sábado, 14 de noviembre de 2009

Convenciendo al cliente, o el terror como propaganda


Según estos amigos humoristas españoles, Aznar ha sido afectado por el virus del Chiquinaca.
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El Chiquinaca había tomado a su cargo el mercadito y la carnicería que en su tiempo pertenecieron a Juancho González (aquel que comentaba “a la mañana no viene nadie… y a la tarde… a la tarde siempre merma un poco”).

La especialidad de la carnicería del Chiquinaca eran los ovinos; suculentos corderos y capones, tiernos borregos que él conseguía en el campo y ofrecía a la clientela.

Pero este conocido mío que cayó a comprarle, tenía que seguir un régimen especial de comidas. El médico le había aconsejado que más bien se alimentara con pescado o pollo, por eso del colesterol.

El Chiqui no tenía pollos ese día, o quizás nunca. Hombre de más de un centenar de kilos de peso, su saludable aspecto era una viva publicidad de las bondades del cordero patagónico, acompañado por los colorados, sabrosos y bien olientes chorizos secos que él elaboraba.

Cuando el cliente le pidió pollo, el carnicero le explicó pacientemente los motivos por los cuales le convenía comer cordero, que es mucho más sano. Pero el fulano insistía con su maldito pollo. Entonces el Chiquinaca, enterado de algunos secretos de los alimentos genéticamente modificados, acudió a su argumento definitivo:

- No sé con qué los alimentan. Fijate que a un primo mío que siempre come pollo, le salieron tetas.

De modo que compré un costillarcito de cordero para hacerlo al horno.




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Episodio vivido por el compilador del blog.

¡Tiene que ir al Senasa!


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Frente a Villa Intranquila, río por medio, se encuentra la pintoresca población de El Ladillal. Por pertenecer a otra provincia, El Ladillal tiene su propia municipalidad. A pesar de nuestra pertenencia intranquilense, debemos reconocer que el municipio de allá cuenta con un hermoso edificio, casi más lindo que el de acá. Eso sí, es fácil perderse ahí, no por el tamaño de la construcción sino por su tortuoso diseño con pasillos curvos. Ni que los planos los hubiera hecho Edgar Allan Poe.

Pero en fin, el hombre había logrado llegar a la oficina donde se expiden las guías de campaña para transportar vacunos. Lo atendió la empleada, una mujer que lleva años en la administración municipal.

Una vez que pagó el arancel, el individuo estaba dándole a ella los detalles de la transacción. Tantas vacas, marca tal, transporte Fulano, destino General Cerri, etc. La empleada le pidió un certificado de no sé qué.

- No, no lo tengo. Me lo dan ustedes… - aventuró el solicitante.
- Ah… nooo… ¡eso lo tiene que pedir en el Senasa! – respondió la empleada, refiriéndose al servicio nacional de sanidad animal.

Levantó el hombre los brazos al cielo, pensando hasta dónde tendría que ir ahora.

- ¿Y dónde queda el Senasa? –

La mujer señaló vagamente. Después se levantó de la silla que estaba ocupando, fue hasta el escritorio de al lado y se sentó en otra:

- Acá.
Narrado por Eugenio Rodríguez Reig.

domingo, 6 de septiembre de 2009

¡Me conoció...!

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Si hay un cielo para los caballistas (o un purgatorio), por allí andará Mariano López semblanteando pingos, charlando con dueños y jinetes, y levantando apuestas.

Cuentan que en una oportunidad, en algún lugar del Valle Medio, recibió apuestas a favor de uno y otro pingo. Las cantidades eran bastante importantes. Terminada la cuadrera, los ganadores buscaron inútilmente a Mariano, que para esto había puesto una prudente y extensa distancia entre su persona y el lugar de la competencia.

Pasó el tiempo. Al cabo como de dos años, parece ser que uno de los frustrados ganadores encontró al desaparecido en Villa Intranquila. Y ahí fue la cosa…

Cuando apareció Mariano en el bar, venía lleno de tierra, con los pelos revueltos, la ropa desacomodada y hasta algún machucón en la cara.

Alguien se animó a preguntarle qué le había pasado, y le explicó:

- Pero podés creer… después de tanto tiempo… ¡Me conoció el sinvergüenza!


Narrado por Dani Martínez

El Moto lucha contra un íncubo

Antiguo íncubo, de los tiempos anteriores al cine de terror.

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Ahora joroban mucho con las películas de exorcistas, poseídos, poseídas y similares. Pero episodio peludo fue el que tuvo que afrontar el Moto (Timoteo) Duarte, en su lucha casi frontal, nada menos que contra un íncubo, o algo así.

Porque los demonios cachondos se subdividen entre íncubos y súcubos. Estos últimos se presentan en los sueños nocturnos para hacer las veces de mujer, y producir el consiguiente deleite de quien está soñando. En cambio, los íncubos hacen las veces de varón.

La esposa del Moto se sinceró con él. “Cada vez que vos te vas de casa, aparece un tipo grandote. Sin decir palabra, me agarra, me lleva a la cama y” … y se abusa, dijo ella en otras palabras. “Después se va nomás. Pero me amenaza, y como es grandote me da miedo.”

“Dejámelo nomás a mí” dijo el Moto. Y al otro día, a la hora de salir rumbo a sus tareas habituales, se escondió bajo la cama.

Apareció el sujeto, y de prepo nomás hizo lo habitual. Resultó tener un corpachón destacado. El Moto permaneció mudo bajo la cama.

Cuando se fue el presunto íncubo, el marido salió de la sombra del lecho.

- Y al final, ¿qué pasó con vos? No hiciste nada... – le recriminó la mujer.
- Je… ahora no se dio cuenta el tipo, pero ya va a ver… ¡Le escupí todas las alpargatas!


Relatado por Andrés Martínez

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Lo que vale...

Pueblo jujeño, una bella obra de Jorgelina Marchesi, en
http://www.artelista.com/autor/6822699057077723-marchesi.html

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Hay gente poco seria y de dudosa estatura ética, que no cree en el valor de la palabra. Para esa clase de personas, un apólogo que los hará reflexionar y quizás cambiar de actitud. Nos lo envía el colaborador honorario Julián, desde Ushuaia. Hemos modificado el apellido del protagonista... un hombre de palabra.

Lo que vale…

El otro día en el laburo me contaron una historia que modificada puede ir al blog.

Había un ñato que se llamaba Giménez de apellido, oriundo de Jujuy. Cada vez que se tomaba vacaciones se iba por tierra: flor de viajecito! La cuestión que es que siempre estiraba las vacaciones: a los 30 días que tenía, le agregaba por alguna circunstancia algunos días más.

Hete aquí que una de esas veces, se va Giménez de vacaciones, pasan los 30 días y nada, 40 días y ni noticias, 45 días y todo el mundo preocupado por si le hubiera pasado algo en la ruta, etc. A los 50 días cae Giménez a laburar.

Lo llama el director para pedirle explicaciones, re-caliente con la demora del empleado para retornar al trabajo. Entonces este se despacha: no sabe usted, primeramente ya sobre el final de las vacaciones me agarré una gripe que casi me pasa para el otro lado, ni pensar en manejar, imagínese! Y cuando salgo de esa, no va que se muere -y acá le manda algún pariente muy cercano, como para justificar quedarse- así que entre velorio, entierro y todos los trámites que se imagine, recién hace 4 días pude emprender el regreso, y acá estoy…

Entonces el director, viendo que la situación había sido grave, le expresa sus condolencias, cambia el tono de la conversación, etc. Y pasado un poco el mal momento le dice que no se haga problemas, que presentando los certificados en el Departamento de personal no va a tener inconvenientes.

Entonces Jiménez se pone concluyente – y de paso, moralista: no, qué certificados ni certificados; en mi tierra lo que vale es la palabra!

Gracias, Juli.

miércoles, 19 de agosto de 2009

Las palabras tienen poder... también calorífico!

En la foto, Bepo Ghezzi
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El linyera y el poder de las palabras





Emilio Benini era un experto en el arte de encontrar agua bajo tierra. Había armado una pequeña empresa con la que hacía perforaciones en los campos de la zona de Villa Intranquila, y aún mucho más lejos.

En una oportunidad estaba trabajando con su gente cuando apareció un linyera en el casco del campo. Ya se venía la tardecita invernal, y era evidente que iba a helar fuerte esa noche.

El croto pidió permiso al encargado o dueño del campo, y se lo autorizó a dormir en el galpón, previa churrasqueada compartida, como es costumbre.

Lo vieron comenzar a armar su camastro, con los ponchos que llevaba en su propia linyera (así se llama el atado de pilchas, y por extensión, quien lo lleva).

Ironía etimológica: la palabra linyera está emparentada con la finísima y erótica lingerie… Nada más lejos de ello que las prendas que sacó a relucir el linyera. Pero hubo un detalle que hizo perdurable la memoria de este encuentro, y de su ignoto protagonista.

El hombre iba sacando ponchos de aquel mono. Al extraer el primero, sacudirlo y tenderlo sobre el suelo del galpón, le decía en voz alta:

- Bueno, a ver, Braserío… vamo’a ver cómo se porta, con la helada que se viene…

Aquel poncho llamado “Braserío”, qué calor podía dar... si era un conjunto de tristes hilachas nomás. Pero el croto ya estaba sacando otro del atado, sacudiéndolo y tendiéndolo también:

- Y a ver usté Sol de Enero, a ver cómo se porta. – Este poncho era todavía más rotoso que el anterior. Pero faltaba uno:

- Y a ver, ¡a ver Fogonazo!... – Este era el más lamentable de todos, apenas un trapito agujereado.

Quien lo contó, y quien me lo recontó a mí, y ahora yo, estamos en la duda: quizás el poder de los nombres haya hecho que el croto soportara mejor aquella noche de helada…
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Sea este relato en homenaje a Bepo Ghezzi, maestro en crotear y en pensar libre, protagonista de una de las películas más bellas del cine argentino.





Gracias a Andrés Martínez, quien me relató lo que a él le había contado Emilio Benini.


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jueves, 13 de agosto de 2009

Apúrese, señor Gobernador...

La "manzana del gas", donde estaban los grandes tanques
que alimentaban la red domiciliaria hasta la década del 70.

El ceremonial y la garrafa
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¡Y por fin, llegaba el gas natural a Villa Intranquila! Fue en la década de los '60. En un principio no era que la Villa estaba conectada a un gasoducto (esta conexión se daría recién a comienzos de los '70), sino de que toda la red del pueblo estaba alimentada por unos grandes tanques. Esos tanques estaban frente a la sala de máquinas de la Cooperativa Eléctrica, en la calle Brown.


Allí se produjo la inauguración de la obra. Vino el Gobernador de la Provincia, y lo recibieron los vecinos y las autoridades locales, encabezadas por el entonces intendente, el socialista Euranio Rusconi.


Como es habitual en estas inauguraciones, se encendió una llama cuyo resplandor acompañaba el acto. La llama no podía alimentarse de la red, porque esta todavía no existía; sólo estaban los enormes tanques allí cerca. De modo que se enterró una garrafa, de la que sólo sobresalía la boquilla. Allí conectaron un mechero, que fue encendido poco antes del comienzo del acto.


Llegaron las delegaciones, se aplaudió a los abanderados de las escuelas, se cantó el himno nacional, se cantó el himno de la Provincia, pronunció unas palabras el administrador de Gas del Estado, pronunció unas palabras el Intendente municipal, y para coronar el acto comenzó a hablar el Gobernador.


El hombre, político de raza, aprovechó para exponer su programa de gobierno, convocar a la adhesión de los ciudadanos... todavía faltaba un poco para que llegara a hablar de la obra de gas, cuando sintió que alguien lo tironeaba respetuosamente de la manga, una, dos veces... Medio se volvió el hombre, como empezando a molestarse; quien así le llamaba la atención, queriendo excusarse, era el intendente Rusconi, que justificó su intervención (en voz baja, pero no tanto como para que no se oyera):


- Señor Gobernador, apúrese, que se termina la garrafa.

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Relatado por Eduardo López.

martes, 4 de agosto de 2009

Otra de exagerados. Barrios y el avestruz.


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En Villa Intranquila ya no queda noticia clara acerca del Barrios protagonista de esta historia.
Pero subsiste sin embargo, venciendo al tiempo y al olvido, el recuerdo de una creativa exageración suya.

Sabrá el lector, y si no sabía lo sabe ahora, que en esta región al ñandú (Rhea Americana) lo llamamos avestruz.

Barrios contaba que en una oportunidad había encontrado un dormidero de avestruz. ¿Existirán tales dormideros? Él aseguraba que sí.

Detectado el lugar donde pernoctaba el bicharraco, allí se fue al otro día a las 6 de la mañana. Pero el ave ya no estaba en el lugar. Al día siguiente probó de nuevo, yendo a las 5 de la madrugada. Tampoco encontró al animal. Y así fue adelantando la hora de visita al sitio. Hasta que una noche, a las 3 y media, vio al avestruz allí dormido.

"Entonces fui caminando despacito despacito, así medio agachado, y me le arrimé. El bicho estaba así, con la cabeza caída para un costado. Ahí le abrí el párpado así con dos dedos, lo miré en el ojo y le dije:

¡Despertate maula, que te madrugó Barrios!"

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Relato de don Andrés Martínez

lunes, 3 de agosto de 2009

Más exageraciones: las del Pólvora Curtis, y algunas otras de don Valdés

Un producto muy conocido hasta los años '40: la pólvora Curtis FFF.

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Queda dicho que la exageración es un género destacado de la literatura oral, intranquilense o de donde fuere. A veces roza con el apólogo; otras veces linda con la farsa.

Hemos mencionado las exageraciones de don Antonio Valdés. Está lejos de agotarse la producción de este autor oral.

“Venían los loros a jorobar en el cerezo. Las mejores cerezas se las comían ellos. Así que un día me cansé, fabriqué un pega pega, receta secreta mía. Y le puse nomás en las ramas del árbol. A la mañana, no va y escucho un barullo… salgo al patio y veo que un montón de loros se habían quedado pegaos al árbol. Cuando me ven, se espantan… y no va que levantan vuelo todos, llevándose el árbol, che.”

Con este don Valdés pasa como con el Mulá: un cuento trae otro, y es difícil hacer una pausa.

“Tengo la tomatera, vio. Y salen grandeciiitos los tomates. A veces viene una nena de los vecinos a querer comprarme un kilo… pero qué voy a hacer, no me voy a poner a cortar un tomate por la mitad. Me lo hacen de pura picardía, yo me doy cuenta. Pero en fin… le doy el tomate entero y listo.”

Los exagerados compiten entre ellos, a ver quién agranda más la nota. Esta vez se incorpora a la competencia el Pólvora Curtis, nativo de Pringles o por ahí, pero naturalizado intranquilense por gestión de don Andrés Martínez, que nos transmitió sus relatos.

El Pólvora Curtis se llamaba en realidad Francisco Félix Feraud. La pólvora fabricada por Curtis y Harvey, importada de Inglaterra, se caracterizaba porque en su lata mostraba la cantidad de letras F que calificaban la finura de la molienda. La 3 F era la más utilizada, un producto bastante fino.

Este hombre apellidaba así, Feraud, como el atrabiliario personaje del inmortal cuento de los duelistas escrito por Joseph Conrad. La vida imita a la literatura; este Feraud era tan cascarrabias y mal llevado como el personaje del cuento.

Pero mejor, en vez de tanto chismerío, escuchémoslo. Vamos al artículo siguiente.
(Exageraciones de don Valdés, narradas por Eduardo López. ¡Gracias!)

Más exageraciones: las del Pólvora Curtis, y otras de don Valdés

Mollie nos permitió usar esta foto suya.
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CONTABA EL PÓLVORA CURTIS...

Los gatos cazadores

“Me alquilaron los gatos. No se extrañe, don. Tengo unos gatos muy buenos cazadores, y los alquilo para limpiar galpones y casas de las lauchas, las ratas. Pero este galpón sí que estaba lleno, mire. Los llevé a la tardecita, en una canasta, y los solté ahí. Toda la noche se sentía el bochinche, cosas que se caían y todo eso. A la mañana, abrimos y no se veía ni escuchaba una sola laucha. Los gatos estaban todos quietitos en el rincón, como llenos vio. Lo que me llamó la atención, estaban sudando todavía.”

Peludeando

“Vi un peludo cruzando la huella y me le fui atrás. Se metió en la cueva pero lo saqué. Y volví a meter la mano, y no va que agarro otro. Y después otro, y otro… lo que era eso! Catorce peludos saqué.”

Cacerías extraordinarias (nada inventó el cine fantástico)

“No hay como esos perros perdigueros. Figúrese que vez pasada arrinconaron una centeya en la galería de casa. Y otra, que los chumbé, me ayudaron a agarrar un trueno chiquito. Lo tengo guardado en una damajuana de boca ancha.”


(Para este comentarista, el cuento de la centella y el del trueno chiquito son obras maestras del género. Usted, ¿qué opina?)



Gracias, don Andrés.

lunes, 20 de julio de 2009

De varios lecheros, y uno con muy buena leche


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¿Se acuerda de los carritos de lechero? Hemos evocado esos carros y la música de las herraduras sobre el pavimento cada mañana, en otro lugar. Pero ahora vamos a tributar un recuerdo a los lecheros que supo haber en Villa Intranquila, cuando este noble e hidratante oficio no había sido también acaparado por las grandes empresas.

El lechero se levantaba a la madrugada, ordeñaba las vacas, cargaba la leche en tarros cuya tapa cilíndrica servía de medidor, y salía en un carrito tirado por un caballo, a repartir el producto casa por casa. La confianza en él era tal, que rumbeaba nomás para la cocina, y allí charlaba con los dueños de casa mientras dejaba la cantidad solicitada en la olla donde sería hervida.

Pablo Pizá, don Pilotti

Lechero fue don Pablo Pizá, de quien no se registran anécdotas en cuanto a agregados acuáticos a la leche. Lo fue también un señor Pilotti, de quien se narran algunas historias.

- "La leche de Pilotti tiene una ventaja: si se hierve, nunca se vuelca de la olla". (La intencionada observación apunta a que, siendo mayormente agua, el líquido no rebasaba el recipiente).

- Don Pilotti venía cruzando el puente viejo; el viento le quitó el sombrero y se lo tiró al río. Como había comprado el sombrero con plata de la lechería, entonces dijo "Lo que el agua trajo, el agua se lo lleva".

Un lechero autocrítico

Lechero fue también aquel (cuyo apellido les debo) que dos por tres se pasaba de vueltas con la grapa de la madrugada, tomaba algo más que una copita, y llegaba por demás enrojecido a casa de sus clientes. En cierta ocasión, no cumplió con su habitual recorrido. A la mañana siguiente, alguna señora le preguntó si acaso el ternero se había tomado toda la leche de la vaca.

- ¿Qué pasó ayer, don ..., se mamó el ternero?

- Qué ternero, señora... me mamé yo.


...y un lechero con buena leche


Pero el que ha dejado recuerdos más simpáticos ha sido el Ñato Pablo, por su total falta de malicia.

Alguna vez, cuando el nene se estaba portando mal, la mamá lo amenazaba

- Mirá Carlitos, que va a venir el cuco, eh... ¿Cierto, Ñato, que está el cuco ahí afuera?

- Yo no lo vi, señora...


Otra demostración de buena fe dio el Ñato en una situación crítica:

- Así que no querés tomar la sopa, nene... Sabés qué... se la doy al lechero, y que se la tome él.

- Bueno, señora.- Y el Ñato se sentó a la mesa, blandió la cuchara y le tomó la sopa al gordito Romo.

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(Relatos de Eduardo López, Raquel Altamiranda de Martínez, y otros de difusión generalizada).

sábado, 18 de julio de 2009

Doble identidad

La gente de Heber Farías esquilando maneados.
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Timoteo "el Moto" Duarte vivía y trabajaba en Villa Intranquila. También vivía aquí su hermano gemelo, pero se dedicaba a trabajos de campo, y en particular a la esquila.


En una oportunidad, el gemelo del Moto se enfermó precisamente cuando tenía que salir para el campo a cumplir con un contrato de esquila. Si fallaba, el dueño del campo no volvería a contratar esa tarea con él - y de paso, se desprestigiaría con otros potenciales clientes.


Así pues, se le ocurrió acudir al hermano que era tan parecido a él.


- Moto, por qué no vas vos al campo de don Fulano, te hacés pasar por mí y arrancás con la esquila. Y dentro de unos días voy yo, apenas esté sano.


El Moto accedió. Y llegado el día, apareció nomás en el campo indicado.


Se presentó ante el dueño:


- Qué tal, don Juan, cómo va...

- Bien che. Y qué es de la vida del Moto?

- Y... allá me quedé.



El Mulá agradece este genial cuento filosófico a Héctor Luis "el Nene" Pulita.
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Suerte, la del muerto


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Se llevaba a cabo el velatorio de uno de los innumerables integrantes de la familia Albizúa. Hemos descripto esta clase de velatorios en otro artículo (ver: "Que se besen los novios!"). Una considerable cantidad de parientes se juntaba para despedir al finado, y de paso para realizar las presentaciones de los niños nacidos en el intervalo con algún encuentro anterior, comentarse las novedades de la hacienda y el estado de los campos, y demás temas de interés común.


Esta vez el velorio acaeció a los pocos días de una lluvia que le vino muy bien a los campos de la zona. Los deudos, acodados sobre el féretro, se comentaban por encima del fallecido los milimetrajes que habían beneficiado sus establecimientos.


- Allá en el lote 13 cayeron 25 - decía uno.


- Pero a mí me cayeron 15 nomás - informaba otro.


Y terció uno en la charla, señalando al muerto con la barbilla:


- El que la pegó fue este. En el campo de él cayeron como 40...


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(El Mulá agradece a Eduardo López la narración de este magnífico cuento).

domingo, 14 de junio de 2009

Interculturalidad en la escuela. 1. El cuervo y la quetedije. 2. Una adivinanza.

Acceso a la Escuela 46 de la Colonia Juliá y Echarren.
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Hoy por hoy se escribe y se debate un montón acerca del encuentro de las culturas en el ámbito escolar. Felizmente, vamos apartándonos de aquella idea que nos viene desde el siglo XIX, según la cual la escuela transmite “la” cultura, una y única. Gana en aceptación otra manera de pensar las cosas: cada quien tiene “su” cultura, y hay que respetarlas a todas, y trabajar con todas ellas en las aulas.

Esto lo supo tempranamente la amiga Norma Ferreyra, que inició su tarea docente en la Escuela del Barrio Unión.

Al Barrio se lo llamó, hasta mediados de la década de 1970, “Chile Chico”, porque sus pobladores sin escrituras (hoy diríamos “okupas”) eran mayoritariamente chilenos. La irregularidad de los títulos de propiedad fue resuelta años después, hacia 1984-86, por un intendente de los tiempos de la democracia.

Pero vamos a nuestro tema: encontramos a Norma, buena persona y laboriosa maestra, al frente de su 3er. grado en la Escuela del Barrio. Se le ocurre que una buena práctica puede ser la lectura y comentario de fábulas con sus chicos. Lleva algunos libritos, se los lee, y luego los presta para que los alumnos se los lleven a casa.

Algo que le extraña, es la insistencia de los chiquillos en torno a una fábula determinada, esa y no otra.

Ingenuamente, Norma desconoce que algunas palabras pueden tener otras connotaciones, según el medio en que nos encontremos. Nos comenta:

- Todos los días piden que les vuelva a leer la misma historia. Me dicen: “Seño, cuente esa del cuervo y de…” Entonces yo digo “la zorra y el cuervo… ¡y ellos se matan de risa, no sé por qué!”



2. Interculturalidad en la escuela 2. Una adivinanza.


Otra experiencia intercultural fue planteada, allá a comienzos de los ’80, por una practicanta del Instituto de magisterio de Villa Intranquila.

Griselda “Tati” Devesa, de ella se trataba, estaba haciendo su residencia docente en un cuarto grado de la escuela Nº 46, de la Colonia Juliá y Echarren. Quiso dar coherencia a su práctica con un modo de pensar renovado, y se propuso que la clase fuera un ámbito de recepción y reproducción de la cultura popular. Se trataba, así lo planteó, de reconocer y valorar las creaciones culturales que los alumnos traían de sus hogares.

Así pues, ese día planteó el primer abordaje de su tema:

“A ver, chicos, ¿qué adivinanzas conocen?”

La clase transcurría por los aburridos caminos que eran de esperarse… redondo redondo barril sin fondo, o con fondo, etc. Hasta que un simpático morochito de ojos vivaces vino a proponer:

- Pelo arriba, pelo abajo, y en el medio tiene un tajo.

Medias sonrisas de compromiso de la practicante, de la maestra del grado, del profesor observador, a quien conozco de cerca… Sudor frío. Nos imaginábamos ya la intervención de la directora, la supervisora, el ministro y hasta el gobernador. Afortunadamente, no alcanzó a transcurrir un minuto sin que el chico diera la respuesta al acertijo. Como extrañado ante nuestras expresiones de temor, dijo la solución:

- ¡El ojo, señorita!
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Significado del 20 de junio


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No diré el nombre de la practicante, porque esto le pudo pasar a cualquiera.

La chica había leído muchísimo acerca de Manuel Belgrano, del por qué de los colores de la bandera, y demás. Le tocaba hacer su práctica organizando y dirigiendo el acto escolar del 20 de Junio.

Todo estaba muy bien preparado. Pero los nervios del comienzo la traicionaron. En rígida posición de firme frente al micrófono, embutida en su estricto guardapolvo blanco y tableado, dijo sus primeras palabras:

- Nos encontramos aquí reunidos, para festejar la muerte del General Belgrano.


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miércoles, 10 de junio de 2009

¡Que se besen los novios!

En la foto, un típico paisaje de campo con jarillas. A lo lejos se divisan las alamedas del valle del Colorado.

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La familia de los Albizúa, de obvio origen vascuence, ha sido pionera en la zona de campos en torno a Villa Intranquila. Y luego también en la ciudad, donde se destacaron y destacan en diversas profesiones y ocupaciones.

Es enorme la cantidad de los Albizúas. Tanto que hay quienes dicen que si se ponen de acuerdo, ellos pueden decidir la elección de un intendente. Hasta hace unos años, solían reunirse con ocasión del velatorio de algún pariente o parienta. Entonces eran de verse las familias enteras que llegaban en multitud de vehículos desde el campo, con sus chicos (a los que obviamente no podían dejar solos allá), se saludaban con alborozo, y se ponían al día comentándose las novedades: que este había nacido hace dos años, mirá qué grande está, que tal otro ya iba a cuarto grado, que el terneraje este año, que el tamaño del alfilerillo ahora que llovió bien, y encima nevó allá, etc.

Todo el mundo charlaba; circulaban el café, el mate, y la copita de anís o grapa para mujeres y varones respectivamente. De a ratos se churrasqueaba, y en algún momento los deudos se daban una vuelta por la cercanía del féretro para saludar el finado.

Los velatorios eran buen momento también para iniciar noviazgos con algún primo o prima lejana. “Primos legítimos” dijera uno de los Santagiuliana para describir este parentesco. No era extraño entonces que luego se produjeran casamientos en simultáneo. Pongamos, dos Albizúas (varones) se casaban el mismo día con dos Albizúas (mujeres) que se habían conocido en aquel velorio. Como decía el dicho “van del velorio al casorio”. Se diría, de la muerte a la vida; una bella metáfora de la persistencia humana. Y de paso, se unificaban los presupuestos de la fiesta, con la consiguiente ventaja.

Aquella vez se celebraba uno de estos casamientos dobles. Los flamantes esposos eran dos mocetones robustos, ambos de apellido Albizúa; y dos chicas del mismo apellido. La fiesta era en el célebre Hotel Vasconia, con una de esas pantagruélicas comidas que preparaban los hermanos Albarracín.

A poco de comenzar la copiosa degustación, uno de esos animadores voluntarios que nunca faltan prorrumpió en el grito de rigor, acompañado por todos los circunstantes con vítores y aplausos:

- ¡Que se besen los noviooos!

Entonces, aunque el pedido pareció haberlos desconcertado un poco, los dos robustos mocetones Albizúa se levantaron de sus asientos y se estamparon un sonoro ósculo entre ellos.


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sábado, 30 de mayo de 2009

Una orquesta realmente fuerte

Martín Karadagian. La música de un luchador.
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¿Recuerdan a la señora aquella de modales refinados, que en la fonda pidió “Peceto por favor, porque en el campo de comer carne estamos cansados” ?

Se le atribuye otra anécdota que, por haberse desarrollado en los años '60, requiere cierta aclaración previa.

Por entonces estaba de moda en la televisión el programa “Titanes en el Ring”, donde se enfrentaban al modo de una farsa, luchadores en disfraz presididos por el súper campeón, Martín Karadagian. Un hombre forzudo, de ancho tórax y vientre destacado, que vestía una apretada malla y botas.

Por otra parte, en la música clásica se destacaba entre otros directores Herbert von Karajan, quien había grabado, entre otras composiciones, las nueve sinfonías de Beethoven.

Escuchemos ahora a la señora, dándose importancia ante alguna conocida:

- Mi yerno es taaaan preparado... Le gusta mucho la música; pero no cualquier música. Tiene todas las sinfonías - esas grabadas por Karadagian…

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El violín aquel... otro exagerado

Luthier de tiempos de Stradivarius. No podemos asegurar que el violín que está terminando haya sido el del Colorado C.
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El Colorado C. tenía fama de ser algo exagerado. Generalmente les relataba a sus conocidos de la Villa los negocios que llevaba a cabo en los mercados internacionales, sus relaciones con lo más granado del capital y la política, y cosas por el estilo. Personalmente lo escuché narrar, sin que se moviera uno de sus rojos cabellos, que le habían encargado comprar terneros y vaquillonas en los campos que rodean a Villa Intranquila para abastecer a las carnicerías… de Curaçao. Todavía hoy me pregunto si acaso aquello no sería verdad. Y cuando pretendieron desalojarlo de su vivienda por una cuestión de dinerillos impagos, hizo gala de su relación con el Ministro del Interior – por entonces un tal Harguindeguy.

Así pues, cuando en cierta ocasión se divulgó la noticia del hallazgo en Italia de un Stradivarius que había estado oculto, y cuyo valor ascendía a una tracalada de dólares, alguien comentó el hecho en presencia del Colorado. Ni lerdo ni perezoso, el hombre salió al cruce:

- Mirá vos… años que tenía un violín ahí en casa, arriba del ropero. Ni me acordaba. Pero con esto que salió en el diario, digo, la pucha, voy ayer y miro, y era de esa marca también…


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Regina y su Indio

En la foto, el Indio Comahue, estatua situada sobre Villa Regina.
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A pedido de un lector, volvemos sobre el apodo “Regina”, mencionado en una de las primeras crónicas de Villa Intranquila. Esta vez con el acompañamiento de la foto que permite entender mejor el motivo de tal sobrenombre.

La foto indica la posición que ocupa la estatua del Indio sobre la barda en Villa Regina. Cuando localmente decimos “la barda”, nos referimos al borde escarpado de una terraza fluvial. El Indio había sido erigido con motivo de la primera Feria Exposición de Villa Regina, en 1964, y sin intención de que perdurara. Pero su autor, un constructor, hizo tan sólida la efigie (de nada menos que 12 metros de altura) que permaneció durante años en pie allá arriba. Paradojas de la argentinidad, en cuyo ámbito lo “definitivo” dura poco, mientras que lo "temporario" casi se eterniza. Bastará pensar en algunos impuestos nacidos en tiempos de don Federico Pinedo, allá por los años 30.

A la estatua se la denominaba “el indio Comahue”, transformando en nombre personal el término mapuche que se utilizaba para designar un otero, mirador u observatorio. En lo simbólico, tamaño homenaje a los pueblos originarios era toda una novedad. El término provenía de los gabinetes de planificación del estado nacional, donde se había dibujado una “región Comahue” más o menos equivalente a la Norpatagonia.

Hecho el explique previo, vayamos al apodo. En una dependencia pública de Viedma de cuyo nombre no quiero acordarme, trabajaba un señor M., al que se conocía como “el indio M”.

El Indio, hombre locuaz, abundaba en descripciones y detalles de las proezas amatorias que realizaba más de una vez por día con su señora esposa.

Los compañeros de trabajo no conocían a la señora. Tampoco sabían su nombre. Pero teniendo en cuenta los relatos eróticos del Indio, les pareció adecuado llamarla “Regina – porque siempre está con el Indio encima.”


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miércoles, 27 de mayo de 2009

Las elecciones son cuestión de huevos


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Ahora que se avecinan las elecciones, brindaremos un servicio especial a los candidatos sin distinción de rótulo ni pelaje, explicando el axioma que da título a este relato.

Comenzaremos aludiendo a la noble historia de las bolas, para luego pasar a los huevos.

El uso de las bolas con fines cinegéticos y bélicos parece ser un rasgo exclusivo e identitario de la argentinidad, desde un principio. En efecto, el arcediano Martín del Barco Centenera, en su largo y a veces ripioso poemón “La Argentina o conquista del Río de la Plata”, nos señala en versos dignos del Carlos Argentino Daneri, dueño él del punto Aleph... y de la chica del relato:

Tan sueltos y ligeros son, que alcanzan
corriendo por los campos los venados,
tras fuertes avestruces se abalanzan ((3475
hasta dellos se ver apoderados;

con unas bolas que usan los alcanzan
si ven que están a lejos apartados,
y tienen en las manos tal destreza
que aciertan con la bola en la cabeza.


No creo que muchos compatriotas contemporáneos puedan lograr con las bolas esta puntería de que hacían gala los charrúas.

Las bolas o boleadoras sirvieron también para convencer a algunos conquistadores acerca de la necesidad de mayor diálogo intercultural. Claro que los mosquetes, los perros de presa y las ballestas de los evangelizadores armados fueron más convincentes.

Pero lo que no estaba previsto por don Martín fue el uso de los huevos en las contiendas electorales. Voy al relato.

General Conesa, localidad no lejana de Villa Intranquila, era en los años que siguieron a 1983 un bastión del peronismo. Pero sucedió que en una de esas campañas un candidato local, Mariano “Chiche” Palomar, radical él, arrasó a los contrarios.

La estrategia de Chiche consistió en ponerle huevos a la campaña.

Aficionado a la cría de gallináceas, solía ir a las exposiciones de aves de Buenos Aires para comprar ejemplares de pedigree. Supo allí que los criadores desechaban cantidades de huevos de esos ejemplares finos, para no saturar el mercado. Charlando con uno y otro, Chiche logró que le regalaran cierta cantidad de esos huevos. Hay que decir que sus dotes para la comunicación lo ayudaron en esto.

En el pueblo, se dedicó a visitar a las señoras mayores que en los barrios eran las principales votantes del peronismo. Sin incursionar en temas electorales, tan sólo les señalaba que podrían mejorar los resultados de las incubaciones de sus gallinas. “Yo le voy a traer algunos huevos, doña. Pruebe y después me dice.”…

A Chiche lo reeligieron varias veces como intendente. A tal punto que alguna vez confesaba “Tengo que irme de la intendencia. Ya van doce veces que tengo que buscar discurso para el 25 de mayo, y veo que me empiezo a repetir.” Después fue legislador también.

Moraleja de este cuento para aspirantes a cargos electivos: … … … (llenar la línea de puntos).
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domingo, 17 de mayo de 2009

Romántica conversación en un baile de pueblo


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Un cuento del Tiyo Nouviale


El amigo Alfredo "Tiyo" Nouviale ha escrito un entretenido libro de recuerdos y pensamientos. En la foto pueden ver ustedes la tapa de este volumen, que abunda en datos interesantes para la historia del trabajo, la producción, el clima y las costumbres del este pampeano entre 1900 y 1970.

En muchos momentos el sentido del humor de Tiyo matiza la conversación – pues una amena conversación es este libro.

Para muestra, un relato breve: en la página 168, el autor nos describe el encuentro de una pareja de chica y chico de campo en uno de los bailes de Anchorena, Riglos o Macachín.

“No se tenía mucho argumento para hablar con la compañera: de programas de televisión no podías hablar porque no había, de estudio tampoco porque no se estudiaba, de cultura menos porque se leía poco… Y esto me hace acordar de un muchacho de campo que sacó a bailar a una chica vecina, y se entabló esta conversación:

Él: Decime, ¿no sabés si se les perdió el cojudo?
Ella: La verdad que no sé.
Él: Porque yo estaba esta mañana descascarriando una oveja en el corral y vi pasar un cojudo, y por el tipo de chancho pensé que sería de ustedes.
Ella: Le voy a preguntar a papá."
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¡Va con v corta!

Foto: con el dialecto argenchino, el Sr. M tendría harto trabajo en su Defensoría.
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El Sr. M, ombudsman de la ortografía intranquilense

Con esta tendencia a crear cargos de Defensores de esto y aquello, quizás algún día, en la reforma de la Carta Orgánica de Villa Intranquila, se prevea la existencia de un Defensor de la Ortografía. Tendría trabajo, como usted, amiga o amigo lector, puede comprobarlo en este mismo blog.

Si así fuere, propongo que para el cargo sea designado el Sr. M. Nadie más que él se ha dedicado a defender la ortografía y el buen uso del idioma, desde su condición de ciudadano.

Para argumentar a favor de mi pedido, me contentaré con traer a colación tan sólo un relato de las intervenciones del Sr. M (hay otras, detalladas en este mismo blog… pero esta vez tenemos que mantener el anonimato. por motivos que se verán).

Para ubicarnos, es preciso señalar que el negocio del Sr. M está frente al negocio del Sr. L.

En cierta oportunidad, el Sr. L había decidido renovar la cartelería de su local. Este tiene vidrieras de generosas proporciones. Allí habían pintando ya “Fábrica de ”… y el letrista estaba empeñado, con minucia y seriedad, en hacer la larga lista de productos allí elaborados.

En ese momento, el Sr. M, desde su local, percibió una tendencia errónea. ¿Cómo hacérselo saber al señor L, sin que este se sintiera incómodo?

El señor M recurrió al teléfono:

- Hola, sí… ¿con el señor L?
- Sí, ¿qué desea?
- Don L, habla un amigo anónimo. Ravioles no va con b larga, es con v corta.

M se sintió regocijado cuando vio desde su vidriera que L salía, y agitando el dedo índice le advertía al pintor…

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miércoles, 13 de mayo de 2009

La sexualidad femenina, ese dulce misterio...


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Villa Intranquila es un pueblo chico. Por lo cual uno se entera de los decires e intimidades de casi todo el mundo. Vencemos nuestros pudores, para proclamar, atentos al deber de informar el soberano, que ha llegado el momento de compartir los comentarios entre jóvenes varones que se refieren a la sexualidad femenina.


Es cierto que a veces carecen de conocimientos específicos, y por consiguiente no manejan la terminología adecuada. Pero los muchachos le ponen voluntad. Y no por eso se vuelven “afemeninaos” como dijera don Ramón Ustáriz.

Estas frases han sido escuchadas en conversaciones de muchachos de la Villa. Pensamos que algunos términos se contaminan con la vida rural y el entorno inmediato. Por ejemplo, el tractor Zétor es un elemento de trabajo muy conocido en las chacras; no es raro que lo confundan con el clítoris. Y la numerosa familia Ovando, de pobladores venidos de Chile, constituye una conspicua presencia en la Colonia.

Las frases son verídicas. Lo sostenemos hasta con la mano en el fuego exclusive (dijera un maestro de maestros):


- Y viste, ella jode con el clítor, el clítor ese...y dale con el clítor… pero yo nunca lo ví al clítor.

- Que no quería que le ande tocando la banquina. Y qué sé yo dónde es la banquina… será la zanja, digo.

- Me fui hasta Bahía el fin de semana, para /…/ con ella vistes. Y resulta que me dice que no, que no podía, que le dolían los Ovandos.

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lunes, 11 de mayo de 2009

Esas pobres minas... informa don Ecuménico

En el cartel: Dirección, Kuanip y Ahorcadas del Sur. Pobrecitas...
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Este es un hallazgo de Don Ecuménico, rastreador virtual del extremo sur. Les recomiendo visitar su blog, en el que comparte acertijos matemáticos, paisajes de Ushuaia de una belleza desgarradora, reflexiones sobre el puto cambio de un desagote de pileta y... esperamos que pronto incorpore comentarios sobre las actividades culturales de "Ush", donde hay mucho más para ver y emocionarse que por estas latitudes.


Esta vez, don Ecuménico detectó un cartel que recuerda a esas sacrificadas "Ahorcadas del Sur". No las "Orcadas", nombre copiado de las islas Orkney del Mar del Norte, sino estas pobres chicas. El comentario de Don Ecuménico me exime de mayores precisiones.


Las Ahorcadas del Sur también existen.

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jueves, 7 de mayo de 2009

¿Será un pingüino político subliminal?

Bajo la última arcada a su izquierda, el pingüino.
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Posiblemente el hombre sea partidario del gobierno actual, pero en lugar de publicitarlo, lo insinúa.


Un pingüino para aquel lado, por favor...
(Ahora sólo faltaría un estilita local sobre la columna que espera ahí al frente).
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Revolución ortográfica


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La amiga poetisa Silvia Sánchez nos envía este cartel. Sus autores merecen ser declarados miembros de número de la Real Academia Intranquilense.


Uno duda entre la ropa "husada", la paralela (una sola, más que paralela es una paradoja) de "ginacia", o la mesa de "campin". ¡Qué esfuerzo, juntar tantas creaciones en un solo cartel!


Y bueno, nos dirá algún investigador de la lengua que muta y vive: al fin de cuentas, la gente se da a entender. Quién nos dice que dentro de unos añitos la RAE no incorpore estas nuevas formas creadas por nuestra RAI...


Gracias, Silvia, y ¡bienvenida a Villa Intranquila!

domingo, 26 de abril de 2009

A rezongar...



Toda una institución: el Club Villa Mitre.
Al fin y al cabo, son sinónimos

Al gordo Aldaba lo habían puesto en una lista para integrar la Comisión Directiva del Club. Era apreciado por la gente, de modo que resultó electo.

A los pocos días tuvo que ir a una reunión de la Liga de Fútbol. Los otros integrantes de la Comisión le aconsejaron protestar el puntaje otorgado al Club, porque a su entender los perjudicaba injustamente.

El gordo no tenía mucha práctica en esas lides, y su vocabulario era más bien escaso. Sin duda recordó el mandato de objetar el puntaje, pero se le olvidó algo. Entonces se afirmó en la silla y dijo, apenas empezada la reunión:

- Yo vengo a rezongar el puntaje del Club.

(Agradecemos el relato de E.E.)





domingo, 12 de abril de 2009

Doctor, por favor doctor...



Lo cuentan los correntinos de los entrerrianos, para reírse de ellos. Pero nosotros hemos decidido declarar intranquilense honorario al policía del relato. Está escrito en el libro de Rafael Jijena Sánchez “El perro negro”, editado en Buenos Aires por Dolmen, en 1952, pp. 60-61.

“Entre el riquísimo anecdotario popular desprendido del ciclo del lobisón corre un caso que hemos recogido en Corrientes y que consideramos representativo y de valor psicológico:

Llegó un día, a cierto pueblo de Entre Ríos, un médico de la Capital Federal con intenciones de instalar allí su consultorio y ejercer la profesión.

A poco de su arribo, en rueda de vecinos que habían acudido a saludarlo, y como franqueándose, entre otros detalles familiares, llegó a decir que él era el último de siete hermanos, todos varones. Disimularon los presentes la desagradable nueva, y uno tras otro, con distintos motivos, se fueron retirando, aunque sin dejar traslucir al flamante médico su sorpresa y desilusión.

Al día siguiente, la noticia era conocida de todo el pueblo y cundía la alarma entre sus moradores.

Mas, enterado el comisario, y temeroso de que las cosas pasaran a mayores, resolvió establecer una parada policial nocturna en la misma puerta de calle donde moraba el médico. Así demostraría a los vecinos que no tenían nada que temer, al mismo tiempo que daba al médico muestra de una particular deferencia.

El caso es que pasó una noche y otra sin novedad, pero en la tercera, y a eso de las 12, el desconfiado vigilante notó con creciente sorpresa que se acercaba por la calle solitaria un enorme bulto negro. Ya más cerca, advirtió que se trataba de un perro negro; y sospechando que fuera el lobisón, haciendo coraje, con el revólver en la mano, dicen que comenzó a tartamudear diciendo, mientras le apuntaba al perro:

- Doctor, por favor, doctor, no me comprometa…



El letrero me lo hago yo




Para qué andar gastando en diseñadores gráficos, letreristas profesionales y todo eso... Es sencillo, el letrero se lo puede hacer uno mismo. Basta que se entienda...

jueves, 2 de abril de 2009

Mejoremos el idioma. ¿Por qué "balneario"?

(Camino de las Altas Cumbres, año 2003).


Convengamos en que esa forma, “balneario”, resulta bastante rebuscada. Al fin de cuentas, uno se va a BAÑAR en el RÍO, ¿verdad? Está todo dicho.

martes, 31 de marzo de 2009

Acerca de la variabilidad de las opiniones políticas, o radicales de m

Edificio del Municipio de Villa Intranquila. Construido a fines de la década de 1960, se lo supo denominar "la Casa Aujereada" por la parte del frente que Ud. puede ver a su derecha - la de usted.

Esas tornadizas opiniones políticas

Sin presumir de politólogos ni citar afamadas consultorías, los vecinos de la Villa festejan una anécdota que ilustra acerca del modo en que se siembran y se modifican de modo inesperado simpatías y rencores entre los votantes.

El petiso Asencio no acostumbraba opinar de política. Por tal motivo, no se conocían sus preferencias partidarias. Claro que había motivos para pensar que por tener un apellido iniciado con la letra A, y por tradición familiar, sería radical.

Lo cierto es que en una oportunidad necesitó una ayuda del municipio para cierta refacción que estaba haciendo en su casa. Gobernaban los radicales. Puesto que había chapas para distribuir, le dieron tres o cuatro.

Al tiempo, trascendió que el petiso había vendido las chapas. Alguien del equipo gobernante lo llamó a la Municipalidad, y una vez allí le dieron un buen rapapolvo.

Salió con las orejas gachas y cara de pocos amigos. Y se lo escuchó decir:

- ¡Ra-di-cales de mier…!


Relato de Dani Martínez

jueves, 26 de marzo de 2009

Acá hay que traer un gendarme. O dos...

Gendarmes en la frontera noroeste recuperan un puercoespín (noviembre de 2007).


Acá hay que traer un gendarme...




Me pareció tan increíble este diálogo escuchado en la cafetería, que necesito verlo por escrito para aceptar que ha sucedido. Allí va, sin editar:

- Acá lo que hay que hacer… pedir un gendarme. O dos, mejor


- ¿De dónde sacaste? Tás loco…

- Acordaaate lo que yo te digo. Porque entre los chorros, las maestras en la ruta, ahora los productores… Y cuando te quieras acordar, van a estar entregados todos los gendarmes. Viste que ya mandaron a Buenos Aires. Ahora piden en San Martín de los Andes, no?

- Pero acá no hacen falta…

- Eso decís ahora. Bueno, pero ponele que no hagan falta: son tipos entrenados, hay que darles de comer y alojarlos nomás…

- Y por qué no pedís de Prefectura también… (irónico).


- Ah, no? Se puede decir que hay que controlar el movimiento del río… y traés también unos tipos gratis. Te digo: hay que pedir ahora. O va a pasar lo de siempre… para cuando acá se avivan, ya no queda nada.

Caro lector: en la Villa, a gatas hay un robo importante por bimestre. Las maestras no han degollado a nadie, ni los ruralistas. Lo juro por lo más profano (que suele ser lo más divertido también).



Pero nos quedamos todos callados.

lunes, 23 de marzo de 2009

¡Qué sobrenombre...!


Fundadores del Banco de Río Negro y Neuquén, entidad formada por pequeños y medianos empresarios, que apoyó el desarrollo de la región (1920 - 1978).

Orlando, qué sobrenombre...!

Nuestros esquemas mentales nos traicionan. Esta es una reiterada lección que imparten los relatos pueblerinos. Uno reacciona, partiendo de la base de que tal cosa es de tal manera… y como se ha basado en un supuesto inadecuado, uno cae en el ridículo. Según Bergson, este emerger de la realidad que hace tropezar al esquema mental, es la primera fuente de la risa.

Orlando, excelente compañero de trabajo nacido y criado en la Villa, me contó alguna vez los comienzos de su amistad (fuerte y duradera) con el foráneo Cacho Zanona. Orlando trabajaba en la Sucursal intranquilense del Banco de Río Negro y Neuquén, que hasta los años ’70 del siglo pasado mantuvo una señalada presencia en la vida económica de la región. Y un buen día llegó a ella Cacho Zanona, trasladado para ocupar la contaduría.

En su trabajo anterior como ferroviario, Orlando había vivido y sufrido esos momentos melancólicos del forastero en un pueblo donde todavía no ha hecho amigos. De modo que a poco de haber llegado Cacho, ya lo estaba invitando a cenar en su casa, un viernes a la noche – cosa de poder seguir charlando hasta cualquier hora, sin tener que pensar en levantarse temprano al otro día.

Orlando y Norma, su esposa, buenos cocineros ambos, sirvieron una cena deliciosa, acompañada por un buen vino. Y charlaron todos largamente.

Ya a los postres, en ambiente distendido, repantigado en un sillón del living, Cacho se sintió inclinado a elogiar al nuevo amigo:

- La verdad, Orlando, sos un gran tipo. Gaucho, buen compañero, trabajador… Lástima que te hayan puesto ese sobrenombre tan pelotudo. No sé cómo dejás que te digan así… Pichirilo…

- No es un sobrenombre… Es mi apellido. Piccirillo.


En memoria de Orlando Piccirillo.

sábado, 21 de marzo de 2009

¡Alámbrenla por si acaso!

El alambrado de la Biblioteca. Para ampliar, haga doble click en su ratón.

Alambrar… por si acaso

En los últimos días han alambrado el local de la Biblioteca Popular de Villa Intranquila, que está en pleno centro, frente a la plaza. Para prueba, la foto.

Quizás se ha cercado el predio de este modo para preservar el espacio verde ubicado ante la entidad, y que se está plantando con arbustos. Esperemos que no erradiquen la bella planta de palán palán que orna el muro sin exigir cuidados.

Hay quien recuerda los tiempos, que creíamos superados, en que la Plaza del General Trasladado estaba cuidadosamente cercada con un alambre de gallinero, de esos con celdillas romboidales. Y un molinete daba acceso al espacio verde. Con estos dispositivos se evitaba la irrupción de los caballos.

En cuanto a la Biblioteca, algo de esta transformación física me dejó pensando. No me refiero al opinable criterio de estética corralera; he de aceptar que vivo en un país donde el Mercado de Hacienda de Liniers, todo con mayúsculas, y la Sociedad Rural Argentina, dictan los estados de ánimos, y establecen modas selectas como las prendas de carpincho y el neoliberalismo. Al fin de cuentas, la Feria del Libro se lleva a cabo en el predio que le hemos obsequiado a la SRA. Lo que me deja cavilando son los objetivos de la medida. ¿Se procura evitar que los perros vagabundos ingresemos en el templo del saber? O más bien, más bien quizás, se apunta a que las ideas allí contenidas no salgan a trastornar la ciudad...

Marzo de 2009.

jueves, 19 de marzo de 2009

El idioma de los argen-chinos, 1.

Para ver mejor a San Hubelto, haga doble click sobre la foto.


Los Argenchinos y la letra L


Quizás hoy por hoy Jorge Luis Borges tendría que agregar un capítulo a “El idioma de los argentinos”, para contemplar las creaciones idiomáticas de la creciente colectividad china que se ha venido a vivir en estas tierras. También los tenemos en la Patagonia: los he hallado desde Villa Intranquila hasta Ushuaia.


Generalmente se dice que los chinos transforman en sonido “l” la “r” que se encuentran en nuestro vocabulario. Esto da lugar a algunos chistes más o menos picarescos.


Como lo muestra esta foto tomada en Villa Intranquila, a veces es así. Por ejemplo, en un supermercado de Villa Intranquila, el vino San Huberto se ha transformado en San Hubelto. Por pudor, omito otros letreros donde el tamaño "grande" se convierte en… otra palabra.


Pero toda generalización es injusta. Vean la parte 2, a continuación.


El idioma de los argen... chinos, 2


Para ampliar la imagen, haga un doble click con el ratón.

Decíamos que toda generalización es injusta, ven? A veces, preocupados por hablar y escribir bien, los amigos argenchinos cambian la “l” en “r”. Así se ve en esta anotación donde el limpiador “Mr. Músculo” se ha transformado en “M. Múcuro”. Para que vean.


Me quedo pensando... ¿qué habría escrito Jorge Ruis Bolges?

miércoles, 18 de marzo de 2009

Renovemos y mejoremos el idioma, 1.



Doble click con el ratón para ampliar la imagen.


Y… sí, el lote lo ofrezco en venta. Pero también quise destacar que el lugar, ahí cerca del canal, es bastante fresco.

Renovemos y mejoremos el idioma, 2.

Con un doble clic del ratón, se agranda la foto.

Al comerciante le pareció que “bacalao” suena vulgar. Recordó aquella vez que en su cuaderno la maestra le corrigió “asao”… y quiso escribir bien esta vez.

lunes, 16 de marzo de 2009

Cuidado con andar mejitando por ahí

Foto: Escudo policial de tiempos del Territorio. Cortesía de Raúl Figueroa.

Aquel juez de paz de Villa Intranquila era nuevito, y ponía especial cuidado en cumplir cada punto de la ley.

Al igual que todos los lunes, ese día como las diez de la mañana llegó un policía al Juzgado, arreando una hilera de contritos caminantes. Eran los que durante el fin de semana habían sido demorados en la comisaría por infringir el artículo 55 del Código de Faltas y Contravenciones de la provincia, que prohibía mostrarse en estado de ebriedad en lugares públicos. Aludiendo a ese artículo, a los bebedores conspicuos se los llamaba “55”. La fuerza del orden los demoraba en una celda para que se les disiparan los vapores etílicos, y luego tenían que esperar el primer día hábil para recibir la sentencia del juez. Algunos habían caído ya en la noche del viernes en la comisaría; venían aburridos de dormitar, cebarle mate a la guardia, charlar con algún colega, y desmalezar el patio o el jardín policial.

El policía a cargo de los cautivos saludó y entregó los formularios (uno por cada infractor) al juez. Como de costumbre, este fue llamándolos uno a uno a su despacho. Allí los retaba un poco y disponía su liberación (previo regreso a la dependencia policial). Pero una de las actas llamó su atención. Se acusaba al reo de haber transgredido, no el artículo 55, sino el 23. Era la primera vez que esto sucedía. Acudió al Código: artículo 23... ultraje a los símbolos patrios! En los renglones donde el rondín debía detallar el hecho, habían escrito una palabra desconocida para el juez: “por …..ar en la vereda del jusgado”.

Fue preciso llamar a la comisaría para aclarar el enigma. El símbolo patrio ultrajado era nada menos que el escudo ubicado allá arriba, sobre la puerta de entrada al Juzgado. Y la palabra misteriosa, era “mejitar”: un barroquismo policial, inventado sobre la raíz de “mingitar, mingitorio”. En suma, el reo (un robusto y risueño mocetón del campo, a quien el alcohol le había borrado toda memoria del episodio) había meado en el cordón de la vereda del juzgado. Lo que no era cosa menor; porque, como le explicó pacientemente el veterano oficial de guardia a ese juez novato: “cómo va’andar mostrándole “eso” al escudo nacional, señor Juez…” Para colmo, el sol del escudo tiene ojos.
Testimonio de RM.-

domingo, 1 de marzo de 2009

La Forecita? ... É una angancía la Forecita!


La Forecita? ... É una angancía la Forecita!

Gaetano Mangiavillano, constructor, había podido finalmente comprarse una caAñadir imagenmionetita Ford T modelo 1927, bastante baqueteada por el uso. Tanto había hablado de esa compra, que sus conocidos le preguntaban con frecuencia qué tal andaba el vehículo. La respuesta era invariable:

-La Forecita…? Ehhhh… é una angancía, la Forecita!

¿Por qué la metáfora de la alcancía? Se habría podido interpretar que el uso de la camioneta le permitía multiplicar sus ganancias, o que significaba un ahorro de dinero. Pero en algunas ocasiones Gaetano aclaraba:

- Una angancía… Peso que tengo, peso que se lo tengo que ponere…


Relatado por Miguel Ángel “Piche” Martínez

sábado, 28 de febrero de 2009

Shakespeare y las verijas del paisano


Allí arriba, el cuadrante. "Casa del Reloj", Rivadavia esquina Juan B. Justo.


Shakespeare y las verijas en Villa Intranquila

La riqueza de la cultura tradicional está limitada mayormente… por las limitaciones de quienes la percibimos. A veces, si estamos atentos y tenemos datos para la comparación, escucharemos un clásico actualizado en el decir de un paisano.

Iba caminando por el centro y un hombre de sombrero aludo y bombachas me preguntó la hora. Estaba acompañado por un muchachito.

Le respondí “Faltan dos minutos para las doce.” Me seguía mirando, y quise aclarar “Son casi las doce”.

Lo miró a su acompañante y le dijo, exultante “¡En las verijas!”. Por lo visto, habían temido no llegar a tiempo, pero festejaban haber evitado la tardanza. Después, el hombre consideró necesario aclararme a mí:: “Casi justito, teníamos que estar acá a las doce”.

En las verijas… es decir, la hora del mediodía, y prácticamente en punto.

En “Romeo y Julieta”, la nodriza le pregunta la hora a Mercucio. Y Shakespeare pone en boca del desenfadado muchacho una respuesta que tiene aire de familia con esta:

“Ya empiezan a ser buenas tardes, os lo aseguro, porque la libertina manecilla del reloj está ahora tocando las partes del mediodía”. Esto en la versión de Luis Astrana Marín. En la de Martín Caparrós y Ema von der Walde, Mercucio afirma “las manecillas calientes del reloj de sol están tocando las partes del mediodía”.

Es decir. las verijas.

Pareciera más clara y pertinente la palabra “verijas”, que proviene de “virillia”, por alusión a los genitales masculinos. Quizás en alguna traducción venidera, Mercucio aproveche el vocablo que usa mi paisano.

Me quedé pensando que, en tiempo y espacio, Shakespeare no está muy lejos de ninguno de nuestros pueblitos. Y que las metáforas están cerca de ser perennes.

Si la cencia lo dice...

Pepe y Clelia Benini en un auto de los años 20.

Si la cencia lo dice...

El benemérito cabo Villafañe, a quien conocemos como “Trompa de Pito” por la delicadeza de su fisonomía (aquel de la frase “corriéndose al dorso…”) fue protagonista de otro episodio memorable.

Era por los años 30. Un tren de pasajeros que venía de Buenos Aires e iba hacia el Valle de Río Negro embistió a un camión en el paso a nivel de la ruta, y descarriló. De resultas del accidente hubo varias víctimas fatales y heridos.

En el lugar de los hechos, el médico del pueblo iba revisando a las personas que estaban en el suelo, para determinar el tratamiento que correspondía a cada uno. Tras una somera inspección, el doctor señalaba: Varón, adulto, herido. Varón, adulto, fallecido. Trompa de Pito anotaba trabajosamente en su libreta.

Con el apuro, el galeno indicó “fallecido”, en un caso en que el paciente estaba muy contuso, pero con vida. Cuando médico y cabo ya seguían su camino, el herido profirió un “ay, acá…”

Ni lerdo ni perezoso, Trompa de Pito restauró el orden:

- Cállese. Si la cencia dice que esta muerto, está muerto.

domingo, 22 de febrero de 2009

Dentro de lo económico, no deja de ser divertido


Hermosa alameda de la Colonia Juliá y Echarren. Por ahí atrás ha de estar el canal donde se bañaba el protagonista. Por pudor, no lo mostramos.


Filosofía para tiempos de escasez

Los inmigrantes europeos traían consigo el recuerdo de toda una historia de épocas de escasez. Y por consiguiente, valoraban el ahorro, la frugalidad, el aprovechamiento de lo que se tenía a mano. La ortiga, la verdolaga, el hinojo silvestre, la cerraja, el diente de león, la acelga guacha, la hoja de nabiza… todos esos vegetales que ahora desdeñamos se consumían con fruición. La caza de presas menores también contribuía a completar el menú familiar. Piches, liebres, y hasta palomas y pajaritos para acompañar la polenta, brindaban carne a bajo costo.

Este principio de vivir con poco se extendió a la generación de los hijos de inmigrantes - al menos, los que vivían y trabajaban en las chacras.

No extrañará entonces que haya quedado como apotegma de aquellos tiempos una cita textual:

-Dentro de lo económico no deja de ser divertido, dijo el Juanillo Fernández. Y se estaba bañando en pelotas en el canal.

sábado, 14 de febrero de 2009

¡No se c... señor Intendente! Los 10 toques de sirena.

El cuartel de bomberos. Arriba, a la izquierda, las bocinas de la sirena.

¡No se c..., señor Intendente!

La historia es tan verídica que parece un cuento. Y por si sola es un sarcasmo contra el militarismo y el autoritarismo.

La frase idiomática “al toque” significa “de inmediato”. Pero en Villa Intranquila supo indicar todo lo contrario.

Fue en 1978, año de infausta memoria. Se había formado una Comisión de notables convocada por el gobierno municipal, por orden del provincial, a fin de prever medidas de defensa en caso de un ataque por aviones chilenos. Hoy parece increíble, pero entonces se agitaba el fantasma de una guerra con Chile, generando así un estado de miedo y alarma en los pueblos de la Patagonia.

(Tampoco parece creíble, pero por cierto se expulsó a pobladores chilenos, luego de “operativos” de inspección policial casa por casa, por ser “indocumentados”.)

Se decía que Villa Intranquila iba a ser un objetivo de bombardeos desde el aire, porque los adversarios iban a querer destruir los puentes sobre el río Colorado.

La Comisión sesionaba en la Municipalidad. Siguiendo las instrucciones recibidas desde Viedma, el intendente propuso establecer un código a seguir por parte de la sirena de los bomberos; de ese modo, al oir determinada cantidad de toques, los vecinos sabrían que se venía un ataque aéreo, e iban a proceder en consecuencia.

Todos estuvieron de acuerdo. La cosa fue cuando hubo que establecer cuántos toques iban a ser necesarios. El jefe de Bomberos se tironeó de la chaquetilla con dorados, carraspeó y, sabiendo que ocupaba el centro de la atención, pasó a explicar con tono de solvencia:

- El código vigente y que tenemos que respetar es: un toque, prueba de sirena. Dos toques, convocatoria al cuartel. Tres toques, fuego en centro de la localidad. Cuatro toques, fuego en zona suburbana. Cinco toques, pastizal. Seis toques accidente en ruta. Siete toques, accidente en camino a la Colonia. Ocho toques…

Etc., etc. Para cuando llegó el turno de “ataque aéreo”, resultó que el aviso tendría que ser al décimo toque. Como la sirena es algo lenta, esto suponía por lo menos unos quince minutos a partir del principio.

- Al décimo toque? – musitó el intendente.

El comisario expresó sus dudas con más rudeza:

- No se c…, señor Intendente…! Pa' cuando llegue el toque número diez, no vamos a tener ni dedos con que seguir contando…

Felizmente no prevaleció la estupidez que parecía imponerse a ambos lados de la frontera, y no hubo ocasión de comprobar la eficacia del aviso "al toque".

domingo, 1 de febrero de 2009

‘causa de la rienda larga


Con facilismo solemos atribuir un hecho, que llamamos “efecto”, a otro hecho anterior, al que llamamos “causa”. Pero el comportamiento del mundo parece ser bastante más complejo; habitualmente el “efecto” ha sido producido por mucho más que una “causa”.

La discusión puede dar para más, pero nos limitaremos a transmitir un relato que ironiza sobre esta supuesta relación mecánica y unidireccional entre las causas y los efectos. Me lo contó el amigo Jorge Valdivia, habitante de San Antonio de Arredondo, coreógrafo, profesor de danzas, eximio bailarín de folklore, y estudioso de las costumbres y las artes populares y campestres. Aunque el sucedido no se produjo en Villa Intranquila, declaramos a Jorge, y al protagonista de la narración, ciudadanos honorarios de esta población – y con ello, incorporamos el cuento a esta colección.

Don Lucero (de quien no se me dijo el nombre de pila) era un poblador que tenía su campito en la sierra, por el lado de Icho Cruz. Hombre de hogar, tenía dos a falta de uno. Hogares, queremos decir. Cada uno con una esposa.

A fuer de cumplidor, don Lucero visitaba a diario las dos casas. Quiso la suerte, o la mala suerte, que a mitad camino hubiera un boliche, donde era posible parar a cualquier hora para tomarse un trago. Ya sea que fuera de esta casa a la otra, o volviera de la otra a esta, don Lucero paraba a entonarse.

-Y así murió don Lucero. ‘causa de la rienda larga

Pregunté cómo es que había ocurrido eso.

- Él tenía una mula blanca, que ya sabía el camino y lo llevaba aunque él estuviera borracho. Pero le dejaba muy larga la rienda. Entonces, cuando salía en pedo del boliche, se agarraba de la rienda y pegaba el salto para quedar montado. Pero al ser la rienda larga, se caía del otro lado de la mula. Y tenía que saltar de nuevo.

- Entiendo. Y…

- Y en uno de esos saltos, no va que se cae al suelo y se pega en el pecho con una piedra bola. De lo cual le salió un ‘postema en el pecho, se le inflamó, y se murió nomás. O sea que murió ‘causa de la rienda larga.

Estuve por titular este cuento “Crítica cordobesa al modelo de causación positivista”. Pero no sé si mi relator habría autorizado semejante pedantería. Quede así, entonces.

jueves, 29 de enero de 2009

Economía emocional. Una lección del Lolo Palacios.


Economía emocional.


El Lolo (Alfredo Bernardino) Palacios, se dedicaba al intercambio de frutos del valle del Colorado por productos del campo pampeano. Cargaba su camión, un Mercedes 1114 adornado, cromado, lleno de tachas y banderitas, como un flete de antaño chapeado en plata. Lo llenaba de duraznos, peras, manzanas, ciruelas, cerezas, pelones… en fin, todos los productos de las chacras de la zona. Y rumbeaba para La Pampa. Allí por Perú, Unanué, Trenel o Victorica o Macachín, iba vendiendo las frutas. Con el dinero resultante compraba quesos de distintas clases, chorizos secos, jamones y bondiolitas que se traía para el sur. Los intranquilenses se veían beneficiados por partida doble con este comercio: colocaban su cosecha, y recibían buenas facturas preparadas por los rusos y gringos de los campos pampeanos. Un círculo virtuoso. Hasta que vinieron los controles sanitarios, la barrera de Funbapa y demás, y se cortó.

En su andar de un lugar a otro por los caminos, el Lolo hacía buena relación con las familias, y prestaba pequeños favores: llevarle un paquete a tal pariente en otro pueblo, o un mensaje, o un repuesto; trasladar alguna persona en el camión…

Aquella vez, en un campo, le alcanzaron una carta de los vecinos de ese establecimiento – a quienes no llegó a ver – para unos parientes que estaban por el lado de Macachín. El Lolo cumplió escrupulosamente el encargue. Llegó al campo de los destinatarios, y les avisó que sus familiares les habían enviado noticias. La pregunta lógica fue “Usted los vió, Lolo?” Y él informó: “No, me hicieron llegar la carta al lote 13, donde yo estaba.”

Los chicos de la casa se habían ido para la escuela, y la gente grande no estaba muy acostumbrada a leer. El Lolo se percató de la dificultad, y para que nadie pasara vergüenza, se ofreció a realizar él la lectura.

Todos se congregaron a su alrededor; abrió el sobre y comenzó. Hagamos constar que tampoco el comerciante había tenido mucha escuela, por lo cual, si bien era una luz sacando cuentas, no leía con rapidez. Arrancó:

- Que… que-ri… queridos pri- primos…Les es, es-cri-bo para decir- decirles que papá ha mu- ha mu-erto.

Ahhh! Ahí pegaron todos la espantada. Los muchachos fueron a preparar el sulky para salir a todo trapo para el velorio. La prima mayor arrancó a llorar a moco tendido, seguida por las más jóvenes. Ya se iban moviendo para la pieza, para buscar alguna ropa oscura que ponerse.

En medio de tanto batifondo, el Lolo seguía sentadito a la mesa, leyendo para sus adentros. Llegado a un punto, pegó el grito:

- Paren, paren, que me parece que están llorando al pedo!- y completó la frase que venía leyendo:

-Papá ha muerto un chancho, y los espera para la choriceada.

Y…si non é vero, é ben trovato.

martes, 27 de enero de 2009

¡ Rompan, muchachos !

Cruce de calles República Española y San Martín. A la izquierda
de quien mira, la elevación de las vías, de donde descendió la
camionetita. A la derecha, pintado en rabioso color ciruela, el local de
negocio embestido por aquella columna móvil.


Rompan, muchachos…

La frase, así como encabeza este artículo, quedó para la historia. Y tenía que ser así, por mérito del personaje y de la situación.

Algo de heroico tenía la denodada porfía con que los peronistas, a veces solos y a veces acompañados por sus antagonistas radicales, soportaban tiempos de proscripción. Claro que proscriptos por proscriptos, mucho más, y en peores condiciones, lo fueron los adeptos del General. Piensen nomás en lo que significó no poder pronunciar, salvo en secreto, el nombre de su dirigente máximo, el de su partido, ni entonar su marcha partidaria… durante diecisiete años!

Es comprensible entonces la euforia con que los peronistas de la primera hora recibieron el levantamiento de esa prohibición en 1972, y el inicio de una campaña electoral en la que, ¡por fin! iban a poder participar sin tener que votar forzosamente a otro partido.

Alguien que merecería un recuerdo en Villa Intranquila, cuando se celebra el Día de la Militancia, tendría que ser don Alonso Cánepa. Soportó proscripciones, días de escondite y tremolinas, pero siguió fiel a sus banderas. En cuanto aparecía un resquicio, una campaña electoral, una movilización, ahí salía él, sin reparar en gastos ni esfuerzos personales.

Por cierto sú temperamento y aspecto lo tornaban algo pintoresco. No podía pasar inadvertido, a pesar de su corta estatura, por la voz bronca que se imponía en cualquier reunión. Queda de él una anécdota de aquellos días de la “primavera” de la juventud peronista en tiempos de Cámpora (mayo y junio de 1973). En todo el país se desarrollaba una oleada de “tomas”: los obreros y empleados tomaban universidades, fábricas, empresas del estado, oficinas, para ponerlas a disposición del nuevo gobierno, previa remoción de los jerarcas anteriores. En Villa Intranquila había cierta disconformidad con la atención en el Hospital, y surgió la idea de tomarlo. Según los bromistas, don Alonso había definido la cuestión:

- No puede ser que en todo el país estén tomando cosas, y nosotros acá como unos b... sin hacer una m… Vamos a tomar el hospital, muchachos.

Antes de este momento, cuando todavía se estaba en plena campaña electoral, don Alonso abrazó con tanto fuego como nunca la militancia partidaria. Puso al servicio de la Unidad Básica recién reabierta su camionetita, una esforzada Rugby modelo 1927 cuyo motor sonaba chis chás chis chás, y en la que transportaba habitualmente los andamios, baldes y artefactos con que realizaba sus trabajos de pintor de obra.

En el día de autos (nunca mejor llamado así), venía don Alonso de un recorrido por la Colonia o por Buena Parada. La caja de la camionetita estaba repleta de entusiastas justicialistas que golpeteaban la propia caja, o alguna lata o bombo, al tiempo que repetían el estribillo Pée-rón, Pée-rón. (Si en vez de este apellido el General hubiera respondido al patronímico de Schiappapietra, por decir otro cualquiera, quizás no habría tenido semejante éxito, no?)

Venía pues esa camionetita que se las pelaba. Para pasar de Villa Mitre a la zona céntrica de Villa Intranquila, tenía que retrepar la lomita del paso ferroviario, esa elevación que ven ustedes en la foto. El vehículo justicialista ascendió la cuesta, pero luego, al bajar, con la fuerza de la inercia que generaba la importante carga, se desmandó y no obedeció a los frenos. (Por favor, créanme que no he querido hacer una metáfora de lo que sucedió en aquellos años... pero salió bastante cercana, verdad?)Allí se fue pues, don Alonso con todos los compañeros, a estamparse contra el local que ocupaba la esquina.

Pero él estaba tan exultante con la recién recobrada libertad de expresión y política, que no se dejó afectar por el incidente. Bajó de la camioneta, contempló los destrozos (que no eran muchos, porque el vehículo no daba para tanto), se irguió sobre las alpargatas, se acomodó el overol, y dirigiéndose a los simpatizantes, pronunció con su voz estentórea la frase inolvidable:

- ¡Rompan, muchachos, que el partido paga!