaló la luz movediza y dijo:

- Eso… será una luz mala?

Nuestro entrevistado estaba con la vista baja, arreglando las brasas al pie de la pavita. Pero sin levantar la vista, insinuó un movimiento de su cabeza, de izquierda a derecha:

- Si va de este lao p’allá, es un satélite. Pasa todas las tardecitas.


jueves, 25 de diciembre de 2008

Don Gervasio Alonso y el Espíritu de la Navidad


Foto: Villa Intranquila puede ser tan tranquila,
que la persiana de una despensa se abre
desde afuera.

Don Gervasio Alonso y el espíritu de la Navidad

La fecha es propicia para este relato, que le emparda al célebre cuento aquel de Charles Dickens, pero con un final alternativo.

Aquella vez don Gervasio Alonso se dejó ganar por el espíritu de la Navidad. Cuando apareció en el negocio de ramos generales un cliente de campo (dicen que era un González, uno de los muchos González que tienen su habitat en la Villa), el negociante le tendió un paquetito y le explicó, con su marcado acento asturiano:

- Tenga ustez... Un obsequio para la patrona, por las Fiestas…
- Pero muchas gracias, don Gervasio…
- Hombre, es que a un buen cliente… en fin, una atención de la casa.

El hombre de campo dejó en el mostrador la lista con su pedido de mercadería para llevar, y quedó en volver a buscar las cosas más tarde. Luego fue hasta la camioneta, que había dejado estacionada en el cordón del almacén, y puso el paquetito (quizás una caramelera de Tofi, quizás un frasco de agua de colonia) sobre la guantera. Y después, dejando la puerta sin llave, como era (y todavía es) habitual en la Villa, siguió caminando hacia el Banco.

Don Gervasio entonces le ordenó al cadete (era el Cholo Barhén):

-Anda, trae el paquete ese de la camioneta. Apúrate…

Cuando volvió el cliente, le entregaron su pedido en cajas y bolsas. Se fue, sin percibir la falta del regalo.

A las dos o tres semanas, volvió a aparecer por el negocio. Con un dejo de incertidumbre, le comentó al comerciante:

- Sabe don Gervasio, no hubo caso de encontrar el regalo que usted me dio para la patrona. Se me habrá caído…

- Pues aquí se lo entregamos a ustéz – respondió cortante el almacenero.

Cuando se había ido el despojado y cabizbajo González, don Alonso sacó la moraleja de esta historia para que aprendiera el cadete, que lo miraba con expresión perpleja:

- Anda tú a regalarles algo. Si así lo cuidan...

(Narrado por Dani Martínez, a partir de un relato de Cholo Barhén; agradecemos a Eduardo López, por la observación sobre el nombre y apellido del Sr. Alonso).







miércoles, 24 de diciembre de 2008

Romance de la escopeta sin gatillo

Calle hacia el río, La Adela. En trance de disparar,
bien puede uno caerse en la cuneta de Gancedo,
a la izquierda.

Romance de la escopeta sin gatillo

Se le escuchó alguna vez al Chulo Lastra este recitado de su autoría. Es una especie de romance histórico, en el que se narra lo sucedido en una fiesta de casamiento en La Adela, allá por los años ’50. No habrán sido bodas de sangre, pero sí bodas de entrevero.

En momentos en que todos estaban festejando el matrimonio de una hija de Roth, en el clima etílico y festivo de rigor, alguien generó un incidente que derivó en pelea. (Cuando aparece la palabra “respeto” en uno de estos simposios, la cosa se empieza a complicar.) La trifulca se estaba desmandando, manotazos por acá y allá, y el padre de la novia consideró prudente enfriar los ánimos haciendo un disparo al aire con su escopeta. Fue a buscarla, y apareció con ella en mano. Los amigos trataban de arrebatarle el arma, levantándosela. En el entrevero, nadie se percató de que la escopeta no tenía gatillo. No estaban para fijarse en esas menudeces, puesto que cada uno buscaba el modo más rápido de resguardar su humanidad. Por eso el final del recitado resulta un poco brusco: es que no quedó nadie.

Había estado presente todo el mundo social de la Villa en el accidentado ágape. Entre otros, el célebre Gancedo (Altamiranda), de quien ya hemos narrado aquel episodio providencial que le sucedió cuando andaba por ahí con la zorrita del ferrocarril y Dios le mandó granizo. En cuanto al “Pisán” del romance, era uno de los dos socios de una tienda, casa Pisán (por Pis Quintana y Sánchez), al que se le había transferido el nombre del negocio. Y posiblemente Gil, el de la camioneta salvadora, haya sido el Nene, Manuel González Gil. El Contín aquí aludido, ¿habrá sido algo del célebre indio Contín?

Así narraba Chulo Lastra, el aeda, esa gesta, en versos asonantes y disonantes, según nos lo transmite Dany Martínez:

Allá por Caleu Caleu
como es costumbre’e familia
celebrar los casamientos -
canto, acordeón y guitarra,
garganta empapada en vino.


Esto no puede seguir
- dijo uno de mal gesto -
y el que se quiera divertir
ha de guardar el respeto.


Y fue el morocho Rogelio
el que a esto le puso fin
y se topó con un negro
que se llamaba Contín.


El Negro esperaba piña,
Rogelio sacó un filoso
en señal de desafío
y al primer grito de raje
el negro fue a parar al río.

Arrancar de camionetas,
de autos y los de a pie
cuando vieron la escopeta,
mientras el pobre Gancedo
de panza en una cuneta.


El Pisán hecho un Tarzán
saltaba los alambrados
hasta que se pudo zambullir
en la camioneta de Gil.


(Relato de Dani Martínez).

Exageraciones


(Un momento de la doma, en una hermosa foto de Nani Prieto.
Pero no exageremos: este no era el redomón de Martín Fierro.)



Las exageraciones de don Valdés

La exageración es un género muy poblado de la literatura oral. En el cultivo de este género, se nos trasluce, creo, una herencia andaluza.

Hay frases que aparecen como signo de la exageración: “le aseguro que”; “fulano no me va a dejar mentir” (citando a un testigo generalmente ausente); “y usté no va’creer, pero”; “yo lo ví con estos ojos”; “estaba el finao Mengano, que todavía me decía”; “no le quiero decir”, “qué le digo que…”; "y si no, vaya y pregúntele a..."; "y sin exagerar le digo"... Cuando se combinan dos o más de estas frases, es porque el bolazo es muy grande.

Como suele suceder, cuando un personaje del pueblo cuenta algunas exageraciones, ya se le atribuyen otras más desmedidas. Y así el ingenio va haciendo crecer estas colecciones.

Hoy traemos una selección de las exageraciones de don Valdés, a quien hemos mencionado ya como pensador, en aquel relato de la “desgracia con suerte”. En los ratos libres, parece que cultivaba este género. Y lo que no dijo, se lo atribuyen.

La heladera usada, 1

“Compré una heladera usada, porque alguna comodidá en la casa tiene que tener la patrona, ¿no? Con toda una vida de trabajo... Así que la compré. Y uno pensaba bueno, usada, no ha de ser tan buena como si está nueva. Pero fíjese que esta heladera ha salido… de lo mejor! Con decirle que no tenía puerta, así que yo le puse una cortina de bolsa para que no esté abierta. Y sin embargo, de tanto frío que da, me reventó los sifones que le había puesto en el estante de abajo.”

La heladera usada, 2

“Y vio, la tengo afuera la heladera, porque no entraba en casa. Está a la salida, como quien va a la quinta. Pero si será buena esa heladera… imagínese los otros días, con el calor que hacía… Y no voy y me descuido, dejo la bolsa descorrida – la que hace de puerta. Para cuando me quise acordar, el aire frío me había helado toda una hilera de plantines de tomate.”

El chapeao famoso

“Y con los años, vio, y la gente que uno le da una mano, te traen un regalo de agradecidos que son. Y por eso tengo recados, y un montón de prendas, y mates de plata y facones, y lo que se le ocurra. Pero este recao, este… era especial… era el chapeao de Martín Fierro. Sí, como le digo, de Martín Fierro. Y me lo quiso cambiar Pilotti por el auto que él tenía, la cupé Fuego. Pero mire que yo voy a ser tan sonso, noooo…”

El censo de los perros

Don Valdés buscaba que lo contrataran para hacerse cargo del servicio de perrera municipal. Sus argumentos ante el funcionario comunal:

“Mire don, en Buena Parada, já, hay más perros que cristianos. Yo he contao, porque hice como un censo, vio… setecientos doce perros. Y no le quiero decir en Luis Beltrán, ahí sí que había perros. Cuando me contrataron, había dos mil perros sueltos en la calle…”

(Un rasgo de este género es que, cuando empieza uno a exagerar, cada episodio tiene que ser más grande que el anterior. Si no, es que se está achicando.)

“Y en Cipolletti, cuando fui a hacerles el trabajo el año pasado. A ver… diga un número… no, no, anímese, tire un número… Já! Diecisiete mil trescientos quince perros. Sí señor, die-ci-sie-te mil trescientos perros, cosa de no creer.”


Un aporte a la geografía bonaerense

"Ahi cerca de Pringles hay una sierrita con una cueva, vio. Y había un león, nadie se animaba a ir ahí. Hasta que un día, yo andaba de paseo visitando la parentela, escuché que contaban del león y dije: este es suyo, Valdés. Así que me fui, con el facón nomás, y se lo metí en la cruz mire. La cueva esa, antes se llamaba Cueva del León. Pero ahora, vaya a Pringles y pregunte, todos la llaman la Cueva de Valdés."

(Colaboraciones de Miguel Ángel “Piche” Martínez).

viernes, 19 de diciembre de 2008

Cuatro precursores de las ciencias las artes etcétera



Cualquier pueblito puede estar en la avanzada del progreso tecnológico, artístico y mercantil. Y si no, que lo digan los vecinos de Villa Intranquila. Nos vamos a contentar por ahora con mencionar tan sólo a tres precursores.

1. El farmacéutico Klein, fabricante de aviones, piloto y...

Fue el primer constructor de aeronaves y el primer piloto de Villa Intranquila, y posiblemente de toda la región. Howard Hughes no hizo otra cosa que andar por caminos que este hombre ya había hollado.

Corrían los locos años 20 cuando el farmacéutico Klein vio en alguna revista o suplemento dominical del diario, la descripción y las imágenes de un avión.

Entusiasmado con la idea de volar, se animó nomás. Y con su propio esfuerzo y la ayuda de algún vecino más avezado en carpintería, se fabricó un avión, todo él de madera. No nos han llegado noticias del motor que le instaló. Quizás el de algún artefacto doméstico, como aquella vez que Armando Ambrosetto armó una lancha fuera de borda con un piletón de plástico y un motor de lavarropas.

Un día de primavera, Klein llevó el avión (alguno podría haber dicho el armatoste, pero evitemos ser peyorativos con un creador) al sitio de lanzamiento. Era allá arriba de la barda, más o menos en el lugar donde ahora está la Ermita. (La foto, en el cuadro de abajo a la derecha de Ud., refleja muy vagamente y de lejos el instante previo al lanzamiento.) Desde ahí iba a largarse, favorecido por la altura.

Al rato nomás, Klein fue también el primer accidentado aéreo. Y el avión fue el primero que capotó en la región.

(Narrado por José Miguel, quien además facilitó la foto del "evento".)

2. El primer óptico.

Sabemos que era vecino de Villa Mitre, pero no nos ha llegado su nombre y apellido. Era un vendedor ambulante que, enterado de esas cosas de la óptica, y sensible a la necesidad de los vecinos, incorporó el rubro a sus actividades.

De modo que se lo recuerda llevando al cuello una ristra de anteojos. Cuando se cruzaba con algún cliente potencial, al que reconocía porque andaba con la trompa fruncida y las cejas enfurruñadas, le sugería:

- Che, no andarás mal de la vista vos? Por qué no te probás estos lentes? Eran del finao Fulano…


(Narrado por don Julio Palmieri.)


3. Otra que el teremín!

Hubo otro que estuvo a punto de inventar un novedoso instrumento musical, que habría dejado petiso al teremín o al violín corneta.

Este había ido a Bahía Blanca, y al pasar por un negocio, vio en la vidriera una flamante máquina de escribir – una Continental de chasis grande, impresionante.

Extasiado, contemplaba el teclado hasta que se le escapó la musical bravata:

- Já… si te agarro, acordeona!

(De circulación general.)



4, Efectos especiales... a capella

Lo llamaban cariñosamente El Loco Frías. Tenía vocación de inventor. Aficionado a la naciente electrónica, siempre andaba entre cables y aparatos. Se lo recuerda en su Fiat 600, al que le había conectado un televisor en blanco y negro, que se alimentaba en el encendedor del tablero. Para alardear, Frías se quedaba sentado en el auto con la puerta abierta, ante el boliche bailable, mirando Canal 7.
Fue el fundador, director, locutor y animador de una de las primeras radios FM que existió en la Villa.
En una de sus estadías en la ciudad, le llamó la atención el efecto especial llamado "cámara de eco", tal que una palabra resuena varias veces hasta extinguirse. Y decidió incorporarlo a su emisora.
Lo recordamos sentado ante la mesa donde estaba el micrófono. Como carecía de equipo para hacer la cámara de eco, lo generaba a capella. Mientras iba alejando el micrófono de su persona, hasta donde diera la extensión del brazo, le quitaba parte a las palabras. Por ejemplo: "comprando en casa Aznárez... /más lejano/ nárez... /más lejano/ árez... rez rez rez...
(Relatado por NM)

martes, 16 de diciembre de 2008

Mucho tiempo sin pasteles

Buena Parada. el hermoso balneario sobre el
río. El cartel no aclara el lugar abarcado por la
prohibición. Da lugar a que algún intranquilense
alegue que no se baña... por orden del gobierno.


Mucho tiempo sin pasteles

Los Estrela de Buena Parada, poblado histórico de Villa Intranquila, son gente laboriosa. Con esfuerzo, la familia ha logrado que sus integrantes más jóvenes estudien y se luzcan en el secundario y en la universidad.

Desde ya que toda regla tiene su excepción. Para abonar esta regla que no tiene excepción, está el recuerdo de José Estrela, casado con doña Bartolina, a quien llamaban Bartola.

José era un organizador laboral nato. Él no era muy dado a las fatigas, pero todas las mañanas, dicen, ordenaba las tareas en la casa:

- Bueno, Bartola, vos andá y ordeñá las vacas, mientras yo espumo el puchero.

No fue hombre de andar mucho por ahí, en empleos lejanos. Más bien se quedaba en casa. Pero una vez agarró contrata para la esquila, y allá fue. Hay que decir, para quien no conoce el tema, que los hombres salían en la comparsa, integrada por esquiladores, cocineros, peones de patio y demás, y se perdían de vista por dos o tres meses. Iban de campo en campo, siguiendo un derrotero ya pautado antes de salir. Por ejemplo don Heber Farías, uno de estos esquiladores, llegaba con su comparsa hasta Río Gallegos. Y no era el único.

Bien pues, salió José el día señalado.

Olvidábamos señalar que para completar sus virtudes, era hombre de pocas pulgas, más bien lo que se llama “renegado”. Se supo después que en el primer campo al que fue la comparsa, cuando lo vieron en el patio con el facón al cinto, le recordaron que el dueño del campo no quería ver gente con cuchillo – para evitar esos encontronazos por alguna fruslería que solían darse entre varones. Se retobó José, y como no quiso quitarse el facón, se volvió para su casa.

A los dos días de su partida, estaba de regreso en el rancho. Y antes de saludar, mientras se apeaba, le dio una orden a su mujer:

- Che Bartola, hacete unos pasteles, que mientras estuve en la esquila no probé ni uno…


(Narrado por Miguel Ángel Martínez, un maestro de cuentos.)






jueves, 11 de diciembre de 2008

Precisión científica.

Foto: campos cerca de Villa Intranquila. Un jarillal, una vista de ese enorme cielo, que es nuestra primera riqueza... y las ansiadas nubecitas que no se deciden a dar lluvia.


Precisión científica – o relatividad de las estadísticas, ejemplo 2

Creo que fue Lord Chesterfield quien dijo que las estadísticas son una forma de mentira casi igual de convincente que las lágrimas de mujer – sólo que menos bella. Y si no fue el Lord, lo siento por él; debiera haberlo sido.

El empleado que el Negro Otermin tenía en su campo no estaba muy al tanto de las frases de Lord Chesterfield. Pero eso sí, tenía un claro sentido del deber, y de la exactitud en materia de cuentas.

Aquella mañana, después de una tarde y una noche lluviosas, el Negro llamó por radio al campo para saber cuántos milímetros del agua tan esperada habían caído; y el hombre, que ya había hecho la recorrida matutina, contestó sin dudar un instante:

- Noventa milímetros, don Otermin. Cambio.

El receptor sacó cuentas mentalmente. Caramba, si en el campo de Fulano habían caído 25, y en el de Mengano 32, y los dos estaban ahí cerca…

- Estás seguro che? Te fijaste bien en el pluviómetro? Cambio.

Pero todo se había hecho con precisión científica:

- Claro que sí, don. Miré los tres tarritos: el de la casa, el del potrero y el del otro cuadro. Treinta cada uno, son noventa en total. Cambio.




martes, 9 de diciembre de 2008

Dichos de Pardiño


(El busto "del Libertador" en La Adela. En realidad, es C.M. de Alvear.
A sus espaldas, el Monumento al Broche.)

Dichos de Pardiño

El personaje quizás más parecido al Mulá Nasreddin o al egipcio Hodja en estas latitudes, ha sido Pardiño.

Habitante de La Adela, a Pardiño se le atribuyen simplicidades tales como la siguiente:

- Qué enciclopedia ni enciclopedia, dijo Pardiño. Dígale a la maestra que usté va a ir a la escuela de a pie, como siempre fue su padre.

Algún chiste es más bien báquico:

-Está frescando, dijo Pardiño. Y se había caído adentro’ una acequia, con damajuana y todo.

Y otro, en fin, ya es toda una postulación filosófica:

- Lo que es la Naturaleza, dijo Pardiño, y estaba mirando el puente carretero.

jueves, 4 de diciembre de 2008

Entre próceres, no se van a andar sacando las guirnaldas


Foto: parte central de la Plaza San Martín, con el busto del Libertador.


En esos tiempos una plaza era cuidada por un placero y no por un organigrama; y Villa Intranquila contaba con un eficaz cuidador del espacio verde situado en el centro. Denominado Plaza San Martín, este espacio ocasionaba bromas de los visitantes foráneos, porque estaba rodeado por un alambrado de rombos, tipo gallinero, y tenía tranqueritas para que uno ingresara. (Había que explicarles a los burlones que, de no haber cercado, cada dos por tres algún caballo irreverente se habría metido a comer flores y hojas verdes, y a dejar sus recuerdos esparcidos.)

El placero, de apellido Maccarone, desempeñaba además otras tareas. Era un poco el “uomo universale” de la Municipalidad. Entre sus labores añadidas, estaba la de disparar las bombas de estruendo, encendiéndoles la mecha con la brasa de su toscano, en las grandes ocasiones; también le correspondía preparar la plaza con la debida decoración cuando se venía un acto patrio. Hoy por hoy, don Maccarone podría haber sido, lo menos, Subsecretario de Ornamentación, Actos Patrios y Protección de Plaza.

Aquella vez tuvo que disponer los adornos para el Día de la Bandera, que por esa necrofilia propia de los argentinos se conmemora el 20 de junio, fecha de fallecimiento de Manuel Belgrano, creador del símbolo. (Como dijo una maestra nerviosa en el discurso, “Hoy festejamos la muerte del General Belgrano”).

Don Maccarone armó todo como es debido. En el centro de la plaza, sobre el cuerpo del monumento de San Martín, puso una guirnalda oval, en cuyo centro ubicó el retrato del prócer.

Todo hubiera estado muy bien, de no ser porque en lugar de la efigie de Belgrano, el público vio otra cosa. Desde el interior de la guirnalda ovalada los contemplaba el mofletudo rostro de Domingo Faustino Sarmiento, con cara de pocos amigos, como acostumbra.

Alguien le hizo notar el yerro al placero. Pero este, bonachón, quiso darle una lección de historia patria al irreverente entrometido:

- Eh… no hay problema… eran amigos!

(De circulación general, narrado por MEP).

miércoles, 3 de diciembre de 2008

El Monumento al Broche

(En la foto, el Monumento al Broche con el busto de C.M. de Alvear)

En relación con los monumentos y las evocaciones históricas, hay más de un episodio disparatado en Villa Intranquila y sus adyacencias. Parece que la oficialización del recuerdo, con toda la cría de fastos y héroes para cumplir con los rituales, muestra en los lugares chicos su lado artificioso, del modo más risueño.

Por caso el reciente suceso de Sierra Grande, no muy lejos de esta Villa. Allí tenían, en la Biblioteca Popular, el busto del el descubridor del yacimiento ferrífero y promotor de la explotación nacional del mismo, Luis Reinero Novillo. Pero cuando el año pasado las hijas del prócer local visitaron el lugar, se pasmaron al ver a ese desconocido señor: - Pero… ¡ese no es papáaa...!

Habrá quien recuerde el busto de Raúl Alfonsín en la Casa Rosada, que se parece a Stalin; o la divertida historia del retrato del coronel Estomba, uno de los alegados fundadores de Bahía Blanca – retrato que se comprobó era una copia del de un mariscal de Napoleón.

Para que se vea que estas situaciones no sólo se dan en los pueblos, hemos ofrecido en esta misma sección un recordatorio de la Estatua con Calzoncillo existente en Viedma. Y nos comprometemos a hacer memoria próximamente del trajinado busto de San Martín en la plaza homónima de esta Villa.

Pero este post está destinado a exaltar el Monumento al Broche.

Parece que en la pintoresca localidad hermana de La Adela (a la que pertenece la Plaza Potpourri ya exhibida en otras fotos de este blog), alguien decidió que el busto del prócer que preside la Avenida del Libertador debía ser realzado. Entonces, con dudoso gusto, zamparon ese busto de bronce neoclásico sobre unas vigas de cemento brutalista de forma particular. Esta forma hizo que el ingenio popular de los adelenses bautizara el engendro como “El Monumento al Broche”.

Para más inri, lamentamos observar que la estatua de marras no es de don José de San Martín (el Libertador a que se refiere el nombre de la Avenida), sino de Carlos María de Alvear. Desde ya que eran amigos, como dijo Maccarone, pero… (tampoco fueron siempre tan amigos, bah).

Imagino que en alguna proveeduría de estatuas de Buenos Aires estaban en liquidación los bustos de Alvear, escasamente solicitados… O bien le habían quedado de clavo al taller, y decidieron enviarlo a algún lugar remoto, donde podía pasar inadvertida la engañifa… Ahora la cosa es, como con el cuadro de Bahía Blanca, qué hacemos con el busto? El de Alvear, naturalmente. Habrá que consultar qué hicieron en Sierra Grande.

Y ay, lo que va a ser el día en que afear una ciudad, villa o aldea constituya delito punible… Saturación en los juzgados.

La Estatua del Calzoncillo

(Foto cortesía de Caroline Bridger Holder)

Me la contaron así: en Viedma, ante el Centro Cultural (hermoso edificio situado en la Costanera) y como parte de ese conjunto, se decidió instalar una hermosa estatua de un fornido varón, que representa al Trabajo. (Esperamos que algún amigo de este espacio traiga a colación el nombre del escultor, que por cierto se lució con la obra.)

Por esas cosas de los cambios de gobierno, para cuando la estatua estuvo lista el nuevo intendente, que había sido designado por militares, consideró que algunas de las partes a la vista (de la estatua) constituían una ofensa a la moral. Se le encomendó entonces, no sé si al escultor del original o a algún idóneo, que revistiera las virilidades del Trabajo con una especie de calzoncillo de bronce. Así quedó hasta hoy.

Mientras vivía en Viedma, observé que cada dos por tres algunos traviesos pintaban un pene y dos testículos sobre el calzoncillo de bronce. Recubierta que era la pintada por la cuadrilla municipal, con la correspondiente pintura verde oliva, que por cierto abundaba, al otro día o al poco tiempo la mano de los restauradores volvía a hacer su trabajo de vindicta estética.

jueves, 27 de noviembre de 2008

Universal, obligatorio... y secreto.

La Escuela Nº 18 (establecida en 1906), habitualmente
utilizada como local electoral.


Universal, obligatorio... y secreto

Se producían intervalos tan largos entre una elección y otra, golpes militares y gobiernos de facto mediantes, que la gente se olvidaba de los usos electorales. Esto que narraremos sucedió en algún momento de los años 60.

Aquella señora, ya mayor, entró al cuarto oscuro y allí estuvo un largo rato. El cuarto oscuro era una de las aulas de la Escuela 18 (la “escuela cabecera” fundada en 1906). Las fiscales y la Presidenta se consultaron con la mirada, y finalmente se aproximaron a la puerta del cuarto oscuro. Golpearon discretamente, y como nadie respondía, entraron.


Para esto, la señora ya venía encaminándose hacia la puerta. Salieron pues todas, y esperaron que ella pusiera el sobre con el voto en la urna. Pero para sorpresa de las autoridades comiciales, la ciudadana sufragante no traía sobre alguno en sus manos.

Le pidieron el voto, y ella manifestó, con expresión triunfal de “a mí no me embroman”:

-¡El voto es secreto!

Después de muchos expliques, la doña entendió la cosa. Entonces confesó que había metido el voto, por una ranura, en el interior de un mueble del aula. Hubo que llamar a la portera de la Escuela, que llave en mano ayudó al rescate de aquel voto… muy secreto.

(Narrado por Delly Barrionuevo, “Negra”)