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Buena parte de la literatura oral humorística se refiere a la inoportunidad de las frases hechas. Está esa famosa, del Moto Duarte: "No faltará oportunidad".
Cuántas veces uno pronuncia esa frasecita de ocasión, y resulta que no era la ocasión, y está metiendo la pata; diciéndole feliz día de la madre a una dama de soltería no deseada, o qué tal, todo bien... a un deudo en el velorio.
Así le pasó a un hombre mayor de la Villa, a quien le gustaba salir a caminar e ir saludando a la gente – linda costumbre de pueblo.
El diálogo estereotipado era como sigue:
-“Buen día amigo, qué tal...” A lo que el otro respondía
-“Bien, don Julio...” y el saludador cerraba el breve diálogo con un
-“Me alegro, me alegro”.
Pues bien, nuestro personaje había ido a visitar a su hijo que estaba estudiando en La Plata; caminando por el barrio, se topó con un viejito italiano que también usaba siempre la misma frase al responder a un saludo. De modo que el diálogo fue como sigue:
- Buen día, amigo, qué tal, cómo le va?
- Eh... me duele la gamba.
- Me alegro, me alegro!
(Sucedido de don Julio Palmieri, y narrado por él).