martes, 27 de enero de 2009

¡ Rompan, muchachos !

Cruce de calles República Española y San Martín. A la izquierda
de quien mira, la elevación de las vías, de donde descendió la
camionetita. A la derecha, pintado en rabioso color ciruela, el local de
negocio embestido por aquella columna móvil.


Rompan, muchachos…

La frase, así como encabeza este artículo, quedó para la historia. Y tenía que ser así, por mérito del personaje y de la situación.

Algo de heroico tenía la denodada porfía con que los peronistas, a veces solos y a veces acompañados por sus antagonistas radicales, soportaban tiempos de proscripción. Claro que proscriptos por proscriptos, mucho más, y en peores condiciones, lo fueron los adeptos del General. Piensen nomás en lo que significó no poder pronunciar, salvo en secreto, el nombre de su dirigente máximo, el de su partido, ni entonar su marcha partidaria… durante diecisiete años!

Es comprensible entonces la euforia con que los peronistas de la primera hora recibieron el levantamiento de esa prohibición en 1972, y el inicio de una campaña electoral en la que, ¡por fin! iban a poder participar sin tener que votar forzosamente a otro partido.

Alguien que merecería un recuerdo en Villa Intranquila, cuando se celebra el Día de la Militancia, tendría que ser don Alonso Cánepa. Soportó proscripciones, días de escondite y tremolinas, pero siguió fiel a sus banderas. En cuanto aparecía un resquicio, una campaña electoral, una movilización, ahí salía él, sin reparar en gastos ni esfuerzos personales.

Por cierto sú temperamento y aspecto lo tornaban algo pintoresco. No podía pasar inadvertido, a pesar de su corta estatura, por la voz bronca que se imponía en cualquier reunión. Queda de él una anécdota de aquellos días de la “primavera” de la juventud peronista en tiempos de Cámpora (mayo y junio de 1973). En todo el país se desarrollaba una oleada de “tomas”: los obreros y empleados tomaban universidades, fábricas, empresas del estado, oficinas, para ponerlas a disposición del nuevo gobierno, previa remoción de los jerarcas anteriores. En Villa Intranquila había cierta disconformidad con la atención en el Hospital, y surgió la idea de tomarlo. Según los bromistas, don Alonso había definido la cuestión:

- No puede ser que en todo el país estén tomando cosas, y nosotros acá como unos b... sin hacer una m… Vamos a tomar el hospital, muchachos.

Antes de este momento, cuando todavía se estaba en plena campaña electoral, don Alonso abrazó con tanto fuego como nunca la militancia partidaria. Puso al servicio de la Unidad Básica recién reabierta su camionetita, una esforzada Rugby modelo 1927 cuyo motor sonaba chis chás chis chás, y en la que transportaba habitualmente los andamios, baldes y artefactos con que realizaba sus trabajos de pintor de obra.

En el día de autos (nunca mejor llamado así), venía don Alonso de un recorrido por la Colonia o por Buena Parada. La caja de la camionetita estaba repleta de entusiastas justicialistas que golpeteaban la propia caja, o alguna lata o bombo, al tiempo que repetían el estribillo Pée-rón, Pée-rón. (Si en vez de este apellido el General hubiera respondido al patronímico de Schiappapietra, por decir otro cualquiera, quizás no habría tenido semejante éxito, no?)

Venía pues esa camionetita que se las pelaba. Para pasar de Villa Mitre a la zona céntrica de Villa Intranquila, tenía que retrepar la lomita del paso ferroviario, esa elevación que ven ustedes en la foto. El vehículo justicialista ascendió la cuesta, pero luego, al bajar, con la fuerza de la inercia que generaba la importante carga, se desmandó y no obedeció a los frenos. (Por favor, créanme que no he querido hacer una metáfora de lo que sucedió en aquellos años... pero salió bastante cercana, verdad?)Allí se fue pues, don Alonso con todos los compañeros, a estamparse contra el local que ocupaba la esquina.

Pero él estaba tan exultante con la recién recobrada libertad de expresión y política, que no se dejó afectar por el incidente. Bajó de la camioneta, contempló los destrozos (que no eran muchos, porque el vehículo no daba para tanto), se irguió sobre las alpargatas, se acomodó el overol, y dirigiéndose a los simpatizantes, pronunció con su voz estentórea la frase inolvidable:

- ¡Rompan, muchachos, que el partido paga!




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