jueves, 25 de diciembre de 2008

Don Gervasio Alonso y el Espíritu de la Navidad


Foto: Villa Intranquila puede ser tan tranquila,
que la persiana de una despensa se abre
desde afuera.

Don Gervasio Alonso y el espíritu de la Navidad

La fecha es propicia para este relato, que le emparda al célebre cuento aquel de Charles Dickens, pero con un final alternativo.

Aquella vez don Gervasio Alonso se dejó ganar por el espíritu de la Navidad. Cuando apareció en el negocio de ramos generales un cliente de campo (dicen que era un González, uno de los muchos González que tienen su habitat en la Villa), el negociante le tendió un paquetito y le explicó, con su marcado acento asturiano:

- Tenga ustez... Un obsequio para la patrona, por las Fiestas…
- Pero muchas gracias, don Gervasio…
- Hombre, es que a un buen cliente… en fin, una atención de la casa.

El hombre de campo dejó en el mostrador la lista con su pedido de mercadería para llevar, y quedó en volver a buscar las cosas más tarde. Luego fue hasta la camioneta, que había dejado estacionada en el cordón del almacén, y puso el paquetito (quizás una caramelera de Tofi, quizás un frasco de agua de colonia) sobre la guantera. Y después, dejando la puerta sin llave, como era (y todavía es) habitual en la Villa, siguió caminando hacia el Banco.

Don Gervasio entonces le ordenó al cadete (era el Cholo Barhén):

-Anda, trae el paquete ese de la camioneta. Apúrate…

Cuando volvió el cliente, le entregaron su pedido en cajas y bolsas. Se fue, sin percibir la falta del regalo.

A las dos o tres semanas, volvió a aparecer por el negocio. Con un dejo de incertidumbre, le comentó al comerciante:

- Sabe don Gervasio, no hubo caso de encontrar el regalo que usted me dio para la patrona. Se me habrá caído…

- Pues aquí se lo entregamos a ustéz – respondió cortante el almacenero.

Cuando se había ido el despojado y cabizbajo González, don Alonso sacó la moraleja de esta historia para que aprendiera el cadete, que lo miraba con expresión perpleja:

- Anda tú a regalarles algo. Si así lo cuidan...

(Narrado por Dani Martínez, a partir de un relato de Cholo Barhén; agradecemos a Eduardo López, por la observación sobre el nombre y apellido del Sr. Alonso).







miércoles, 24 de diciembre de 2008

Romance de la escopeta sin gatillo

Calle hacia el río, La Adela. En trance de disparar,
bien puede uno caerse en la cuneta de Gancedo,
a la izquierda.

Romance de la escopeta sin gatillo

Se le escuchó alguna vez al Chulo Lastra este recitado de su autoría. Es una especie de romance histórico, en el que se narra lo sucedido en una fiesta de casamiento en La Adela, allá por los años ’50. No habrán sido bodas de sangre, pero sí bodas de entrevero.

En momentos en que todos estaban festejando el matrimonio de una hija de Roth, en el clima etílico y festivo de rigor, alguien generó un incidente que derivó en pelea. (Cuando aparece la palabra “respeto” en uno de estos simposios, la cosa se empieza a complicar.) La trifulca se estaba desmandando, manotazos por acá y allá, y el padre de la novia consideró prudente enfriar los ánimos haciendo un disparo al aire con su escopeta. Fue a buscarla, y apareció con ella en mano. Los amigos trataban de arrebatarle el arma, levantándosela. En el entrevero, nadie se percató de que la escopeta no tenía gatillo. No estaban para fijarse en esas menudeces, puesto que cada uno buscaba el modo más rápido de resguardar su humanidad. Por eso el final del recitado resulta un poco brusco: es que no quedó nadie.

Había estado presente todo el mundo social de la Villa en el accidentado ágape. Entre otros, el célebre Gancedo (Altamiranda), de quien ya hemos narrado aquel episodio providencial que le sucedió cuando andaba por ahí con la zorrita del ferrocarril y Dios le mandó granizo. En cuanto al “Pisán” del romance, era uno de los dos socios de una tienda, casa Pisán (por Pis Quintana y Sánchez), al que se le había transferido el nombre del negocio. Y posiblemente Gil, el de la camioneta salvadora, haya sido el Nene, Manuel González Gil. El Contín aquí aludido, ¿habrá sido algo del célebre indio Contín?

Así narraba Chulo Lastra, el aeda, esa gesta, en versos asonantes y disonantes, según nos lo transmite Dany Martínez:

Allá por Caleu Caleu
como es costumbre’e familia
celebrar los casamientos -
canto, acordeón y guitarra,
garganta empapada en vino.


Esto no puede seguir
- dijo uno de mal gesto -
y el que se quiera divertir
ha de guardar el respeto.


Y fue el morocho Rogelio
el que a esto le puso fin
y se topó con un negro
que se llamaba Contín.


El Negro esperaba piña,
Rogelio sacó un filoso
en señal de desafío
y al primer grito de raje
el negro fue a parar al río.

Arrancar de camionetas,
de autos y los de a pie
cuando vieron la escopeta,
mientras el pobre Gancedo
de panza en una cuneta.


El Pisán hecho un Tarzán
saltaba los alambrados
hasta que se pudo zambullir
en la camioneta de Gil.


(Relato de Dani Martínez).

Exageraciones


(Un momento de la doma, en una hermosa foto de Nani Prieto.
Pero no exageremos: este no era el redomón de Martín Fierro.)



Las exageraciones de don Valdés

La exageración es un género muy poblado de la literatura oral. En el cultivo de este género, se nos trasluce, creo, una herencia andaluza.

Hay frases que aparecen como signo de la exageración: “le aseguro que”; “fulano no me va a dejar mentir” (citando a un testigo generalmente ausente); “y usté no va’creer, pero”; “yo lo ví con estos ojos”; “estaba el finao Mengano, que todavía me decía”; “no le quiero decir”, “qué le digo que…”; "y si no, vaya y pregúntele a..."; "y sin exagerar le digo"... Cuando se combinan dos o más de estas frases, es porque el bolazo es muy grande.

Como suele suceder, cuando un personaje del pueblo cuenta algunas exageraciones, ya se le atribuyen otras más desmedidas. Y así el ingenio va haciendo crecer estas colecciones.

Hoy traemos una selección de las exageraciones de don Valdés, a quien hemos mencionado ya como pensador, en aquel relato de la “desgracia con suerte”. En los ratos libres, parece que cultivaba este género. Y lo que no dijo, se lo atribuyen.

La heladera usada, 1

“Compré una heladera usada, porque alguna comodidá en la casa tiene que tener la patrona, ¿no? Con toda una vida de trabajo... Así que la compré. Y uno pensaba bueno, usada, no ha de ser tan buena como si está nueva. Pero fíjese que esta heladera ha salido… de lo mejor! Con decirle que no tenía puerta, así que yo le puse una cortina de bolsa para que no esté abierta. Y sin embargo, de tanto frío que da, me reventó los sifones que le había puesto en el estante de abajo.”

La heladera usada, 2

“Y vio, la tengo afuera la heladera, porque no entraba en casa. Está a la salida, como quien va a la quinta. Pero si será buena esa heladera… imagínese los otros días, con el calor que hacía… Y no voy y me descuido, dejo la bolsa descorrida – la que hace de puerta. Para cuando me quise acordar, el aire frío me había helado toda una hilera de plantines de tomate.”

El chapeao famoso

“Y con los años, vio, y la gente que uno le da una mano, te traen un regalo de agradecidos que son. Y por eso tengo recados, y un montón de prendas, y mates de plata y facones, y lo que se le ocurra. Pero este recao, este… era especial… era el chapeao de Martín Fierro. Sí, como le digo, de Martín Fierro. Y me lo quiso cambiar Pilotti por el auto que él tenía, la cupé Fuego. Pero mire que yo voy a ser tan sonso, noooo…”

El censo de los perros

Don Valdés buscaba que lo contrataran para hacerse cargo del servicio de perrera municipal. Sus argumentos ante el funcionario comunal:

“Mire don, en Buena Parada, já, hay más perros que cristianos. Yo he contao, porque hice como un censo, vio… setecientos doce perros. Y no le quiero decir en Luis Beltrán, ahí sí que había perros. Cuando me contrataron, había dos mil perros sueltos en la calle…”

(Un rasgo de este género es que, cuando empieza uno a exagerar, cada episodio tiene que ser más grande que el anterior. Si no, es que se está achicando.)

“Y en Cipolletti, cuando fui a hacerles el trabajo el año pasado. A ver… diga un número… no, no, anímese, tire un número… Já! Diecisiete mil trescientos quince perros. Sí señor, die-ci-sie-te mil trescientos perros, cosa de no creer.”


Un aporte a la geografía bonaerense

"Ahi cerca de Pringles hay una sierrita con una cueva, vio. Y había un león, nadie se animaba a ir ahí. Hasta que un día, yo andaba de paseo visitando la parentela, escuché que contaban del león y dije: este es suyo, Valdés. Así que me fui, con el facón nomás, y se lo metí en la cruz mire. La cueva esa, antes se llamaba Cueva del León. Pero ahora, vaya a Pringles y pregunte, todos la llaman la Cueva de Valdés."

(Colaboraciones de Miguel Ángel “Piche” Martínez).

viernes, 19 de diciembre de 2008

Cuatro precursores de las ciencias las artes etcétera



Cualquier pueblito puede estar en la avanzada del progreso tecnológico, artístico y mercantil. Y si no, que lo digan los vecinos de Villa Intranquila. Nos vamos a contentar por ahora con mencionar tan sólo a tres precursores.

1. El farmacéutico Klein, fabricante de aviones, piloto y...

Fue el primer constructor de aeronaves y el primer piloto de Villa Intranquila, y posiblemente de toda la región. Howard Hughes no hizo otra cosa que andar por caminos que este hombre ya había hollado.

Corrían los locos años 20 cuando el farmacéutico Klein vio en alguna revista o suplemento dominical del diario, la descripción y las imágenes de un avión.

Entusiasmado con la idea de volar, se animó nomás. Y con su propio esfuerzo y la ayuda de algún vecino más avezado en carpintería, se fabricó un avión, todo él de madera. No nos han llegado noticias del motor que le instaló. Quizás el de algún artefacto doméstico, como aquella vez que Armando Ambrosetto armó una lancha fuera de borda con un piletón de plástico y un motor de lavarropas.

Un día de primavera, Klein llevó el avión (alguno podría haber dicho el armatoste, pero evitemos ser peyorativos con un creador) al sitio de lanzamiento. Era allá arriba de la barda, más o menos en el lugar donde ahora está la Ermita. (La foto, en el cuadro de abajo a la derecha de Ud., refleja muy vagamente y de lejos el instante previo al lanzamiento.) Desde ahí iba a largarse, favorecido por la altura.

Al rato nomás, Klein fue también el primer accidentado aéreo. Y el avión fue el primero que capotó en la región.

(Narrado por José Miguel, quien además facilitó la foto del "evento".)

2. El primer óptico.

Sabemos que era vecino de Villa Mitre, pero no nos ha llegado su nombre y apellido. Era un vendedor ambulante que, enterado de esas cosas de la óptica, y sensible a la necesidad de los vecinos, incorporó el rubro a sus actividades.

De modo que se lo recuerda llevando al cuello una ristra de anteojos. Cuando se cruzaba con algún cliente potencial, al que reconocía porque andaba con la trompa fruncida y las cejas enfurruñadas, le sugería:

- Che, no andarás mal de la vista vos? Por qué no te probás estos lentes? Eran del finao Fulano…


(Narrado por don Julio Palmieri.)


3. Otra que el teremín!

Hubo otro que estuvo a punto de inventar un novedoso instrumento musical, que habría dejado petiso al teremín o al violín corneta.

Este había ido a Bahía Blanca, y al pasar por un negocio, vio en la vidriera una flamante máquina de escribir – una Continental de chasis grande, impresionante.

Extasiado, contemplaba el teclado hasta que se le escapó la musical bravata:

- Já… si te agarro, acordeona!

(De circulación general.)



4, Efectos especiales... a capella

Lo llamaban cariñosamente El Loco Frías. Tenía vocación de inventor. Aficionado a la naciente electrónica, siempre andaba entre cables y aparatos. Se lo recuerda en su Fiat 600, al que le había conectado un televisor en blanco y negro, que se alimentaba en el encendedor del tablero. Para alardear, Frías se quedaba sentado en el auto con la puerta abierta, ante el boliche bailable, mirando Canal 7.
Fue el fundador, director, locutor y animador de una de las primeras radios FM que existió en la Villa.
En una de sus estadías en la ciudad, le llamó la atención el efecto especial llamado "cámara de eco", tal que una palabra resuena varias veces hasta extinguirse. Y decidió incorporarlo a su emisora.
Lo recordamos sentado ante la mesa donde estaba el micrófono. Como carecía de equipo para hacer la cámara de eco, lo generaba a capella. Mientras iba alejando el micrófono de su persona, hasta donde diera la extensión del brazo, le quitaba parte a las palabras. Por ejemplo: "comprando en casa Aznárez... /más lejano/ nárez... /más lejano/ árez... rez rez rez...
(Relatado por NM)

martes, 16 de diciembre de 2008

Mucho tiempo sin pasteles

Buena Parada. el hermoso balneario sobre el
río. El cartel no aclara el lugar abarcado por la
prohibición. Da lugar a que algún intranquilense
alegue que no se baña... por orden del gobierno.


Mucho tiempo sin pasteles

Los Estrela de Buena Parada, poblado histórico de Villa Intranquila, son gente laboriosa. Con esfuerzo, la familia ha logrado que sus integrantes más jóvenes estudien y se luzcan en el secundario y en la universidad.

Desde ya que toda regla tiene su excepción. Para abonar esta regla que no tiene excepción, está el recuerdo de José Estrela, casado con doña Bartolina, a quien llamaban Bartola.

José era un organizador laboral nato. Él no era muy dado a las fatigas, pero todas las mañanas, dicen, ordenaba las tareas en la casa:

- Bueno, Bartola, vos andá y ordeñá las vacas, mientras yo espumo el puchero.

No fue hombre de andar mucho por ahí, en empleos lejanos. Más bien se quedaba en casa. Pero una vez agarró contrata para la esquila, y allá fue. Hay que decir, para quien no conoce el tema, que los hombres salían en la comparsa, integrada por esquiladores, cocineros, peones de patio y demás, y se perdían de vista por dos o tres meses. Iban de campo en campo, siguiendo un derrotero ya pautado antes de salir. Por ejemplo don Heber Farías, uno de estos esquiladores, llegaba con su comparsa hasta Río Gallegos. Y no era el único.

Bien pues, salió José el día señalado.

Olvidábamos señalar que para completar sus virtudes, era hombre de pocas pulgas, más bien lo que se llama “renegado”. Se supo después que en el primer campo al que fue la comparsa, cuando lo vieron en el patio con el facón al cinto, le recordaron que el dueño del campo no quería ver gente con cuchillo – para evitar esos encontronazos por alguna fruslería que solían darse entre varones. Se retobó José, y como no quiso quitarse el facón, se volvió para su casa.

A los dos días de su partida, estaba de regreso en el rancho. Y antes de saludar, mientras se apeaba, le dio una orden a su mujer:

- Che Bartola, hacete unos pasteles, que mientras estuve en la esquila no probé ni uno…


(Narrado por Miguel Ángel Martínez, un maestro de cuentos.)






jueves, 11 de diciembre de 2008

Precisión científica.

Foto: campos cerca de Villa Intranquila. Un jarillal, una vista de ese enorme cielo, que es nuestra primera riqueza... y las ansiadas nubecitas que no se deciden a dar lluvia.


Precisión científica – o relatividad de las estadísticas, ejemplo 2

Creo que fue Lord Chesterfield quien dijo que las estadísticas son una forma de mentira casi igual de convincente que las lágrimas de mujer – sólo que menos bella. Y si no fue el Lord, lo siento por él; debiera haberlo sido.

El empleado que el Negro Otermin tenía en su campo no estaba muy al tanto de las frases de Lord Chesterfield. Pero eso sí, tenía un claro sentido del deber, y de la exactitud en materia de cuentas.

Aquella mañana, después de una tarde y una noche lluviosas, el Negro llamó por radio al campo para saber cuántos milímetros del agua tan esperada habían caído; y el hombre, que ya había hecho la recorrida matutina, contestó sin dudar un instante:

- Noventa milímetros, don Otermin. Cambio.

El receptor sacó cuentas mentalmente. Caramba, si en el campo de Fulano habían caído 25, y en el de Mengano 32, y los dos estaban ahí cerca…

- Estás seguro che? Te fijaste bien en el pluviómetro? Cambio.

Pero todo se había hecho con precisión científica:

- Claro que sí, don. Miré los tres tarritos: el de la casa, el del potrero y el del otro cuadro. Treinta cada uno, son noventa en total. Cambio.




martes, 9 de diciembre de 2008

Dichos de Pardiño


(El busto "del Libertador" en La Adela. En realidad, es C.M. de Alvear.
A sus espaldas, el Monumento al Broche.)

Dichos de Pardiño

El personaje quizás más parecido al Mulá Nasreddin o al egipcio Hodja en estas latitudes, ha sido Pardiño.

Habitante de La Adela, a Pardiño se le atribuyen simplicidades tales como la siguiente:

- Qué enciclopedia ni enciclopedia, dijo Pardiño. Dígale a la maestra que usté va a ir a la escuela de a pie, como siempre fue su padre.

Algún chiste es más bien báquico:

-Está frescando, dijo Pardiño. Y se había caído adentro’ una acequia, con damajuana y todo.

Y otro, en fin, ya es toda una postulación filosófica:

- Lo que es la Naturaleza, dijo Pardiño, y estaba mirando el puente carretero.

jueves, 4 de diciembre de 2008

Entre próceres, no se van a andar sacando las guirnaldas


Foto: parte central de la Plaza San Martín, con el busto del Libertador.


En esos tiempos una plaza era cuidada por un placero y no por un organigrama; y Villa Intranquila contaba con un eficaz cuidador del espacio verde situado en el centro. Denominado Plaza San Martín, este espacio ocasionaba bromas de los visitantes foráneos, porque estaba rodeado por un alambrado de rombos, tipo gallinero, y tenía tranqueritas para que uno ingresara. (Había que explicarles a los burlones que, de no haber cercado, cada dos por tres algún caballo irreverente se habría metido a comer flores y hojas verdes, y a dejar sus recuerdos esparcidos.)

El placero, de apellido Maccarone, desempeñaba además otras tareas. Era un poco el “uomo universale” de la Municipalidad. Entre sus labores añadidas, estaba la de disparar las bombas de estruendo, encendiéndoles la mecha con la brasa de su toscano, en las grandes ocasiones; también le correspondía preparar la plaza con la debida decoración cuando se venía un acto patrio. Hoy por hoy, don Maccarone podría haber sido, lo menos, Subsecretario de Ornamentación, Actos Patrios y Protección de Plaza.

Aquella vez tuvo que disponer los adornos para el Día de la Bandera, que por esa necrofilia propia de los argentinos se conmemora el 20 de junio, fecha de fallecimiento de Manuel Belgrano, creador del símbolo. (Como dijo una maestra nerviosa en el discurso, “Hoy festejamos la muerte del General Belgrano”).

Don Maccarone armó todo como es debido. En el centro de la plaza, sobre el cuerpo del monumento de San Martín, puso una guirnalda oval, en cuyo centro ubicó el retrato del prócer.

Todo hubiera estado muy bien, de no ser porque en lugar de la efigie de Belgrano, el público vio otra cosa. Desde el interior de la guirnalda ovalada los contemplaba el mofletudo rostro de Domingo Faustino Sarmiento, con cara de pocos amigos, como acostumbra.

Alguien le hizo notar el yerro al placero. Pero este, bonachón, quiso darle una lección de historia patria al irreverente entrometido:

- Eh… no hay problema… eran amigos!

(De circulación general, narrado por MEP).

miércoles, 3 de diciembre de 2008

El Monumento al Broche

(En la foto, el Monumento al Broche con el busto de C.M. de Alvear)

En relación con los monumentos y las evocaciones históricas, hay más de un episodio disparatado en Villa Intranquila y sus adyacencias. Parece que la oficialización del recuerdo, con toda la cría de fastos y héroes para cumplir con los rituales, muestra en los lugares chicos su lado artificioso, del modo más risueño.

Por caso el reciente suceso de Sierra Grande, no muy lejos de esta Villa. Allí tenían, en la Biblioteca Popular, el busto del el descubridor del yacimiento ferrífero y promotor de la explotación nacional del mismo, Luis Reinero Novillo. Pero cuando el año pasado las hijas del prócer local visitaron el lugar, se pasmaron al ver a ese desconocido señor: - Pero… ¡ese no es papáaa...!

Habrá quien recuerde el busto de Raúl Alfonsín en la Casa Rosada, que se parece a Stalin; o la divertida historia del retrato del coronel Estomba, uno de los alegados fundadores de Bahía Blanca – retrato que se comprobó era una copia del de un mariscal de Napoleón.

Para que se vea que estas situaciones no sólo se dan en los pueblos, hemos ofrecido en esta misma sección un recordatorio de la Estatua con Calzoncillo existente en Viedma. Y nos comprometemos a hacer memoria próximamente del trajinado busto de San Martín en la plaza homónima de esta Villa.

Pero este post está destinado a exaltar el Monumento al Broche.

Parece que en la pintoresca localidad hermana de La Adela (a la que pertenece la Plaza Potpourri ya exhibida en otras fotos de este blog), alguien decidió que el busto del prócer que preside la Avenida del Libertador debía ser realzado. Entonces, con dudoso gusto, zamparon ese busto de bronce neoclásico sobre unas vigas de cemento brutalista de forma particular. Esta forma hizo que el ingenio popular de los adelenses bautizara el engendro como “El Monumento al Broche”.

Para más inri, lamentamos observar que la estatua de marras no es de don José de San Martín (el Libertador a que se refiere el nombre de la Avenida), sino de Carlos María de Alvear. Desde ya que eran amigos, como dijo Maccarone, pero… (tampoco fueron siempre tan amigos, bah).

Imagino que en alguna proveeduría de estatuas de Buenos Aires estaban en liquidación los bustos de Alvear, escasamente solicitados… O bien le habían quedado de clavo al taller, y decidieron enviarlo a algún lugar remoto, donde podía pasar inadvertida la engañifa… Ahora la cosa es, como con el cuadro de Bahía Blanca, qué hacemos con el busto? El de Alvear, naturalmente. Habrá que consultar qué hicieron en Sierra Grande.

Y ay, lo que va a ser el día en que afear una ciudad, villa o aldea constituya delito punible… Saturación en los juzgados.

La Estatua del Calzoncillo

(Foto cortesía de Caroline Bridger Holder)

Me la contaron así: en Viedma, ante el Centro Cultural (hermoso edificio situado en la Costanera) y como parte de ese conjunto, se decidió instalar una hermosa estatua de un fornido varón, que representa al Trabajo. (Esperamos que algún amigo de este espacio traiga a colación el nombre del escultor, que por cierto se lució con la obra.)

Por esas cosas de los cambios de gobierno, para cuando la estatua estuvo lista el nuevo intendente, que había sido designado por militares, consideró que algunas de las partes a la vista (de la estatua) constituían una ofensa a la moral. Se le encomendó entonces, no sé si al escultor del original o a algún idóneo, que revistiera las virilidades del Trabajo con una especie de calzoncillo de bronce. Así quedó hasta hoy.

Mientras vivía en Viedma, observé que cada dos por tres algunos traviesos pintaban un pene y dos testículos sobre el calzoncillo de bronce. Recubierta que era la pintada por la cuadrilla municipal, con la correspondiente pintura verde oliva, que por cierto abundaba, al otro día o al poco tiempo la mano de los restauradores volvía a hacer su trabajo de vindicta estética.

jueves, 27 de noviembre de 2008

Universal, obligatorio... y secreto.

La Escuela Nº 18 (establecida en 1906), habitualmente
utilizada como local electoral.


Universal, obligatorio... y secreto

Se producían intervalos tan largos entre una elección y otra, golpes militares y gobiernos de facto mediantes, que la gente se olvidaba de los usos electorales. Esto que narraremos sucedió en algún momento de los años 60.

Aquella señora, ya mayor, entró al cuarto oscuro y allí estuvo un largo rato. El cuarto oscuro era una de las aulas de la Escuela 18 (la “escuela cabecera” fundada en 1906). Las fiscales y la Presidenta se consultaron con la mirada, y finalmente se aproximaron a la puerta del cuarto oscuro. Golpearon discretamente, y como nadie respondía, entraron.


Para esto, la señora ya venía encaminándose hacia la puerta. Salieron pues todas, y esperaron que ella pusiera el sobre con el voto en la urna. Pero para sorpresa de las autoridades comiciales, la ciudadana sufragante no traía sobre alguno en sus manos.

Le pidieron el voto, y ella manifestó, con expresión triunfal de “a mí no me embroman”:

-¡El voto es secreto!

Después de muchos expliques, la doña entendió la cosa. Entonces confesó que había metido el voto, por una ranura, en el interior de un mueble del aula. Hubo que llamar a la portera de la Escuela, que llave en mano ayudó al rescate de aquel voto… muy secreto.

(Narrado por Delly Barrionuevo, “Negra”)

El hombre que escupía fuego


Zorrita de motor, surta en la estación de la Villa.

El hombre que escupía fuego


Cacho Zanona había ido a bailar aquel sábado a Algarrobo con otros dos muchachos de la Villa. Si uno tenía amigos ferroviarios, la excursión era fácil y para nada costosa: era cuestión de viajar de favor, en la “pilota” (locomotora usada para traslados menores y maniobras). Habrá unos 100 km desde Villa Intranquila hasta la estación Juan Cousté, que corresponde al pueblo de Algarrobo. A la madrugada emprendían el regreso en la misma locomotora.

Todo anduvo bien en el baile. Los forasteros impresionaron a las chicas del lugar, unas bellas “rusitas” de cabellos y ojos claros. El que más llamaba la atención era Cacho, porque hizo gala de algunos trucos que se empleaban entonces: comerse un vaso de whisky, escupir fuego… Sabido es que esto último se logra embuchando alcohol o algún licor de buena graduación, y expulsándolo a modo de vapor sobre una llama de encendedor.

Sea por los trucos, o porque los visitantes eran dicharacheros y agraciados, estos les ganaron la mano a los lacónicos muchachos del campo, y bailaron toda la noche con las algarroberas.

Clareando ya, salieron camino a la estación. Apenas habrían hecho media cuadra, cuando sintieron un resonar de tacos que les venía en zaga. Medio de reojo (para no mostrar preocupación) constataron que los seguían varios fornidos “rusos” – sin duda con la intención de brindarles un enérgico saludo de despedida.

Ahí fue la de Dios es Cristo. Cacho y sus compañeros caminaron más y más rápido, como sin querer. Pero los rusos les seguían la marcha, y ya los estaban alcanzando. Entonces uno del terceto perseguido tuvo lo que creyó una inspiración genial. Recordando la proeza de fuego de Cacho en el baile, gritó:

- ¡Quemalos, Cacho, quemaaalos!

(Narrado por Orlando Piccirillo)

miércoles, 26 de noviembre de 2008

Los robos del siglo (pasado) en Villa Intranquila


En la foto, la Comisaría de la Villa... con unas lindas plantas de palán
palán en los canteros de los árboles. Por aquí pasaron, en la noche
de autos, los ladrones del patrullero.


Los robos del siglo (XX) en Villa Intranquila

1.- El caso del Gallo Viudo.

Don Pedro Millán, cariñosamente apelado “Pedrito” por amigos y aún extraños, prohombre de la Colonia Juliá y Echarren, fruticultor, empresario del comercio de frutas y exportador también, baluarte del club Defensores de la Colonia, había comprado unas gallinas condecoradas en la Exposición de la Rural de Bahía Blanca. Hombre progresista, como en otros aspectos, procuraba mejorar la producción de su gallinero con animales selectos.

Cometió un error: se ufanó al comentar la adquisición de las bellas aves ante algunos contertulios habituales de la confitería del Club. Un poco habrá sacado pecho, con justa razón, y habrá dicho en su estilo lento: “Me traje unas Leghorn de la Rural de Bahía… que ni te cuento qué lindas son, che…”

Esto fue suficiente para que algunos maliciosos decidieran incursionar en el mundo del delito, disfrutando un poco sádicamente el corte brusco que producirían en la romántica relación entre don Pedro y sus gallinas blancas.

Así fue entonces que cierta noche, Pedrito fue invitado a una pollada en casa de unos jóvenes “amigos”. Disfrutó de la cena, bien regada y conversada como corresponde. Ya de madrugada volvió a su casa. A la mañana siguiente, madrugador el hombre, fue a contemplar el gallinero. Allí estaba sólo y solo el gallo, con un letrero colgado: “Viudo desde anoche.” De las Leghorn premiadas, ni rastro. Como los dioses griegos en alguna leyenda, Pedrito había sido antropófago – gallinófago en realidad – de sus propias criaturas. No sé si aún hoy está al tanto de los autores del secuestro, robo, ejecución y cocción de las aves premiadas, a las que él saboreó.

(Relato de H.L.)

2. Ultraje al uniforme

Aquel comisario era todo un personaje. Intentaba destacarse en el mundillo local, ya sea alternando con alguna damisela de Villa Intranquila, ya presentándose con su uniforme de gala, profuso de fideos dorados, en algún acto escolar de fin de curso.

Parece que algún recelo o reconcomio despertó en el personal de la Unidad. Lo cierto es que una noche dejó el famoso uniforme de gala tendido al sereno, quizás para que el generoso vientito de Villa Intranquila lo despojara de los miasmas de humo de tabaco propios de tanta reunión social.

Cuando fue a buscarlo por la mañana… al comisario le habían robado el uniforme del tendal.


(De circulación general, año 1995.)

3. Ausencia del patrullero…

Daría como para título de una zamba.

Los dos jóvenes oficiales disfrutaban cuando les tocaba en suerte hacer la recorrida nocturna de los boliches bailables, el viernes o el sábado. Entraban a los locales, ordenaban encender la luz (para sofocón de varias parejitas que estaban conversando fuerte en lo oscuro), revisaban documentos…

Aquella noche, al igual que otras veces, estacionaron el vehículo policial, descendieron en el boliche del club Independiente, pleno centro, y comenzaron el “operativo de seguridad”.

Mientras tanto algunos de los muchachos que andaban por allí no perdieron el tiempo. Silenciosamente empujado, el patrullero se fue desplazando lejos del boliche. Una, dos, tres cuadras. Imagínense el torrente de adrenalina en aquellos muchachos que clandestinamente consumaban el tremendo desacato. Téngase en cuenta que en su camino pasaron frente a la mismísima Comisaría!

Cuando los agentes salieron del boliche, fue para ellos el momento del pánico. El patrullero no estaba, ni se lo divisaba.

A la mañana siguiente lo encontraron: por allá, al fondo de la calle Yrigoyen, cerca del río. La buena intención de los ladrones quedó demostrada en un hecho: no arrojaron el patrullero al río.

(De circulación general, año 1991).

martes, 25 de noviembre de 2008

Los de afuera son de afuera


Sede céntrica del Club Atlético


Los de afuera… son de afuera

Algunas veces se escucha esta frase en Villa Intranquila. No siempre el que la pronuncia cita, como debiera, al presunto autor de ella. La expresión completa debiera ser “Los de afuera son de afuera, dijo Del Riego.” Vaya uno a saber si esto ocurrió; pero así lo cuentan.

Juan Francisco del Riego, un tipazo, vino a vivir a la Villa desde la provincia de Buenos Aires. Solía bromear con el nombre de su lugar de origen. Cuando le tomaban los datos para algún trámite y le preguntaban:

- Nacido en…
- América.-

Ante el desconcierto del interlocutor, aclaraba con una sonrisa: “Rivadavia, estación América, provincia de Buenos Aires.”

Durante años don Francisco estuvo en la Comisión Directiva del Club Atlético. Ocupó dignamente la presidencia de “los verdes”. Su capacidad comercial, adquirida en su negocio de forrajes, y su seriedad, lo habilitaban para administrar correctamente el club.

Eso sí, el hombre solía ponerse nervioso. Y en momentos de tensión, trastabillaba en sus dichos.

En una ocasión en que el equipo de fútbol del Club jugaba contra otro venido del Valle Medio, la hinchada visitante comenzó a alborotar, y se produjo la consiguiente trifulca. En medio del cruce de denuestos, el revoleo de manos, alguna trompada y algún bastón policial, se lo escuchó a don Francisco, que contagiado por el clima de nerviosismo intentaba poner en su lugar a los turbulentos foráneos:

- Los de afuera… los de afuera son de afuera. Y…y… se van a la misma misma.

(De circulación general. Narrado por Orlando Piccirillo.)

jueves, 20 de noviembre de 2008

Modernización apresurada

Modernización apresurada

A veces, con motivo de un viaje, o de un programa de televisión, hay personas que experimentan un proceso de modernización contra reloj. Entonces se producen resultados como los que vamos a contar.


Transculturación

Este muchacho, lechero a domicilio para más datos, tuvo la oportunidad de pasar casi tres semanas en Burzaco, donde vivían parientes suyos.

De regreso a la Villa, al otro día se encontró de nuevo con sus amigos de siempre. Dicen que después de saludarlos, los contempló con aire inquisitivo y les pregunto:

- Che, y decime… acá en la Villa, ¿patean el rock?



Orgasmo automovilístico

Este otro había escuchado lo dicho en alguna película en inglés, y le encontró aplicación a ese gritito de “Oh my God”. Les comentaba a los amigos:

- Entonces la mina cuando gozaba, viste, gritaba como en las películas yanquis… ¡Oh, my car!


(Relatos de testigos de identidad reservada.)

martes, 18 de noviembre de 2008

Apodos de Villa Intranquila

En la imagen, Casa Domínguez, con la carretilla afuera.



Apodos de Villa Intranquila

Los apodos suelen ser un modo sutil, o no tan sutil, de sanción social o de burla – o ambas cosas a la vez. Más que perlas de la filosofía pueblerina, pueden constituir elementos reveladores de nuestros juicios apresurados – prejuicios, en suma.

He aquí algunos de los motes que se escuchan en Villa Intranquila:
- abeja mala porque "no quiere entrar al cajón". Aplicado a un vecino de quien todos esperaban su tránsito al otro mundo, pero se hacía (todavía se hace) esperar (informado por Eugenio).
- El Milagro. Se aplicó este nombre a un local de quiniela de la Villa, cuyos propietarios eran el flaco F. y otros dos caballeros de similar inclinación al ocio. La explicación era: "ese negocio logró que los tres trabajen."

- Villa Regina. Nombre que recibió la legítima cónyuge de un empleado de un ente oficial, asignado por los compañeros de trabajo de su marido, que jamás la habían visto.

El apodo requiere un explique. Por entonces la ciudad de Villa Regina estaba coronada por la estatua de un indígena que oteaba el horizonte con gesto avizor. La estatua estaba allá arriba, coronando las bardas, por encima de toda la población.

Ahora bien: el mencionado empleado de un ente oficial, un Sr. Maldonado, a quien se conocía como el Indio Maldonado, alardeaba ante sus compañeros relatando sus proezas sexuales con la señora. Que anoche fueron tres, que anteanoche un doblete, etc. Esas mentiras que se cuentan los varones, deportivamente.

Por lo cual los compañeros bautizaron a la señora, a la que desconocían, como “Villa Regina”. Porque estaba siempre con el Indio encima. (Narrado por J.L.B.)

- caballo de estatua: buena persona, pero un poco inoperante. De ahí el apodo, porque “no te va a cagar, pero tampoco te lleva a ningún lado”

- perro siberiano: un personaje local de ojos celestes. “Tiene los ojos muy lindos pero no sirve para una m….”

- parche de papa: Fulano es como parche de papa, no te hace bien, pero tampoco te hace mal…
- fuentón de plástico: un donjuan local, que dos por tres cambia de pareja; entre las mujeres se lo llama de este modo porque "por más que lo cuides, se te va a rajar";

- kiosquito un señor un tanto naif, porque "tiene todas las pelotudeces";

- el cachorro Fulano; cuando había una comida de amigos, el papá de este hombre se llevaba la comida que había quedado, "para un cachorrito que tengo en casa";

- CUCAI por el ente oficial que se ocupa de la donación de órganos para ablaciones e implantes. El apodo era para un señor que por no ser tan viril, tenía algún órgano sólo para donarlo.

- bote nuevo: hombre poco dado a la higiene "hay que empujarlo para que entre al agua";

- paperas dos hermanos complicados para tratar con ellos: "cuando vienen te dan fiebre; cuando se van, te dejan los testículos hinchados";

- manija'e bomba (por la bomba de agua): Un cordial funcionario del Instituto de la Vivienda, que saludaba apretando y sacudiendo fuertemente la mano del otro, hasta el punto de la quebradura de falanges;

- Ushuaia, una dama de popa destacada, a la que se consideraba "el culo del mundo";

- la Croto (por la crotoxina, droga que se estaba experimentando contra el cáncer y era de difícil obtención). Las destacadas formas de esta dama atraían a los varones intranquilenses, por lo que la llamaron de esta manera; ya que sólo estaba al alcance de unos pocos, pero eran muchos los que querían ponérsela;

- el oca Fulano: como le debía cuentas a medio mundo, para caminar de uno a otro lugar del pueblo tenía que hacer esquivadas, caminos laterales y retrocesos, como en el juego de la oca;

- cuento corto: este trabajador había perdido varios dedos en la sierra. Entonces sus amigos suponían que cuando tenía que contar aquel cuentito de los dedos, decía “este compró un huevito… y este se lo comió”;

- el rey Mengano: Como era tuerto, habían encontrado este honroso circunloquio para referirse a él;

- fax era un joven de la localidad cuya novia comenzó a enviarse mails con un muchacho extranjero, hasta que hizo pareja con este. Al antiguo novio le quedó "fax"... porque lo desbancó el correo electrónico;

- huevo de heladera: un señor que estaba siempre parado a la puerta de su casa;

- casa Domínguez: la chica era de mandíbula pronunciada; por lo cual se la mencionaba aludiendo a un negocio que siempre tiene la carretilla afuera (ver foto);
- semilla'e sandia: este hombre, muy morocho él, se paseaba jactancioso por el centro conduciendo el Chevy rojo que se había comprado;

- mulita promiscua (reemplace el lector esta última palabra por otra más usual): alguien dado a la bebida: todas las noches se acostaba con un peludo distinto.

(Estos apodos son de circulación general).

Palabras de intendente. Harvard y los alevinos.



Plazoleta en La Adela, sobre el río (frente a Villa Intranquila). En ella hay estatuas de la Sirenita y dos cisnes en una fuente que no tiene agua. También hay dos montañas artificiales hechas con piedras filosas, por lo que han sido alambradas para evitar peligros a los niños. En una de las montañas hay una gruta u hornacina artificial, vacía. Sobre un costado otra fuente, también sin agua, está presidida por una columna que exhibe varias bandejas superpuestas. Estatuas y demás ornamentos han sido pintados en azul o en dorado. En la misma población se encuentra el Monumento al Broche, que incluiremos próximamente. (Foto cortesía de Caroline Holder).


Palabras de intendente:
Harvard y los alevinos





Villa Intranquila ha sabido tener intendentes pintorescos. Uno de ellos, el ya mentado de “no es vida la de los pobres muertos”.

Este otro, que ha dejado varias frases memorables para el patrimonio cultural de la Villa, era hombre de trabajo que no había tenido muchas oportunidades como para completar su educación. De todos modos, como demostraba ser una persona con perfil de ejecutor, y de no empantanarse en debates partidarios, los ciudadanos lo eligieron – y más de una vez.

Cuando volvió de uno de esos cursos de capacitación que ofrecía la provincia para los intendentes, relató el encuentro en una entrevista para la televisión. De paso, supimos que había aprendido a decir Harvard:

- Muy bueno, che, vieras lo que era eso… Le ponían una mesita a cada uno, con papel en una carpetita, y birome… Un vaso de agua… Cada tanto un cafecito.. Y claro, sabés, el curso era nada menos que de la Universidad de Hóuar…

En otra oportunidad, celebró las actividades de siembra de peces realizada por personal de Piscicultura de la provincia:

- Está bueno porque ahora vamos a tener truchas de nuevo en el río. Como un millón de aluviones han sembrado.






(Narrado por L. P.)

sábado, 15 de noviembre de 2008

Una de Calviño. El Operativo vs. la sensatez.

Escenario del operativo. Estamos en la calle Belgrano. Allá al fondo, un grupo de personas charla en la esquina con República Española, donde sólo quedan las ruinas de la casa de Pis Quintana (en la que se había atrincherado el "subversivo"). El sargento Calviño se adelantó caminando por el medio de esta calle, mientras sus camaradas de armas estaban cuerpo a tierra contra el cordón.


Operativo vs. Sensatez: gesta de Calviño.



El Sargento Calviño, hoy jubilado, integró durante años las fuerzas de seguridad de Villa Intranquila.

Se caracterizó por su figura redondeada, su actitud calmosa, su voz atiplada y su bonhomía. Cuando en los años de plomo la policía local tenía que realizar un “operativo rastrillo”, y pasaba casa por casa para revisar todo – también los libros – era motivo de tranquilidad saber que Calviño venía al frente de los rastrilladores. En ese caso, la cosa se reducía a un trámite. Claro que para entonces, uno ya había hecho desaparecer buena parte de su biblioteca.

En algún momento de aquellos años, se produjo un episodio que merece figurar en los anales de la pequeña historia lugareña.

Había llegado a la Comisaría un oficialito nuevo, cascarudo él, imbuído de la doctrina de la seguridad nacional, provincial, local y vecinal. No sé si fue el mismo que metió preso al presidente de la Cooperativa Eléctrica, cuando hubo un corte de luz en momentos en que se jugaba el Mundial de 1978; pero bien pudo haber sido.

Sucedió que el compañero de una bella morocha intranquilense (y quizás intranquila), sospechó que ella lo engañaba. Este cronista confiesa que más de uno hubiera deseado ser el engañador. Ante las desdeñosas respuestas de la morocha, el deudo de su amor optó por una variante trágica. Manoteó un revólver que guardaba el padre de ella en la mesa de luz (una vieja máquina ineficaz –nos referimos al revólver) y se atrincheró en la casa de la chica y del suegro, dispuesto a provocar una tragedia memorable.

El oficialito de la Policía dispuso montar un operativo para reducir al apasionado. Llevó a sus hombres al teatro de los hechos en vehículos requisados al efecto, incluída la camioneta donde el Sr. Sampaolo, vecino de la Colonia, traía un chancho, el cual (el chancho) quedó demorado en el corralón policial. El teatro de los hechos se encontraba, y se encuentra, a tres cuadras de la comisaría, en la esquina de Avda. República Española y Juan B . Justo.

Llegados que fueron al lugar, el oficialito distribuyó a su tropa. Fulano atrás de aquel árbol, Mengano parapetado tras el altísimo cordón de la vereda (ver foto), etc. Munido de un altavoz portátil, prodigio de la última tecnología adquirido por la policía provincial, el oficial a cargo del operativo se dirigió al hombre atrincherado:

- Le informo que el área se encuentra bajo total control operativo de las fuerzas del orden. Por lo cual le intimo la rendición en forma inmediata e incondicional, con entrega del armamento en su poder. Reitero…

El subversivo gritó desde allá: - Ni cagando me sacan.

La tensión crecía por momentos. Téngase en cuenta que los policías no estaban al tanto de que el viejo revólver del Sr. P. Quintana estaba oxidado e inutilizable. El oficial iba ordenándoles a sus hombres que se fueran adelantando para ocupar posiciones. Con el hermoso altavoz, indicaba “efectivo número 3, desplazarse a posición A 9”. "Ahí no, para el otro lado." Los milicos, no muy acostumbrados al juego de la batalla naval ni a las gráficas cartesianas, más o menos iban rumbeando semiescondidos hacia la casa del masculino resistente.

Cuando ya era previsible que se desatara un tiroteo mortífero, el sargento Calviño se dirigió al oficial:

- Si me permite oficial… - Autorizado a hablar, prosiguió:


- Me deja probar… Yo lo conozco al muchacho, es un buen pibe. Pasa que...

El oficial aprobó la mediación de Calviño.

Entonces este, incómodo por tanto tiempo de estar acuclillado, se puso de pie, y balanceando su pancita fue caminando, al parecer muy tranquilo, por el medio de la calle hacia la casa del rebelde. Mientras lo hacía, iba diciendo con su voz finita:

-Che boludoooo, já jodeeer… Mirá si se te llega a escapar un tiro. Dale, terminalaaa…

Como es de prever, el manejo psicológico del mediador Calviño fue mucho más eficaz que el operativo montado por el oficial. El casi criminal pasional se entregó mansamente, y el incidente concluyó en paz.

Digo yo… para esos tiempos que vivíamos, ¿no fue este un pequeño triunfo de la sensatez? Y del Sargento Calviño, claro.



(Narrado por Gerardo García.)

miércoles, 12 de noviembre de 2008

Dos de Titulo

Titulo y sus magníficos camiones

Titulo Trancamilla (el sobrenombre es efectivamente Titulo, palabra grave), era un pintoresco transportista de Villa Intranquila. Al igual que el aspecto personal del empresario, sus camiones se destacaban por lo descangallados: un alambrecito por aquí, una atadura por allá, el paragolpes colgando, una goma pelada… pero en fin, más o menos andaban.

Estas dos anécdotas se refieren a episodios vividos por él, y contados por alguno de sus sobrinos o conocidos.


“Tira lindo…”

Tío y sobrino venían a buena marcha desde el campo hacia el pueblo, por la ruta 22 – como quien viene de Choele, pasando la curva de Lami Dozo*.

De pronto, muy ufano, sintiendo lo livianito que andaba el vehículo, Titulo se dirigió al sobrino y alardeó:

- Tira lindo el forcito, eh?

Antes de responder, el sobrino miró hacia atrás. Espantado, le comunicó a Titulo:

- No tenemos el acoplado, tío! Lo hemos perdido por ahí…

La frase hecha “tira lindo el forcito, dijo Titulo” se utiliza todavía en la Villa, sea para referirse a vehículos o a quien se apresura a presumir de algo.

* La ruta 22 entre Villa Intranquila y Choele Choel fue diseñada como una recta implacable de 120 km. Pero en un lugar a cosa de 50 km de la Villa, se aprecia en ella una leve desviación. Se la ha bautizado “curva de Lami Dozo” en atención al apellido del ingeniero que aquel día marcó el rumbo con el teodolito. Hombre para nada abstemio, la memoria popular asegura que los vapores etílicos le hicieron desviar el trazado. (Referencia de Nery Caracotche).


“Que se olviden...!”

Conductor y ayudante venían en el camioncito bichoco, ya cerca del pueblo. Pero esta vez llegaban desde la orilla pampeana del río Colorado.

Para quien no conoce los alrededores de la Villa, señalemos que hay un desnivel de más de 40 metros entre el valle donde está este poblado, y la ribera pampeana por la que venía el camión de Titulo. Una bajada bastante pronunciada desde allí, desemboca en el puente carretero; más acá está Villa Intranquila, plácidamente extendida al costado del puente como gato haragán.

Titulo venía conduciendo el camioncito. Cuando encaró la bajada, apretó el freno para disminuir la velocidad. Bombeó infructuosamente, sintiendo en el pie esa incómoda sensación de vacío. Volvió a intentar el frenazo, una y otra vez, hasta que tuvo que aceptar que los frenos no funcionaban.

Entonces miró a su sobrino, aferró fuertemente el volante, miró al pueblo allá abajo, y pronunció una frase que se ha hecho célebre:

-Bueno, ahora… ¡que se olviden de Villa Intranquila!


(Episodios narrados por JAA y JAV).

miércoles, 5 de noviembre de 2008

De perdices y roperos. Excusas surrealistas.

Villa Intranquila vista desde "la loma de la ermita" - la barda del lado pampeano del río. Hacia 1950. Se alcanza a percibir la todavía reducida extensión del poblado.



De perdices y roperos – excusas surrealistas

Algunas excusas inventadas “al toque” por vecinos intranquilenses han pasado a la historia por lo descolocadas. Elegimos dos, para ir comenzando.

En el ropero

El señor Altemir (abuelo de un homónimo actual), era un español petisito, dicharachero y muy enamoradizo. Su tienda y negocio de mercería resultaban un espinel apropiado para que dos por tres realizara alguna pesca amorosa.

En una oportunidad, un marido receloso volvió a casa antes de tiempo, enderezó para el dormitorio conyugal, y le pareció que estaba un poco revuelto. Insistente en la sospecha y a pesar de la airada reacción de la mujer, hizo lo indebido – querer saber demasiado.

Miró bajo la cama y no había nadie. Pero luego, al abrir el ropero, encontró a don Altemir en posición de firme. Y aquí viene la parte de la excusa, cuando el marido burlado le pregunta:

- Pero, ¿qué hace usted acá, viejo sinvergüenza?
- Paseando, hijo.

En la Villa se repite todavía, como un refrán en forma de dístico, la expresión “Paseando dijo Altemir / y estaba adentro’ el ropero”
(De circulación general)


De cacería

Don Ignacio Prieto era renombrado por sus distracciones. Se comentaba que una vez, contento de que lo trajeran al pueblo en auto, se había olvidado en el campo el camión de reparto de Casa Aznarez (el negocio de ramos generales del que era socio), con el que había ido a entregar un pedido de mercaderías a la Colonia Juliá y Echarren.

En esta oportunidad, salió de su casa a la noche para asistir al velatorio de un conocido. Estuvo allí un buen rato, y luego decidió que haría escala en el Club antes de volver a casa.

El tiempo se le fue sin darse cuenta, entre charlas, chistes, y partidas de más y menos, tute y mus. Cuando quiso acordar, ya se veía clarear por las ventanas.

Un amigo lo llevó hasta la puerta de su casa. Don Ignacio intuyó que ya su esposa debía andar levantada, y quiso inventar una excusa plausible para la tardanza. De pie en la vereda, con su impecable traje negro, los zapatos lustrosos, la camisa blanquísima y la corbata, le gritó al que lo había traído en el auto:

- ¡Las perdices llévalas tú!


(Narrado por NV)

martes, 4 de noviembre de 2008

Palabras de despedida


Discurso de despedida

Cuentan, no sé si creerlo, que aquel presidente de la Sociedad Italiana de Villa Intranquila tenía que pronunciar el discurso de despedida para un finado cofrade.

Hombre de pocas palabras, y para más en un idioma que no manejaba con mucha fluidez, se paró cerca de la fosa, se acomodó el chaleco y dijo:

- Se ne ha ido l’amico Carmelo… e.. en nombre de la societá italiana… - Y dirigiéndose al empleado de la funeraria:

- En nombre de la societá italiana... Encacale la tapa.

Se escucha hasta hoy la frase “en nombre de la societá italiana, encacale la tapa”, para aludir a un asunto que quiere darse, mal o bien, por terminado.


(Cuento de circulación general)

Un ajuar rosa confunde las cosas


Villa Mitre: el boulevard Alberdi y "la góndola", tradicional quiosco
de los Zamataro - un verdadero centro cultural y social.

Problemática identidad de un mellizo

Por esos tiempos en que no existía la ecografía, la llegada de mellizos solía ser toda una sorpresa. Veamos lo que le sucedió a Carlos Zamataro, nativo de Villa Mitre (la parte de la ciudad al sur de las vías)según su propia narración:

- Como mi vieja no sabía si iba a nacer varón o nena, había preparado dos ajuares, uno celeste y uno rosa. Pero cuando nacieron mellizos, qué hacen… Lo ponen a mi hermano en el moisés celeste, piden prestado otro y me acomodan a mí en el prestado, con el ajuar rosa. Y yo, te imaginás, el pelo negro pinchudo, la cara como un puño...
- ¿Y entonces?



- Entonces venían las vecinas, miraban a mi hermano y lo elogiaban. Pero cuando llegaban a mi moisés, las viejas se quedaban un poco calladas y después decían… morochita, la nena…





(Así lo cuenta Carlos Zamataro.)

miércoles, 29 de octubre de 2008

Enriquezca su vocabulario: in-reparable

(El sol matutino sobre la plaza de la Villa, en una mañana de primavera.)

Enriquezca su vocabulario: in-reparable

Villa Intranquila fue durante varias décadas (1930 - 1970), sin darse cuenta, una comarca cooperativa. Teníamos cooperativa eléctrica; de crédito; de panificación; de productores con su aserradero, frigorífico, bodega y galpón de empaque; de industrialización y exportación; de ganaderos… Algunas siguen hasta hoy; otras se han transformado en empresas de las que sólo queda el nombre cooperativo; otras languidecen o han perecido.

Era lindo ver antaño cómo la mayor parte de los vecinos se animaba a participar en las asambleas y aceptaba que la designaran en los consejos directivos de estas entidades, donde el compromiso era gratuito y no exento de sinsabores. Allá iban, pequeños comerciantes, chacareros, maestros, empleados, y desempeñaban el mandato.

A este hombre lo habían puesto de presidente de la Cooperativa Eléctrica. En un mal momento, porque aquel verano fue difícil para él y para los vecinos. Sólo había una usina térmica en la Villa, y esta por momentos no daba abasto con la demanda de los frigoríficos y galpones. De modo que cada dos por tres se producían cortes de luz, salpimentados con los improperios de los vecinos que se acordaban de las madres y abuelas de los sufridos consejeros y directivos de la Cooperativa.

Por entonces ya había un noticiero local en la televisión. Los bisoños periodistas fueron a entrevistarlo al presidente de la Cooperativa Eléctrica, que estaba trabajando en su taller. Se limpió las manos con un trozo de estopa, se cuadró frente a las cámaras y comenzó a explicar:

- La gente tiene que entender que los cortes son in-re-pa-ra-bles. La misma palabra te lo dice: inreparables. Eso quiere decir que nunca se sabe cuándo van a suceder. Me entienden... Inreparables.

(Vivido por el autor del blog en 1978).

Enriquezca su vocabulario. Geiser, Borrascas, Eleves y Gases, y la Monarca

(Hermoso mural en una esquina de Villa Intranquila.)



Enriquezca su vocabulario: frases sueltas.



Sin saberlo ni proponérselo, los vecinos de la Villa manifiestan su capacidad creativa renovando a diario el lenguaje, modificando o adecuando vocablos. Vayan algunos botones para muestra:


- Pucha, se le rompieron los eleves. (El intendente aquel de “los pobres muertos”, refiriéndose a una radio portátil, una de las primeras, que se le había roto durante un viaje a Córdoba. Como las emisoras eran LV1, LV2 etc., él se apropió de la terminología técnica. Contado por AFI, que estuvo en ese viaje.)


- Y vio... todo quedó en agua de borrascas. El profesor O. quería decir que todo quedó en nada. Pero como no conocía las borrajas, adecuó el dicho. (Escuchado por el autor del blog.)


- Yo le digo al pibe; hay que aguantar nomás; son gases del oficio. El señor L. comentaba las peripecias de su hijo en un nuevo empleo. (Escuchado por el autor del blog.)


- Traeme aspirina, che… de la eservecente. (El mismo personaje, haciendo su pedido de mercaderías para la despensa al distribuidor.)


- Ese acondicionador de pelo… pero el común traeme, no el que tiene geiser.
(Quería referirse al ginseng. El mismo personaje. Estos dos últimos incidentes, narrados por SFO al autor.)



- Acá tenemos que hacer como hicieron en Viedma y Patagones. Hacer lo mismo con La Adela y Río Colorado. Decir: desde ahora todos formamos la monarca Río Colorado - La Adela, igual que ellos que hicieron la monarca Viedma - Patagones. (De un comerciante local, queriendo aludir a la Comarca, en reunión de la Cámara del Comercio. )
Narrado por M.M.

Crecimiento capilar


(Muestra de ingenio villaintranquilense: letreros amorosos juveniles en Colonia Juliá y Echarren. Foto cortesía de Caroline Holder.)


Crecimiento capilar

El peluquero Agudiak (otro integrante de la inmigración ucraniana) utilizó aquella vez su argumento decisivo para conquistarse definitivamente a un cliente:

-Pero ché… ¡qué porquería te han hecho en esa cabeza! ¿Quién te cortó el pelo?

La respuesta del parroquiano lo desconcertó sólo por un momento:

-Fue usted, don Agudiak…- Pero se repuso:

-La pucha que te crece desparejo.

(Cuento de circulación general.)

jueves, 23 de octubre de 2008

Frases y letreros en negocios de Villa Intranquila




Letreros de negocios

En la imagen: vidriera codificada. No la hay en ningún otro lugar del mundo. Será una estrategia para no poner el precio, y que el candidato entre a preguntar?

Hay otros letreros y frases comerciales que nos sentimos obligados a rescatar, para que no se los lleve el injusto olvido. Por ahora, vayan estos.

-“Empanadas de Virgilia” (por donde se supo que el poeta Virgilio no sólo es autor de la Eneida y las Églogas… también de otras cosas con E).

-“Empanadas de bacalado” (al comerciante le pareció que “bacalao” quedaba muy ordinario…) (Narradas por Orlando Piccirillo).

- “Ah… usted quería flan casero. Y sí, casero es... claro que no siempre sale bueno”… (el mozo del restaurante a un cliente). (Narrado por AD)

- "Zapatería El Rápido, de Silvino García. No se aceptan trabajos con apuro." Teniendo en cuenta este letrero, don Silvino es declarado ciudadano honorario de Villa Intranquila. (Narrado por J.D.)

Gancedo y la Providencia


(En la foto: la estación de ferrocarril de Villa Intranquila.)


Gancedo y la providencia divina

Gancedo Altamiranda, ferroviario, era una persona amigable y bien dispuesta. Y para nada abstemio.

En una oportunidad se encontró trabajando con una cuadrilla en la reparación del hilo telegráfico. Habían ido en la zorrita (vagoncito que se tracciona a fuerza de brazos) y estaban como a 50 kilómetros de la estación más cercana. Era por los días más tórridos del verano, y a la hora de la siesta. Previsores, los muchachos habían llevado alguna botella de tinto. Pero caliente como estaba el mosto, era imprudente ponerse a tomarlo.

De pronto se oscureció el cielo, se juntaron nubarrones, y se descargó una súbita tormenta de verano. Al chaparrón torrentoso le siguió una manga de granizo, que repiqueteaba sobre la zorrita.

Los hombres habían buscado refugio bajo una chapa, porque esas pedreas suelen castigar bastante. Pero Gancedo, feliz, con un jarro de aluminio se paseaba bajo el granizo y recogía las piedras blancas para echarlas luego en los vasos, mientras proclamaba a voz en cuello:

- Vieron muchachos… vieron cómo Dios se acuerda de los pobres!

(Narrado por N.M.)

lunes, 20 de octubre de 2008

Cortesía, fórmulas y disparates

Cortesía, fórmulas y disparates


A veces, el intento de utilizar alguna forma de cortesía en el trato resulta desafortunado. Es el caso de un habitante de Villa Intranquila cuyo padre había fallecido. En la calle lo encontró un conocido, que le expresó su pésame y trató de disculparse:

- Perdoná, ese día no estaba en el pueblo y no pude ir al velatorio.

El deudo buscó la manera de que el otro no se sintiera incómodo:

- No te preocupes, che. No faltará oportunidad…

. . .

Caso similar, el de aquel hombre de campo que no era muy dado al roce social. Había pasado varios años sin ver a un amigo, hasta que por fin lo encuentra en una de sus venidas a la Villa. Para esto, el amigo no sólo se había casado, sino que ya tenía un hijo de ocho años de edad.

Queriendo quedar bien, el hombre de campo le dice al otro:

- Uhhh… ¡Pero este nene ya camina y todo!
(El primero es de circulación general; el segundo, aporte del amigo J.D.)

El policía que (casi) derribó un avión

El policía que (casi) derribó un avión

Cuando los enfrentamientos de 1955 (ver “Explosión inexplicable”) los aviones de la Marina pasaban y volvían a pasar por el cielo de Villa Intranquila. Los memoriosos afirman que arrojaron 27 bombas sobre las cercanías del puente carretero (“e nencuna encima de Casa Aznarez”, rezongaba un tano que odiaba a los “gallegos” de este tradicional negocio).

Pero no faltó quien hiciera cara a tanto estropicio. Se cuenta que el sargento de policía Anduelo echó mano de un arcaico fusil de la Comisaría, y cuando pasó uno de los aviones le disparó un chumbo.

El avión siguió su camino, aparentemente intacto. Pero a poco andar, se desprendió de su vientre un objeto negro y ovoide (era una bomba).

El tirador interpretó ese desprendimiento de otra manera. Muy ufano, miró al avión y le espetó:

- Ja… andá ahora… Que te lo peguen con cola!

Desde entonces, “Andá dijo Anduelo, que te lo peguen con cola” ha pasado a ser parte del acervo de frases filosóficas de la localidad. Se la utiliza cuando alguien se jacta de haber logrado algo demasiado grande para sus posibilidades.

viernes, 17 de octubre de 2008

La cacería del loro

La cacería del loro

Villa Intranquila carece de un componente poblacional propio de toda la Patagonia: los turcos. Es decir, los sirio-libaneses que inmigraron a estas tierras en las primeras décadas del siglo XX.

Así pues, para cubrir el faltante, acudimos a un cuento “importado” de otro pueblito.

Trata de un “turco” que, en los ratos libres fuera del horario comercial, salía a cazar en un montecito cercano al pueblo.

En una oportunidad, cuando se había internado en el monte escuchó un confuso ruido en el follaje. Despaciosamente levantó la escopeta y apuntó al lugar de donde provenía el rumor.

Allí había un loro que se había escapado de la casa, y que dijo una de las pocas palabras que solía repetir:

- Noooo…

Respetuoso, le contestó el turco:

- Berdone señor, creí que era bajarito…

Cuestión de documentos

Cuestión de documentos

El cuento no es de Villa Intranquila, pero bien podría serlo. Me narra este sucedido un amigo de una pequeña localidad bonaerense.

El Pulga Pereyra se había separado de su cónyuge. Esta había formado pareja con otro hombre. Todo de entrecasa y sin intervención judicial ni de registro civil. Pero en determinada ocasión el Pulga (cuyo desmedrado aspecto físico justificaba el apodo) se encontró con ella, se pusieron a conversar, y… en fin.

Cuando estaban en un rítmico escarceo, llegó repentinamente el nuevo compañero de la dama. Levantó al Pulga en vilo y comenzó a propinarle sopapos y puñetazos. Como el Mulá con la receta, el Pulga atinó a argumentar:

- Pero vamo’ a los papele’… vamo’ a los papele…

En la literatura oral del pueblo, cuando un tema es discutido y se reclama una prueba documental, se rememora “Vamo a los papele, dijo el Pulga Pereyra”.

miércoles, 15 de octubre de 2008

Una explosión inexplicable

Una explosión inexplicable

Doña Nadia era una integrante de la inmigración eslava que llegó a los valles de la Patagonia en la década de 1920. Eran en su mayoría ucranianos, pero la gente los llamaba simplemente “rusos” (sin diferenciarlos de bielorrusos como los Kirov, Urbanovich, Vichich...)

Los hombres se dedicaban a la labranza, a la venta de verduras y frutas, al comercio al menudeo. Los Poharczuk, Zilinczuk, Szewczuk, Melniczuk, Savaczuk, Blazejczuk, trajeron de su negra tierra natal una capacidad para el cultivo que demostraron en las chacras frutícolas cercanas a Villa Intranquila. El habla común simplificaba estos apellidos en una terminación “chú”, o un más refinado “chúk”. Hagamos constar que lejos de aislarse, esta gente buscó la integración. No se los escuchaba añorar su patria lejana, e intentaban, mal que bien, manejarse en castellano. Algunas de las mujeres supieron prohibir que en su casa se siguiera hablando en el idioma nativo, para que los chicos no recibieran una doble instrucción que los desconcertara.

Doña Nadia era la esposa del señor Kujtiuk. El matrimonio tuvo dos hijos, Olga y Carlos. “Carlitos Cuchú” (simplificado) era el benjamín de la familia, al que la mamá consideraba un muchacho travieso. De jovencito entró a trabajar como cadete, y luego como empleado, en la mueblería de Palmieri.

La Revolución de setiembre de 1955 (llamada Libertadora por unos y Fusiladora por otros) tuvo uno de sus frentes de combate en Villa Intranquila. Como aquí estaba uno de los dos puentes que conectaban a la Patagonia con el resto del país, las tropas “leales” al gobierno procuraban llegar a esos puentes y seguir hacia Buenos Aires, para defender la capital; en cambio, los marinos “rebeldes” trataban de bombardear el puente para impedir ese traslado de tropas. De hecho, arrojaron 27 bombas en las inmediaciones. Hay varios cuentos pueblerinos en torno a esto.

Un destacamento de soldados “leales” instaló una ametralladora antiaérea en la esquina baldía inmediata a la mueblería. Allí estuvieron hasta que terminó la contienda y se retiraron.

Buena parte de los vecinos se habían refugiado en las chacras, para alejarse de los bombardeos. Al concluir la refriega, volvieron al pueblo. La mueblería reabrió sus puertas, y Carlitos Kujtiuk se presentó a trabajar, como todos los días.

Curioso él, en una recorrida que hizo por el baldío de la esquina, encontró algunos objetos brillantes cuyo uso desconocía. Los guardó en el bolsillo del mameluco.

Dos o tres días después, doña Nadia decidió lavar el mameluco de Carlitos, que estaba algo manchado de cola de carpintería, nogalina y demás.

Como de costumbre, destapó los aros de la hornilla principal de la cocina económica, y allí dio vuelta el mameluco para vaciar los bolsillos, que solían venir con virutas, aserrín y trocitos de madera. Después se fue para el patio, a lavar en el piletón.

La explosión fue enorme. Al calor de las brasas de la Istilart, las balas (de eso se trataba) estallaron; saltaron trozos de hierro negro que llegaron hasta la vereda de enfrente. Humo y polvo formaron una nube en el hogar de los Kujtiuk.

Y doña Nadia salió a la calle, agitando los brazos, desalada, a los gritos:

- ¡Explotó cucina a leña! ¡Explotó cucina a leña!

miércoles, 8 de octubre de 2008

En este bolichito

En este bolichito

Cacho Irigoyen era un excelente mecánico, tan puntilloso y capaz, como quisquilloso.

Era propietario y responsable de un taller muy bien puesto, algunas de cuyas maquinarias y aparejos había inventado él mismo. Siempre le sobraba trabajo, porque era totalmente confiable y dejaba los motores afinados como violines. Sin embargo, jamás se lo vio con el mameluco sucio; y su banco de trabajo parecía un quirófano, por lo inmaculado y ordenado. Administraba además un comercio de venta de repuestos, que a pesar de ocupar poco espacio estaba saturado de estantes prolijamente ordenados, que llegaban hasta el techo, con cientos de artículos. El local de venta estaba junto al taller.

Dije “quisquilloso”: oigamos la anécdota, a ver si es merecido el calificativo.

Un par de viajantes de comercio se había quedado varado en Villa Intranquila; a su auto se le había roto algo, y andaban buscando el repuesto. La marca del auto no era de las más usuales, así que la pieza faltante resultaba difícil de conseguir. Fueron a uno o dos negocios, sin éxito. En una de las vueltas que estaban dando, llegaron hasta la cercanía del local de Cacho. Uno de ellos le comentó al otro:

- Che, y si preguntamos en este bolichito de mierda?
- Bueno, dale.

No se percataron de que el propietario, que en ese momento trabajaba con el portón abierto en el taller contiguo, los había escuchado.

Entraron los dos al comercio, pidieron el repuesto. Cacho buscó en las estanterías. Casi inmediatamente ubicó lo que andaban buscando los viajantes. Lo bajó del estante, lo apoyó sobre el mostrador y se irguió para decir:

- Sí, acá lo tengo… - y cuando ya los forasteros empezaban a alegrarse, completó:
- Pero en este bolichito de mierda no le vendemos a gente mal educada.

(Narrado por un amigo del protagonista.)

martes, 7 de octubre de 2008

En el cementerio; lógica dialéctica de don Enrique

Lógica dialéctica

El célebre intendente don Enrique Sosa (aquel que disfrutaba de su cargo porque le permitía salir a dar vueltas con el camión de la comuna) estaba haciendo una visita de inspección al cementerio municipal.

Le disgustó ver el yuyal desaforado, lápidas desplomadas, letreros borrosos, plantas medio secas... No pudo contenerse y prorrumpió en un reproche al encargado de la necrópolis:

- Pero m’hijo, esto no puede ser… A ver si arregla un poco esto… ¡No es vida la que llevan los pobres muertos!

(Atribuido a don Enrique Sosa. De circulación general.)

Martes, 9 de la mañana; o relatividad del tiempo, 3

Martes, 9 de la mañana…

Este cuento filosófico se refiere también a la relatividad de las percepciones del tiempo según la idiosincrasia de cada uno – ejem.

Érase un célebre vago de la localidad que estaba conversando una mañana con un amigo, después de un fin de semana largo. De pronto miró el reloj y reflexionó:

- Maaartes… nueve de la mañana… la semana está perdida.


(Atribuido al Sr. R., de circulación general.)

La mayonesa y la relatividad de las estadísticas


(En la imagen, la plaza Rivadavia, en el centro de la ciudad de Bahía Blanca.)
Hellmans y la relatividad de las estadísticas

Un jovenzuelo de Villa Intranquila se fue para Bahía Blanca en la década de 1960, con intención de estudiar en la Universidad.

Como la familia no podía sostenerlo allí, el muchacho buscó empleo. Y encontró una ocupación con horarios flexibles, que le permitía ganarse unos pesos con cierta comodidad: se contrató como encuestador. Por ese entonces aparecían nuevas marcas de artículos de consumo, y a las empresas les interesaba establecer si la gente identificaba sus productos.

A Lucho, tal el nombre de este muchacho, le tocó indagar acerca de las marcas de mayonesa. El primer día fue registrando cuidadosamente las respuestas de las amas de casa que lo atendían. Cuando regresó a la central de la empresa encuestadora, entregó muy ufano las planillas. En ellas podía apreciarse que en la mayoría de los hogares se consumía mayonesa “Gérman” (así había escrito él, al escuchar por primera vez la marca Hellmans).

- Se me rieron un buen rato, claro. De modo que al día siguiente traté de ser más prolijo y anoté: “Jel Man”.

Otra vez volvieron a reírse de él. Molesto, Lucho inventó una solución que salvó su orgullo, sacrificando la verdad estadística:

- Desde el tercer día en adelante, la mayor parte de los que encuesté aparecieron eligiendo la marca Fanacoa.


(Narrado por L. Pinta al compilador.)

domingo, 5 de octubre de 2008

Enriquezca su vocabulario: "dirige"

(En la foto, la estación Río Colorado del Ferrocarril Sur. Construida en 1899).


Enriquezca su vocabulario: "dirige"


Aquel ferroviario le comentaba a un compañero de tareas:

- A Fulano lo llevaron de urgencia a Bahía, che. Parece que tiene un problema acá /se señalaba el esófago/ y por eso, come y come pero devuelve todo, no lo dirige.

- No lo digiere, querrás decir - intervino el otro. Y el primero responde, con cierto fastidio:

- Bueno... vos también... ponele h, pero no dirige.

(Narrado por Orlando Piccirillo, 1982.)

Óscar Junca decide dónde comer


(En la imagen, una pintoresca callecita de La Adela, localidad ribereña pampeana frente a Río Colorado. Al fondo se ve la "barda" - es decir el borde de la terraza fluvial norte del río.)


Óscar Junca decide dónde comer

Si existiera un Nobel del humor repentino, Óscar Junca lo habría merecido. Digo y escribo así el nombre, como palabra grave, porque así lo llamaba la gente. Por otra parte veo que en otros países de América Latina, es corriente y bien vista la pronunciación “Óscar”.

El Óscar fue durante años Juez de Paz de La Adela – y de todo el extenso departamento Caleu Caleu, en la provincia de La Pampa, acá enfrente cruzando el río. Una vez los militares lo echaron, alegando que le habían encontrado desprolijidades tales como actas de matrimonio hecha a lápiz. El se defendía “Y… los casé en borrador, por si se arrepentían.” Vuelta la democracia, lo eligieron de nuevo Juez por gran mayoría.

Cuando se hacía el Censo Nacional, seguro que al Óscar le tocaba ser censista en la zona rural. En su auto recorría los campos y cumplía con la tarea.

Todo censista precavido calculaba en qué campo le convenía estar cerca de mediodía. Por ejemplo, de este lado, en Río Negro, buscaría hallarse en lo de Irazábal, o lo de Albizúa, o lo de Soulé, porque seguramente habría unos pavos o un buen asado a las brasas.

Claro que no siempre los cálculos previos resultaban. En esta oportunidad, narraba el Óscar, había ido a dar, cerca de las 11, a un campo donde la señora mayor de la casa estaba amasando tallarines. Posiblemente aquejada por un resfrío, dos por tres se le deslizaba un hilo de moco (perdón) cuesta abajo, con peligro de precipitarse en la masa. Ella respiraba hondamente y absorbía de nuevo al fugitivo en su nariz. Con este ritmo y sonido, se desarrollaba la tarea culinaria.

Hospitalaria, la señora le preguntó al censista y juez:

- Y don Óscar, espero que se quede a comer acá, no? Lo invitamos… ¿O tiene pensado seguir para lo de N (los del campo vecino)?

La respuesta fue cauta:

- Y doña, según dónde caiga…




(Narrado por Óscar Junca, 1981).

Horario comercial: diferencia entre mañana y tarde


(En la foto: calle Yrigoyen. Dos cuadras más allá, camino al río, estaba el negocio del protagonista de este cuento. Agradecemos la colaboración del perro de la foto.)


Horario comercial: la mañana y la tarde

Juancho González había abierto una carnicería con mercadito anexo. Parece que no le iba muy bien, pero al menos tenía en claro la diferencia de ritmo comercial en distintos horarios:

- ¿Qué tal, Juan, cómo va ese negocio?
- A la mañana no entra nadie, che. No pasa una m….
- ¿Y a la tarde?
- Y… a la tarde siempre merma un poco.

También ha quedado en Villa Intranquila esta frase hecha “A la tarde siempre merma un poco.”

(De circulación general. Narrado por Emilio Néstor Albizúa.)

lunes, 29 de septiembre de 2008

Relatividad del tiempo; los minutos


(Una hermosa foto por Nani Prieto: "En la vía".)

SI SON MINUTOS, ESPERO


Se atribuye este cuento filosófico a don Domingo Bullo, hombre laborioso que se ocupaba de transportar encomiendas y bagajes en los tiempos del tren. Su trabajo consistía en esperar la llegada de los trenes (los cargueros, o el Zapalero), recoger los bultos que venían en ellos, y llevarlos en una gran carretilla a los comercios del pueblo a los que estaban destinados.

Don Domingo tenía una costumbre que era más bien un automatismo. Preguntaba siempre con qué demora venía el tren. Y fuere cual fuere la respuesta, se sentaba a esperarlo. Atentos a esto, los empleados le prepararon una broma.

Aquel día llegó a la estación, saludó y preguntó:

- Y, qué tal viene el Zapalero? Con mucha demora?
- Dos mil ochocientos noventa y siete minutos de demora, don Domingo.
- Ah, bueno… Si son minutos, espero!

Ahora, ante la posibilidad de una espera prolongada, surge en Villa Intranquila la frase "si son minutos, espero", aunque no se tenga presente cuándo y cómo se originó.

(De circulación general. Contado por Coco Ongaro, 1981; recordado por Valentina Minieri.)

Relatividad de las estadísticas

Las dudas acerca de la validez de los índices y estadísticas no han nacido en estos días.

En 1968, por motivos que no hace al caso explicar, caímos con unos amigos a hora temprana de la mañana en Algarrobo (estación Juan Cousté) a mitad camino entre Río Colorado y Bahía Blanca.

Teníamos que comenzar a trabajar a eso de las 9 en la Biblioteca Popular. Pero eran apenas las 8, de modo que nos dedicamos a dar vueltas por el pueblo. Como suele ocurrir, comenzamos a opinar sobre la cantidad de habitantes que tendría el pueblo.

En medio del debate, vimos a un policía que andaba de recorrida. Pensamos que podríamos conseguir datos ciertos de una fuente oficial, de modo que lo abordamos, y tras saludar, le hicimos la pregunta.

Nos miró muy seriamente y nos respondió, mientras meneaba la cabeza a un lado y otro:

- Noooo... eso no se puede saber.

Temiendo haber amenazado algún secreto de Estado (eran tiempos del onganiato, y había que andar mirando para los costados), seguimos pendientes de la explicación del agente:

- Porque imaginesé... usted saca la cuenta, bueno. Pero después nace uno, se muere otro, hay gente que se va... y ustedes nomás son cuatro que vinieron hoy... Así que no, no se puede saber.

(Un recuerdo personal del recopilador.)